“Escucho con mis ojos a los muertos.”Francisco de Quevedo
Ya desde el primero de los muertos que en la tierra han sido sabemos que el óbito, el extraño mecanismo biológico por el que un cuerpo deja de latir, no es un hecho estrictamente físico, sino un fenómeno que admite una doble dimensión: desde una consideración interna es un hecho espiritual, desde una perspectiva externa es un hecho cultural (aunque este último aspecto, que requiere un proceso, una elaboración, sobrevendrá más tarde en el tiempo).
“Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada. Pasaron varios días y no se levantó. La arrastré fuera y le puse bastante paja encima. Diariamente iba a ver cómo estaba, hasta que me cansé y la llevé más lejos. Nunca volvió a hablar. Era como una rama seca. Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba”. El poeta Jaime Sabines reflejó con crudelísima inocencia el desconcierto ante esa vez primera, suceso impensable para Adán durante el efímero Paraíso. En esta viñeta resalta más que nada el asombro ante el silencio y la quietud de la Eva muerta, pero también el afán adánico por apartar el cadáver y ocultarlo, su merodeo en torno al improvisado túmulo vegetal que sin apenas pretenderlo se convierte en foco de un recuerdo. Creo que esta visión poética enraizada en la “mitología” del Edén es capaz de ilustrar a la perfección cuál es el propósito remoto de los epitafios: lograr que los muertos sigan hablando, para que así ilusoriamente y a su vez puedan los vivos seguir hablando con ellos. El Adán de Sabines se lamenta en especial de que Eva nunca volvió a hablar. Los antiguos, de idéntico modo, encontrarán en este mutismo de los muertos una fuente insufrible de pesadumbre; así se expresa en una inscripción griega: “Madre mía, te llamo. ¿Por qué este silencio? Te lo ruego. Nada dices y estoy lleno de inquietud”.
A la palabra –la palabra escrita–, entonces, se liga indisolublemente el atávico sentimiento de la perdurabilidad. La palabra es el instrumento con que luchar contra la muerte y contra su efecto más devastador, más allá de la ruina de la carne: el olvido. Escribir supone un duelo entre el tiempo y una voluntad implacable de no agotarse, un duelo en el que esa voluntad termina por vencer gracias al hechizo de los trazos indelebles. Así pues, hay una lucha de los rasgos caligráficos contra el hilo que se corta en la rueca de la Muerte. La caligrafía es a su modo un hilo mágico, un hilo que tiene la facultad de otorgar la propiedad inalienable de un monumento a su cadáver, un hilo que cose el nombre del difunto a la piedra para siempre, tornándolo eterno, imprescriptible: “Mi cuerpo me es ajeno: sólo el nombre no me ha abandonado”, leemos en Eurípides. También, con ese hilo, se pretende anudar la conciencia de los vivos, ya que si la Muerte es el olvido, los vivos que se alejan del mensaje de los muertos se tornan los más poderosos emisarios de la Parca. La palabra del difunto, pues, no es un acto sin respuesta: su efecto no termina en la inmortalización de su nombre, sino que aguarda, en una aspiración dialógica, la complicidad del que está vivo como eficiente aval de permanencia.
Este diálogo ha atravesado diversas etapas y formas a lo largo de la historia de “las cosas de ultratumba”. En la Edad Media, ese periodo que, en palabras de Huizinga, no conocía en relación con la idea de la muerte la elegía ni la ternura, el diálogo se transforma en una danza, con tintes trágicos en ocasiones, grotescos las más de las veces (la zarabanda), que conforma un lenguaje unilateral, en realidad: monológico. El difunto de la Antigüedad, en cambio, necesitaba perentoriamente del otro para sentirse un muerto relevante, para hacerse oír desde la otra orilla, para hacer tangible la escucha ideal del verso quevedesco.
“Depende de aquel que pasa/ que yo sea tumba o tesoro/ que hable o me calle.”
Paul Valéry
Para lograr sus propósitos conversacionales, los muertos del Mundo Clásico no dudaron en instalarse a la orilla de los caminos. El viajero, el que transitaba por la vía –el viator– podía ser un magnífico oyente, un tertuliano improvisado mas no por ello inestimable. Por su parte, el viator de la Antigüedad no sentía reparos por sus charlas con los muertos, ni siquiera le desasosegaba ver sucederse a lo largo de su trayecto las lápidas con sus invocativas inscripciones. El deceso para el hombre antiguo no era –habitualmente– motivo de alegría, pero tampoco estaba investido de la siniestra y dolorosa oscuridad que adquirirá en centurias posteriores. Por lo demás, la ubicación corriente de tumbas y necrópolis en los flancos de los caminos hacía de su presencia un espectáculo común, que inducía menos al terror que a la curiosidad o, en el peor de los casos, a la indiferencia.
Precisamente para combatir la indiferencia (que de algún modo metafórico se identifica con el peso de la tierra sobre el muerto: sit tibi terra leuis –“que la tierra te sea leve”– es la fórmula que lo conjura), los epitafios desarrollaron estrategias diversas, en su intento de que el viajero detuviera su marcha y prestara la atención debida al mensaje del finado. Una de las más frecuentes fue la interpelación directa al viator: se le solicita que se detenga ante la tumba o se le advierte que no intente eludir la lectura del epitafio. La intensidad de la apelación varía desde la mera expresión del deseo, pasando por el ruego, hasta incurrir en la amenaza más sombría.
Otra estrategia es menos directa, menos invasiva, más sutil: la inscripción cuenta casi siempre invariablemente una historia, y esa historia intenta presentarse de la forma más atractiva o singular posible para cautivar al lector. En unos casos se describirá una circunstancia excepcional de la muerte; en otros se subrayará el carácter único o distintivo del difunto. Es evidente que el ramillete de opciones para lograr una plaza bajo tierra con una piedra inscrita a modo de cubierta no eran muchas: o se era un niño, o un adulto más o menos joven, o un anciano; también existía la diferenciación entre el libre, el esclavo y el liberto. De manera que, ante el limitado catálogo de posibilidades, había que luchar por distinguirse, por ser el árbol visible en el bosque de las lápidas. En tal sentido, cabe destacar algunas figuras: la de la optima uxor, o esposa ejemplar, que se caracterizaba por su servicio al esposo, su discreción, su honestidad y su trabajo de la lana (ocupación esencial de la mujer romana: el llamado lanificium); la de la insolita puella, o jovencita sobresaliente en aspectos inusuales de su edad e incluso de su sexo (fisonomía, habilidades, educación); la del niño que se lamenta por su mors inmatura, es decir, por la inversión del tiempo natural, según la cual son los padres quienes entierran al hijo en lugar de ser el vástago quien da sepultura a sus progenitores; la del difunto que muestra su solaz por hallarse en la tumba o el que, sin llegar a tal exceso, se manifiesta satisfecho por abandonar la vida; la del que envanecido desgrana sus logros honoríficos o intelectuales en vida; la del que describe una muerte violenta o contra naturam; la del que clama contra el profanador de tumbas…
Por último, y sin desechar a su vez las dos anteriores, otra de las estrategias de atracción de lectores incidió precisamente en un elemento, no tanto necesario como cultural, de la práctica epitáfico-epigráfica: la apelación al poema como reclamo estético.
“Todo poema, un epitafio.”
Thomas S. Eliot
Ya en el mundo griego, el epitafio había dejado a un lado un propósito meramente funcional (por otra parte, primordial en su origen) para convertirse en género literario. Así es como el estremecimiento de la piedra ante la muerte se transformó en ingenio, y la imaginación estética pasó a adornar lo que de estrictamente experiencial podía albergarse en el cursus honorum o “carrera de la vida” de cualquier difunto. Con posterioridad, ni siquiera los romanos, tan pragmáticos, lograron sustraerse a la fascinación de la entelequia del muerto dialogante en verso.
Hablar de la rendición del epitafio ante el poema es hablar de la rendición de la muerte ante el lenguaje. En el principio del lenguaje fue la poesía. En el principio del lenguaje, también, estaba la adivinación: la vate –la poeta– es la que vaticina, y los vaticinios, los oráculos, se emiten en verso. Como en un círculo vicioso, en un bucle ad infinitum, nos hallamos de nuevo en el comienzo: en el carácter mágico del epitafio y en su íntima vinculación lingüística. Por ello el epitafio debe revestirse de una dignidad formal acorde con semejantes presupuestos.
La escritura no era un acto ajeno al mundo romano. En el ámbito privado, la escritura se practicaba en documentos varios, en epístolas, en objetos cotidianos, en la literatura. Pero, sobre todo, la escritura era transmisora de mensajes públicos: administrativos, legales… En realidad, las ciudades estaban saturadas de indicaciones pertinentes para la comunidad, que es lo mismo que decir que estaban llenas de inscripciones que leer. En particular, el epitafio como modalidad epigráfica específica se halla a medio camino entre lo público y lo privado: su expresión es notoria, pero su aliento es íntimo.
En un nivel aún más complejo se encuentra el epitafio en verso: lo peculiar de su lenguaje le confiere un estatus especial. La inmensa mayoría de inscripciones y epitafios latinos se grabaron en prosa. Las inscripciones métricas, entonces, llamarían por fuerza la atención del viandante, como flores extrañas, aisladas en mitad de la foresta de epígrafes en prosa; ya se dijo: una estrategia, alumbrada entre el enigma y la necesidad. Entre el epitafio en prosa y el versificado media el mismo abismo que existe entre “el mundo cerrado y el universo infinito”. El finado canta su poema para amarrar a la piedra de su mástil al viator. La vida –también la muerte– es verso.


16 comentarios:
Qué bien que hayas vuelto a publicar en esta bitácora, que de las tuyas, es mi favorita. Y como las anteriores entradas, también ésta me ha encantado. Como ocurre con los buenos textos, me ha sugerido diversas ideas y evocado recuerdos y lecturas viejas. De las más recientes, me viene a la cabeza un libro de un historiador francés sobre la evolución cultural de la idea de la muerte, desde la Edad Media hasta el XVIII (creo). Lo he tratado de buscar, pero soy un desordenado; ya lo encontraré. Un beso.
Querido Miroslav, qué bueno encontrarte en esta casa mía un tanto destartalada :) Ese texto va a ser el prólogo a mi nuevo libro, que saldrá en mayo en Barcelona, en la editorial Icaria. Se trata de una traducción versificada de epitafios latinos (dejé un minúsculo avance en mis Victorias).
El libro al que te refieres me imagino que es el magnífico volumen de Philippe Ariès, La Muerte en Occidente, que apareció en Acantilado hace algunos años.
Un beso grande.
Este texto me despierta mayor interés si cabe por tu próximo libro. Al empezar a leerlo me ha hecho pensar en la desesperación de Antígona por enterrar a su hermano (que en Historia breve de Argentina relaciono con las Madres de Plaza de Mayo y sus hijos desaparecidos) y también en el dolor de Adán y de Eva ante la muerte de Abel y, probablemente, ante el destierro, que es otro modo de muerte, de Caín.
Un abrazo
Por supuesto, has acertado, Ana. Era el libro de Ariès al que me refería. Lo encontré al día siguiente de leer tu post y dejarte este comentario. En cuanto a tu nuevo libro, estaré atento (algún día a lo mejor me atrevo a preguntarte que cómo podría conseguir que me tradujesen del latín una sentencia del Tribunal de la Rota escrita hacia los años treinta del pasado siglo). Un beso
Curiosa pregunta :-) No me parece que sea difícil. Cualquier profesor de latín que tengas a mano podrá, me imagino. En Barcelona hay muchos, que tenéis facultad de Filología Clásica. No creo que sea un latín complejo, bien al contrario. Besos.
Bello prólogo que augura buenas cosas. Qué ganas tengo de leer el libro!
Un beso
Un prólogo sugerente, de los que invitan a la lectura (no como otros, pero a mí no me gusta señalar). Por otro lado, siempre me emocionaron esas invocaciones al paseante de las lápidas latinas: son como diálogos sostenidos a través de los siglos, que nos enseñan lo cerca que en realidad estamos de todos los vivos, y de los muertos.
Nuncio: Me alegra tu impresión, este libro ha sido toda una experiencia emocional para mí. Un beso muy grande
Pablo: Menos mal que eres un hombre educado y no apuntas con el dedo :-) Sí, la consideración de estos epitafios como piezas vivas, como restos testimoniales de un diálogo, es lo que me llevó hasta el libro. Qué equivocados los que sólo ven cenizas; y qué necios. Un beso enorme.
¡Enhorabuena, Ana! Supongo que será toda una satisfacción tener el libro en tus manos, después de tanto trabajo y esfuerzo (si no recuerdo mal, en una de las primeras entradas de tu blog ya publicaste la traducción de algunos epitafios).
Por cierto, y desde la más profunda ignorancia: ¿todavía hoy pueden verse lápidas romanas por los caminos de algunos pueblos, o las pocas que quedan son reliquias de museo?
Ah, y aunque no sea lo más importante, suerte con las ventas. ¡Tiembla, Dan Brown! :-)
C.C.Buxter: ¿Por qué crees que Danielito Marrón se ha apresurado a vender los derechos de su próximo bodrio para el cine? En previsión de las pérdidas que va a sufrir con mi libro, por supuesto :-D
En cuanto a tu pregunta, es muy difícil que quede alguna lápida suelta y visible en un lugar que no sea un museo. Las pocas que hay, porque están encastradas en algún edificio y cosas similares, están bien controladas. Poquillas son las que escapan a los ojos rapaces de los investigadores...
Un besote.
Y ahora el prólogo, lo que faltaba, al final no voy a comprar el libro, para qué, si ya casi me lo sé de memoria. Peró seguiré fisgoneando hasta que encuentre el epílogo.
Ahora ya pueden cortarme la cabeza, que ya tengo el epitafio preparado.
Ahí va:
Aquí yace, muerto y tendido,
un internauta que no fué precavido.
Un fúnebre saludo de Fandestéphane.
Mmm, qué va, el libro guarda tesoros que aún no han sido descubiertos :-)
Besos, internauta desprevenido.
Como últimamente no te encuentro muy producente en tus tareas blogueras -entro una vez, y otra, y otra, y nada- releo por indeterminadas veces esta entrada que tanto me gusta. y sigo en ella.
...Y viendo que mi desgracia
no dio lugar a que fuera,
como otros, tu pretendiente,
vine a ser tu pretenmuela.
Quevedo
besos agónicos
No seas malvado, Fan :-) No estoy vaga, sólo muy ocupada... Pero tengo nuevo post en la cabeza. Ya sólo me queda darle forma, y pienso que no he de tardar. Beso.
Con tranquilidad y sosiego esperaré lo que sobreviene. Ya me temía lo peor, la pérdida total de la esperanza y el desfallecimiento general de mis fuerzas ante tal eventualidad.
No debo pensar tanto y ser mas paciente.
beso espectante
:-)
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