LA ÚLTIMA PALABRA

“Escucho con mis ojos a los muertos.”
Francisco de Quevedo

Ya desde el primero de los muertos que en la tierra han sido sabemos que el óbito, el extraño mecanismo biológico por el que un cuerpo deja de latir, no es un hecho estrictamente físico, sino un fenómeno que admite una doble dimensión: desde una consideración interna es un hecho espiritual, desde una perspectiva externa es un hecho cultural (aunque este último aspecto, que requiere un proceso, una elaboración, sobrevendrá más tarde en el tiempo).
Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada. Pasaron varios días y no se levantó. La arrastré fuera y le puse bastante paja encima. Diariamente iba a ver cómo estaba, hasta que me cansé y la llevé más lejos. Nunca volvió a hablar. Era como una rama seca. Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba”. El poeta Jaime Sabines reflejó con crudelísima inocencia el desconcierto ante esa vez primera, suceso impensable para Adán durante el efímero Paraíso. En esta viñeta resalta más que nada el asombro ante el silencio y la quietud de la Eva muerta, pero también el afán adánico por apartar el cadáver y ocultarlo, su merodeo en torno al improvisado túmulo vegetal que sin apenas pretenderlo se convierte en foco de un recuerdo. Creo que esta visión poética enraizada en la “mitología” del Edén es capaz de ilustrar a la perfección cuál es el propósito remoto de los epitafios: lograr que los muertos sigan hablando, para que así ilusoriamente y a su vez puedan los vivos seguir hablando con ellos. El Adán de Sabines se lamenta en especial de que Eva nunca volvió a hablar. Los antiguos, de idéntico modo, encontrarán en este mutismo de los muertos una fuente insufrible de pesadumbre; así se expresa en una inscripción griega: “Madre mía, te llamo. ¿Por qué este silencio? Te lo ruego. Nada dices y estoy lleno de inquietud”.
A la palabra –la palabra escrita–, entonces, se liga indisolublemente el atávico sentimiento de la perdurabilidad. La palabra es el instrumento con que luchar contra la muerte y contra su efecto más devastador, más allá de la ruina de la carne: el olvido. Escribir supone un duelo entre el tiempo y una voluntad implacable de no agotarse, un duelo en el que esa voluntad termina por vencer gracias al hechizo de los trazos indelebles. Así pues, hay una lucha de los rasgos caligráficos contra el hilo que se corta en la rueca de la Muerte. La caligrafía es a su modo un hilo mágico, un hilo que tiene la facultad de otorgar la propiedad inalienable de un monumento a su cadáver, un hilo que cose el nombre del difunto a la piedra para siempre, tornándolo eterno, imprescriptible: “Mi cuerpo me es ajeno: sólo el nombre no me ha abandonado”, leemos en Eurípides. También, con ese hilo, se pretende anudar la conciencia de los vivos, ya que si la Muerte es el olvido, los vivos que se alejan del mensaje de los muertos se tornan los más poderosos emisarios de la Parca. La palabra del difunto, pues, no es un acto sin respuesta: su efecto no termina en la inmortalización de su nombre, sino que aguarda, en una aspiración dialógica, la complicidad del que está vivo como eficiente aval de permanencia.
Este diálogo ha atravesado diversas etapas y formas a lo largo de la historia de “las cosas de ultratumba”. En la Edad Media, ese periodo que, en palabras de Huizinga, no conocía en relación con la idea de la muerte la elegía ni la ternura, el diálogo se transforma en una danza, con tintes trágicos en ocasiones, grotescos las más de las veces (la zarabanda), que conforma un lenguaje unilateral, en realidad: monológico. El difunto de la Antigüedad, en cambio, necesitaba perentoriamente del otro para sentirse un muerto relevante, para hacerse oír desde la otra orilla, para hacer tangible la escucha ideal del verso quevedesco.

“Depende de aquel que pasa/ que yo sea tumba o tesoro/ que hable o me calle.”
Paul Valéry


Para lograr sus propósitos conversacionales, los muertos del Mundo Clásico no dudaron en instalarse a la orilla de los caminos. El viajero, el que transitaba por la vía –el viator– podía ser un magnífico oyente, un tertuliano improvisado mas no por ello inestimable. Por su parte, el viator de la Antigüedad no sentía reparos por sus charlas con los muertos, ni siquiera le desasosegaba ver sucederse a lo largo de su trayecto las lápidas con sus invocativas inscripciones. El deceso para el hombre antiguo no era –habitualmente– motivo de alegría, pero tampoco estaba investido de la siniestra y dolorosa oscuridad que adquirirá en centurias posteriores. Por lo demás, la ubicación corriente de tumbas y necrópolis en los flancos de los caminos hacía de su presencia un espectáculo común, que inducía menos al terror que a la curiosidad o, en el peor de los casos, a la indiferencia.
Precisamente para combatir la indiferencia (que de algún modo metafórico se identifica con el peso de la tierra sobre el muerto: sit tibi terra leuis –“que la tierra te sea leve”– es la fórmula que lo conjura), los epitafios desarrollaron estrategias diversas, en su intento de que el viajero detuviera su marcha y prestara la atención debida al mensaje del finado. Una de las más frecuentes fue la interpelación directa al viator: se le solicita que se detenga ante la tumba o se le advierte que no intente eludir la lectura del epitafio. La intensidad de la apelación varía desde la mera expresión del deseo, pasando por el ruego, hasta incurrir en la amenaza más sombría.
Otra estrategia es menos directa, menos invasiva, más sutil: la inscripción cuenta casi siempre invariablemente una historia, y esa historia intenta presentarse de la forma más atractiva o singular posible para cautivar al lector. En unos casos se describirá una circunstancia excepcional de la muerte; en otros se subrayará el carácter único o distintivo del difunto. Es evidente que el ramillete de opciones para lograr una plaza bajo tierra con una piedra inscrita a modo de cubierta no eran muchas: o se era un niño, o un adulto más o menos joven, o un anciano; también existía la diferenciación entre el libre, el esclavo y el liberto. De manera que, ante el limitado catálogo de posibilidades, había que luchar por distinguirse, por ser el árbol visible en el bosque de las lápidas. En tal sentido, cabe destacar algunas figuras: la de la optima uxor, o esposa ejemplar, que se caracterizaba por su servicio al esposo, su discreción, su honestidad y su trabajo de la lana (ocupación esencial de la mujer romana: el llamado lanificium); la de la insolita puella, o jovencita sobresaliente en aspectos inusuales de su edad e incluso de su sexo (fisonomía, habilidades, educación); la del niño que se lamenta por su mors inmatura, es decir, por la inversión del tiempo natural, según la cual son los padres quienes entierran al hijo en lugar de ser el vástago quien da sepultura a sus progenitores; la del difunto que muestra su solaz por hallarse en la tumba o el que, sin llegar a tal exceso, se manifiesta satisfecho por abandonar la vida; la del que envanecido desgrana sus logros honoríficos o intelectuales en vida; la del que describe una muerte violenta o contra naturam; la del que clama contra el profanador de tumbas…
Por último, y sin desechar a su vez las dos anteriores, otra de las estrategias de atracción de lectores incidió precisamente en un elemento, no tanto necesario como cultural, de la práctica epitáfico-epigráfica: la apelación al poema como reclamo estético.

“Todo poema, un epitafio.”
Thomas S. Eliot

Ya en el mundo griego, el epitafio había dejado a un lado un propósito meramente funcional (por otra parte, primordial en su origen) para convertirse en género literario. Así es como el estremecimiento de la piedra ante la muerte se transformó en ingenio, y la imaginación estética pasó a adornar lo que de estrictamente experiencial podía albergarse en el cursus honorum o “carrera de la vida” de cualquier difunto. Con posterioridad, ni siquiera los romanos, tan pragmáticos, lograron sustraerse a la fascinación de la entelequia del muerto dialogante en verso.
Hablar de la rendición del epitafio ante el poema es hablar de la rendición de la muerte ante el lenguaje. En el principio del lenguaje fue la poesía. En el principio del lenguaje, también, estaba la adivinación: la vate –la poeta– es la que vaticina, y los vaticinios, los oráculos, se emiten en verso. Como en un círculo vicioso, en un bucle ad infinitum, nos hallamos de nuevo en el comienzo: en el carácter mágico del epitafio y en su íntima vinculación lingüística. Por ello el epitafio debe revestirse de una dignidad formal acorde con semejantes presupuestos.
La escritura no era un acto ajeno al mundo romano. En el ámbito privado, la escritura se practicaba en documentos varios, en epístolas, en objetos cotidianos, en la literatura. Pero, sobre todo, la escritura era transmisora de mensajes públicos: administrativos, legales… En realidad, las ciudades estaban saturadas de indicaciones pertinentes para la comunidad, que es lo mismo que decir que estaban llenas de inscripciones que leer. En particular, el epitafio como modalidad epigráfica específica se halla a medio camino entre lo público y lo privado: su expresión es notoria, pero su aliento es íntimo.
En un nivel aún más complejo se encuentra el epitafio en verso: lo peculiar de su lenguaje le confiere un estatus especial. La inmensa mayoría de inscripciones y epitafios latinos se grabaron en prosa. Las inscripciones métricas, entonces, llamarían por fuerza la atención del viandante, como flores extrañas, aisladas en mitad de la foresta de epígrafes en prosa; ya se dijo: una estrategia, alumbrada entre el enigma y la necesidad. Entre el epitafio en prosa y el versificado media el mismo abismo que existe entre “el mundo cerrado y el universo infinito”. El finado canta su poema para amarrar a la piedra de su mástil al viator. La vida –también la muerte– es verso.

STEFAN ZWEIG. Una pasión ética y estética

La madurez intelectual de Stefan Zweig se produce en esa Viena fin de siècle que cuestiona la validez del lenguaje para retratar el mundo. Plantear este dilema wittgensteiniano –hablar sin conexión con lo real o bien renunciar al uso del lenguaje– supone para todo escritor la incursión en un ciclo de obsesiones –cuando no de frustraciones–, un cierto sentido de la indefensión ante la enunciación formal de las palabras. Pocos fueron los que, como Karl Kraus, contraatacaron, desplazando el enfoque del problema, en este caso arremetiendo contra una sociedad manipuladora del lenguaje; en su mayoría, la postura fue la de una constatación desoladora del conflicto, expresado insuperablemente con material crudeza por Hugo von Hofmannsthal en 1902 en su Carta de Lord Chandos, y en especial en un párrafo que desde entonces es imposible no citar:

“...las palabras abstractas, de las que sin embargo la lengua debe servirse conforme a la naturaleza para dar cualquier juicio en el día, se me deshacían en la boca como hongos podridos.”

La desesperación –la náusea casi– ante esos hongos putrefactos de la lengua, silenciará voluntariamente a Tolstoi, a Gogol, a Kleist, a Grillparzer, a Brentano... larga y conocida es la nómina. La literatura se transforma entonces en una utopía, y en soberbia el acto de escribir –o, al menos, la pretensión de escribir con un sentido–.
La preocupación estética por el lenguaje no debería resultar extraña en un mundo cambiante; en realidad, es la manifestación artística más inmediata de que existe un desajuste entre el entorno y su traducción lingüística. Lo que Hofmannsthal denuncia y al tiempo intenta combatir con sus esfuerzos literarios desmedidos y asombrosos es la destruida tradición espiritual de Europa; y ello lo hace cuando esa tradición había dejado lugar solamente ya a un vacío: ese vacío que poco más tarde percibiera también Hermann Broch. La conciencia de esta pérdida cultural e intelectual la refleja Hofmannsthal de modo revelador y especialmente significativo, a la par que contundente, en Momentos de Grecia; en este caso, se trata del desengaño ante la esencia de la cuna misma de la civilización occidental:

“Quería escapar de mí y me perseguía a mí mismo; lo que leía, de renglón en renglón, eran signos y signos como las ruinas que tenía alrededor. [...] Antigüedad imposible –me dije–, comienzo imposible, búsqueda imposible. La dureza de esas palabras parecía deleitarme. Nada de todo eso existe. Aquí donde pensaba cogerlo con las manos, aquí ha desaparecido, aquí sobre todo. Una ironía demoniaca late alrededor de estas ruinas que aún en su descomposición retienen su secreto. Se parecen demasiado a esos perfumes. Ambos incitan a sueños inútiles, y lo que queda es el sabor de la mentira en la lengua.”

Pero no todos los creadores encajan este desengaño con semejante pesimismo estético. A diferencia del Príncipe de Homburg que nos presenta Kleist, capaz de renunciar a su indulto por negarse al uso de la palabra escrita, Stefan Zweig prefiere condenarse explícitamente con su obra literaria: es su forma peculiar de expresar su desacuerdo con el mundo, en especial mediante el trabajo concienzudo de los aspectos formales. Así adquiere reciprocidad y significación el acto opaco de que hablaba Roland Barthes al referirse a la escritura, cuando afirmaba que “escribir es un verbo intransitivo”. En Zweig, entonces, esta atención a lo formal no es una propuesta meramente artística, sino un ataque activo contra el entorno que le desagrada; el cuidado del lenguaje se torna auténtica pasión no sólo estética, sino al mismo tiempo ética.
Este principio que, de alguna manera, determina la creación del escritor austriaco, se hace patente de forma específica en sus memorias, tituladas –no precisamente de forma casual– El mundo de ayer. Memorias de un europeo. En el mencionado volumen, con frecuentes alusiones a aspectos estilísticos, bien particulares bien de sus contemporáneos, domina con evidencia un tono de redacción contenido, que sólo se quiebra cuando Stefan Zweig se refiere al abandono del previo estado de cosas y su sustitución por otro sistema cultural, altamente insatisfactorio –para Zweig– a la par que agresivo en su expresión formal (y lingüística, por ser más concretos), bien distinta de la que era propia del sistema anterior. De hecho, junto a las páginas dedicadas al ascenso y propagación del nazismo, son los párrafos que describen este tránsito cultural y lingüístico los más duros que se encuentran en el amplio testimonio que suponen las memorias del austriaco:

“Todas las formas de expresión de la existencia pugnaban por farolear de radicales y revolucionarias y, desde luego, también el arte. [...] En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua. Se suprimieron los artículos determinados, se invirtió la sintaxis, se escribía en el estilo cortado y desenvuelto de los telegramas, con interjecciones vehementes; además se tiraba a la basura toda literatura que no fuera activista. [...] En todos los campos se inició una época de experimentos de lo más delirantes que quería dejar atrás, de un solo y arrojado salto, todo lo que se había hecho y producido antes; cuanto más joven era uno y menos había aprendido, más bienvenido era por su desvinculación de las tradiciones. [...] ¡Qué época tan alocada, anárquica e inverosímil la de aquellos años! Una época de delirante éxtasis y libertino fraude, una mezcla única de impaciencia y fanatismo. [...] Para los expresionistas y –si se me permite llamarlos así– los excesivistas, a mis treinta y seis años yo ya formaba parte de la generación de los mayores, porque me negaba a adaptarme a ellos de modo simiesco”.

La fe de Stefan Zweig en tal procedimiento –es decir, en la viabilidad de presentar una literatura y un lenguaje adecuadamente trabajados como expresión simbólica y perfecta de un estado ideal– arranca de un racionalismo íntimamente arraigado en el escritor austriaco. Ya otros autores coetáneos habían manifestado su profundo desagrado por las innovaciones culturales sobrevenidas tras el primer tercio del siglo, las cuales suponían una encarnación de la alienación del espíritu humanista que había prevalecido hasta ese momento; el también vienés Joseph Roth realiza en El Anticristo –título sobradamente ilustrativo– una crítica feroz de los nuevos movimientos culturales, de la tecnología y hasta del cine, elaborando así un alegato prohumanista en reacción contra el entorno ajeno y desalentador que, a su juicio, estaba adquiriendo desarrollo en los años treinta. Para Zweig, que encamina esta reflexión específicamente al terreno de la estética, la pasión irrefrenada –como ya se ha visto en el párrafo de sus memorias que se acaba de citar– conduce al caos y a la destrucción.
Un caos, no obstante, que es susceptible de ser reconducido, precisamente, por la adopción de una actitud estética firme y consciente. En este sentido, y desde un enfoque de realización literaria, una novela como Veinticuatro horas en la vida de una mujer puede resultarnos específicamente ejemplificadora. La novela plantea el desliz de la refinada aristócrata inglesa protagonista, su abandono de todo lo que supone la perfección del estado burgués ideal (que bien podría transplantarse al perfil idiosincrático de la burguesía vienesa añorado por Zweig) para arrojarse irreflexivamente en brazos de un nuevo orden moral y estético, personificado en un joven crápula ignorante del sentido de la contención, de las reglas y de la tradición, un joven “moderno” que en lo lingüístico tutea sin miramientos a una señora de alto rango, y en lo formal la trata con absoluto desprecio de las convenciones. Lo indeseable de una situación planteada en estos términos no excluye la posibilidad de una catarsis, que necesariamente pasa por una opción ético-artística: la purificación mediante la palabra. Es el retorno a los supuestos teóricos que ocupaban a los vieneses en los comienzos del siglo. Entonces, la aristócrata, ya anciana, traba un discurso muy cuidado que en la novela es arte, descripción y catartización al tiempo. Al final del discurso, se produce –como en una apoteosis pictórica típicamente barroca– la confirmación del estado burgués tradicional, sobrevenida en este caso por elección libre e individual. Tan individual como el propio y peculiar liberalismo profesado por Zweig.
La opción opuesta –el triunfo del caos, el consiguiente desconcierto y luego la tragedia– viene representada en una obra como La embriaguez de la metamorfosis. Una novela que, además, preconiza la personal actitud vital de Stefan Zweig y que introduce un elemento fundamental, por su presencia constante, tanto para la biografía del escritor austriaco como para la de su círculo intelectual: el suicidio. La embriaguez de la metamorfosis –obra inacabada de Zweig– no es sino el testimonio de la evolución interior que sufre su personaje principal, Christine Hoflehner, en un paraje confuso de cambios tras la Primera Guerra Mundial. Oscilante entre un escenario prosaico y cotidiano en Austria y otro seductor y opulento en Suiza, Christine se hunde en la desesperación ante la imposibilidad de conformar su entorno según unos parámetros determinados. Su descontento con el mundo acaba abocando a la protagonista al suicidio, en una postura que nos resulta terriblemente familiar con el propio fin de Stefan Zweig, años después, junto a su segunda esposa, Lotte Altman. Parece como si Christine Hoflehner fuese un trasunto en incubación del propio Zweig, un perverso experimento literario sobre los límites del hombre ante una declarada incapacidad de adaptación a un mundo hostil.
El suicidio, pues, como antes se ha dicho, forma parte ineludible del panorama emocional, y diría que hasta intelectual, del escritor austriaco. Su incursión en el mundo de la música, como libretista de Strauss, vendrá precisamente propiciado por el deceso voluntario de Franz, el hijo de Hugo von Hofmannsthal –a la sazón “libretista oficial” de Richard Strauss y autor de seis de sus óperas– en 1928. Mientras el consternado padre intenta prepararse para el funeral, le acomete un ataque cerebral y fallece momentos después. Richard Strauss conocerá a Stefan Zweig algo más tarde, ya en 1931, por intermedio de su editor literario, Anton Kippenburg, y es así como Zweig retoma en cierto modo el testigo de Hofmannsthal, comenzando a trabajar en el libreto de La mujer silenciosa, basado en la obra Epicoene, de Ben Jonson, el transgresor y delicioso personaje de la Inglaterra del siglo XVII, bien conocido por su corrosivo Volpone.
El caso es que la muerte dolorida y casi trágica de Hugo von Hofmannsthal supone el cierre simbólico de una era cultural y estética. Y así parecen percibirlo también muchos de sus contemporáneos, que a partir de entonces toman una aguda conciencia de desorientación y hasta enajenación; un sentimiento un tanto decadente, con un vago olor a muerte que, además, no es exclusivo de los escritores austriacos, sino que se hace extensivo a todo el panorama centroeuropeo de la tercera década del siglo. Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Joseph Roth, Soma Morgenstern, Bruno Schulz... serán víctimas mortales inmoladas (por propia voluntad en ocasiones) en aras de la transformación de una civilización, cadáveres estetas en mitad del caos inasumido de entreguerras. A esta relación de voluntarios hay que añadir el nombre de Stefan Zweig.
A partir de ese momento, el lenguaje literario que se impone es el de la melancolía, el de la nostalgia en su sentido griego etimológico (el “dolor del regreso”). Sándor Márai –igualmente fallecido por suicidio, aunque ya a finales de los años 80– supo captarlo de modo magistral en El último encuentro, ese retrato de un añorado mundo que se extingue, recuerdo refinado de la bella Europa de preguerra; novela, por cierto, fechada en 1942, que es también el año de la muerte de Zweig.
Con el comunismo primero, y con el fascismo y el nazismo más tarde, bien que con planteamientos evidentemente diferentes, había llegado al estático continente europeo un nuevo concepto de sociedad que dislocaba por completo la estructura hasta entonces comúnmente indiscutida: se trataba del turno de la cultura de masas; lo que Peter Sloterdijk ha sabido definir perfectamente como el proceso de traslación identificativa de la masa como objeto a la masa como sujeto, en un recorrido cada vez más invasivo que se prolonga todavía hasta nuestros días. El triunfo de la masa –siquiera meramente teórico, ficticio en la traducción real de la mayor parte de los casos que podamos evocar– supone el acorralamiento efectivo del individuo. Este es propiamente el dolor que acusan Stefan Zweig y sus contemporáneos, más que el dolor derivado de “los desastres de la guerra”; no es difícil imaginar el espanto que debió experimentar un liberal individualista como Zweig ante la percepción de las consecuencias derivadas del avance del poder irracional del grupo.
La opción estética del escritor austriaco frente al desmoronamiento de sus ideales pasará, una vez más, por una reivindicación de la necesidad de la palabra, aun de la palabra incomprendida. En este sentido, resulta especialmente alumbradora la comparación que el propio Stefan Zweig tiende entre su persona misma y su actitud con las de la profetisa y princesa troyana Casandra, según propone en sus Memorias. La joven princesa adivina capturada por Agamenón se constituye en exponente del personaje helénico atormentado par excellence, dado que alberga en sí una doble tragedia: la de su vivencia personal pero, sobre todo, la relacionada con su forma de expresión, con el lenguaje que le es dado articular. La historia de Casandra es, esencialmente, la historia de una tragedia lingüística: como es sabido, las atinadas predicciones de la princesa troyana no gozaron nunca de credibilidad alguna, ni siquiera entre sus conciudadanos. La razón de este castigo tiene origen en una artimaña misma urdida por Casandra: deseosa de obtener el privilegio de la adivinación, la princesa, requerida por Apolo, promete en falso entregarse al dios en pago por este don; tentado por el seductor discurso de Casandra, Apolo consiente y cumple su parte; Casandra, sin embargo, al retractarse, queda condenada por el dios a que, en adelante, para ningún humano sean verosímiles sus vaticinios; así se explica la perdición de la ciudad de Troya, ya que nadie atiende a la denuncia de la joven profetisa sobre el caballo de madera introducido por Ulises en el interior de las murallas.
La incompetencia lingüística de Casandra, que acarrea la consiguiente ruina de los suyos, ya había resultado sumamente sugestiva para la alemana Christa Wolf –otra de las escritoras, como Ingeborg Bachmann, adictas al problema del lenguaje–, quien se ocupó del tortuoso personaje en el monólogo novelado que tituló con su nombre. Stefan Zweig tal vez cayó seducido por la estética, por la imagen de la voz desesperada, sólo capaz, al decir de Esquilo, de cantar

“... como un cisne el lamento postrero de muerte.”

La mímesis de Zweig con el arquetipo femenino de Casandra viene propiciada, sin duda, tanto por la incomunicación a que se ve expuesta la heroína troyana con su lenguaje de signos no siempre comprendidos, como por su patente indefensión, su debilidad frente al medio. Igual que Casandra conoció a la perfección que el ciclo de sus predicciones y advertencias lanzadas a su entorno hostil había de cerrarse con la propia muerte, Stefan Zweig alecciona desde el exilio a sus coetáneos sobre los peligros encubiertos de la nueva Europa, sabedor, posiblemente, de que la única salida coherente para su personal tragedia ética y estética era también su muerte. Una pasión plausible en alguien que, en sus propias palabras, siempre admiró la suerte trágica de los vencidos.

“UN DESTRÓZATE MÁS UNA HEREJÍA”. Heterodoxia y agonía en el poeta Antonio Gracia


I. La crucifixión y la herejía

Las páginas que aquí comienzan se suponen dedicadas a un precursor, a un marginal, a un heterodoxo; así lo impone, al menos, el título genérico de este volumen (Precursores, marginales y heterodoxos. Las razones de la sinrazón poética). Cuando leí el calificativo “precursores” me pareció el asunto un tanto irónico por lo que el término “precursor” implica en sí: el precursor, por su étimo obviamente latino, es “el que abre camino”; pero, además, el vocablo “precursor” es de acuñación medieval y designaba, como no es difícil suponer, al aperturista de caminos par excellence: Jesucristo, claro está. Hasta el siglo XVIII no empieza el término a adquirir la acepción que hoy nos resulta más familiar: esto es, la de aquel que encabeza una renovación, posteriormente generalizada, en cualquier campo que atañe al enriquecimiento del espíritu.
Así que pensé en Antonio Gracia como Jesucristo y no pude evitar esbozar una sonrisa. Aunque sin desechar la imagen de un crucificado, que creo que no es completamente ajena a nuestro poeta. No como un crucificado ad litteram, por supuesto, sino como un crucificado un poco hereje, un poco rebelde, un poco insano, que le saliera contestón al Padre Dios (probablemente Gracia lo escribiría con minúsculas). Me acuerdo también, y casi sin quererlo, del altivo Crucificado nietzscheano…
Así pues, Antonio Gracia: precursor –Jesucristo– heterodoxo (lo de marginal me sobra, por redundante). No está nada mal el oxímoron si pensamos que heterodoxo es todo aquello –o todo aquel– que se aparta de cualquier doctrina tenida por verdadera (María Moliner dixit y también, evidentemente, la propia etimología del vocablo). En todo caso, a mí, mejor que el de “heterodoxo”, me apetece más el término de “hereje” por más completo y sugestivo y connotativo al máximo. Si se me permite parafrasear un poco más aún a doña María, el hereje es el heterodoxo, pero también el renegado, el sectario, el acéfalo, el iconoclasta, el irreverente, el iluminado, el blasfemo, el apóstata. Podría añadirse incluso (esto no lo dice la sabia Moliner) al transgresor, al maldito y al soberbio. Casi nada. O sea: de todo un poco.
Imagino que no menos cabe esperarse del hombre que comete herejía contra su propio nombre, como culmen –y abominación al tiempo– de todos sus heréticos excesos anteriores. Antonio Gracia se sumerge en la piel del muy oscuro poeta –indoeuropeo, por ejemplo– Angrac Ianto para admitir en alta voz la flagrante excomunión que venía padeciendo su poesía desde muchos años atrás. Pero vayamos por partes.
El periodo de crisis herética aguda cabe situarse, dentro de la producción poética de Antonio Gracia, esencialmente en tres poemarios: La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980) y Los ojos de la metáfora (1987). Tres poemarios sucesivos que, entre publicaciones varias en revistas dispersas y pliegos más o menos descabezados (también acéfalos –heréticos–, por tanto), acabaron por reunirse, junto a unos poemas que pasaban por allí (reunidos bajo el epígrafe “Iconografía del infierno”), en la antología Fragmentos de identidad (1993). A pesar de la distancia temporal existente entre los tres poemarios (distancia que, no obstante, Gracia sobreescribió con otras producciones, incluso en prosa, dentro de los ámbitos de la novela corta o el ensayo), resulta bastante explícita la conexión temática y formal entre ellos, aun con sus lógicas diferencias. Su propia inclusión en una misma antología es bastante elocuente al respecto, y lo mismo cabe decir de sus libros posteriores –desde Hacia la luz (1998) hasta Por una elevada senda (2004)–, en que puede rastrearse una afinidad no vulnerada hasta el instante.
Es probable que la apostasía de Antonio Gracia comenzara con su sutil –o brutal, más bien– desentendimiento del mundo. Un desentendimiento que atañe lo mismo a su propia consideración como poeta que al destino que ha querido conceder a sus poemarios. Todavía no hace mucho (menos de dos años), Gracia contestaba contundentemente a una pregunta mía, en una entrevista realizada con motivo de la aparición de El himno en la elegía (2002): “Yo no me dedico a la poesía, no soy un ‘poeta’, ni un escritor”. A la negación subseguía, en orden invertido, la correspondiente tesis: “Soy una pregunta tratando de responderse a sí misma”. Está bien claro. Y me doy cuenta entonces de que todo encaja, porque siempre he pensado (mucho antes de estas páginas que ahora escribo) que, si hubiera que dotar de un símbolo gráfico a la herejía (al modo en que Pierce entendía la simbología), el trazo ideal sería el de un signo de interrogación.
La “carrera literaria” del no-poeta también merece unas palabras. Inscrito por cronología dentro de los límites del “grupo” de los 70, Gracia practica una estética que poco tiene que ver con la de los gritones chicos de Castellet, tampoco con la de sus inmediatos sucesores. Los vínculos remotos que quieran poder establecerse quedan restringidos a los casuales encuentros estilísticos puramente derivados del ejercicio de la palabra en cualquier tiempo y lugar. En la atinada introducción a la antología Fragmentos de identidad, firmada por Ángel Luis Prieto de Paula, apunta éste algunos rasgos de ciertos coetáneos de Gracia que pueden rastrearse en él: autodestrucción (al estilo de Panero o Aníbal Núñez), asociaciones surreales (Martínez Sarrión), geometría estructural (Siles), mitología generacional (como en el poema “Sharon Tate no pudo amarme”)
[1]. Sin embargo, ninguno de estos rasgos parece esencialmente definitivo. La autodestrucción adquiere unos tintes absolutamente personales por escatológicos e irreverentes en la poesía de Antonio Gracia, la geometría estructural no parece enseña específica de un solo poeta, lo surreal en Gracia a mí se me antoja muy difuminado y, en cuanto a la mitología generacional (y cinematográfica, por añadidura, fiel a los dictados de Castellet), no parece que la presencia de un solo poema sea suficiente para resultar una influencia decisiva (¿no pesa acaso mucho más, por extensa y por intensa, la desmitología sensualmente ancestral de “The lady of Ilici”?). El hereje estético que es Antonio Gracia sigue, para bien o para mal, las reglas eleusinas de su propia secta literaria, que es el mundo.
¿Y los libros, entre tanto?

II. El ansia o el infierno

La estatura del ansia es la estatura herética –incluso heroica– del endemoniado que, no obstante, sufre y lucha: heterodoxia y agonía. El ansia del rebelde de no darse por vencido. La herejía del ángelantonio-des-graciado, arrojado del paraíso de la vida al infierno de las letras. La expiación de los dogmas inconcusos que eran benefactores del pasado. Antonio Gracia dice: “Por educación, respiré la atmósfera cristiana; por inconformista y vitalista, me repugnaba esa tenaza. Muchos de mis escritos son rompimientos de esas cárceles, chirridos de los fantasmas que siempre quedan en los castillos de la infancia”
[2]. Otra manera de expresar el rechazo de la moral judeocristiana del camello y la muerte de Dios a silabazos. Sin embargo, en esta lucha de índole nietzscheana, la aparición del superhombre se frustra, no cuaja: ¿tal vez porque tampoco la muerte de Dios llega a consumarse por completo? En su “Biografía” poética, Antonio Gracia admite la dureza de esta consciente agonía:

[…] Dije: “Dios,
que tal vez no existes, rompe
mi vida que engendró tu contingencia,
dame llanto para lavar mis ojos ciegos
a fuerza de mirar por dónde vienes,
derrámate en la lluvia, cae, bautiza
de tu fe mi corazón sediento”.
Fue entonces cuando un dardo de tinieblas
me hirió, cegó mis ojos para siempre.

La escatología como particular manifestación de irreverencia religiosa es uno de los métodos estéticos y antiéticos preferidos por Antonio Gracia, método que adquiere plena voz en La estatura del ansia, pero que también conoce una digna prolongación en Palimpsesto. Quizá uno de los poemas más representativos de este aspecto sea “Antonio Gracia en los infiernos”, evocador, como puede suponerse con facilidad, de un descensus averni más célebre pero seguramente menos lacerante. En este caso, la catábasis la protagoniza un “precursor” sui generis, un cristo-poeta (no perdamos de vista esta identificación, que Gracia reiterará compulsiva y heréticamente) un tanto endeble, ni siquiera resurrecto, desprestigiado por sus dudas y su carne terrenal. Como en el más complejo cuadro del Barroco, seres espeluznantes de iconografía completamente pervertida van superpoblando la escena poética hasta perfilar con su horror vacui un auténtico y desolador Apocalipsis bajo tierra. En la retina obstinada del Mesías fracasado se dibuja la imposibilidad kafkiana de matar al padre-dios que, seminal y despóticamente, ejerce con su vida la blasfemia:

Al tercer día no resucité.
De pronto me sentí como un naufragio
y entre las olas mi ceguera incierta
miraba crisantemos en el fuego,
un túnel sin tiniebla, estrellas rotas
y a Dios besando un labio de Satán.
Había una mujer de fuego amando,
ángeles trepanados, santos rubios,
muertos que resucito en mi memoria,
vírgenes antropófagas y oscuras,
cruces desordenadas y una lluvia
como una sensación de amor profundo.
En las cenizas del volcán eterno
se levantaba triste y melancólico
un pecado con forma de varón.
Después volví a subir como un ahogado
al mástil de la vida y no recuerdo
más que una obstinación en la mirada
y la eyaculación de Dios sobre la Virgen.

Esta demoledora –desfascinante, diría Cioran– imagen de Dios se define un poco más en “Sharon Tate no pudo amarme”. Aquí el poeta no sólo tutea al divino genitor, sino que además confina su poder al dominio de los muertos, transgrediendo con ello la construcción tradicional de Dios como dador de vida. Heterodoxia tanto o más osada que las anteriores. Y todo ello en virtud de un mito que sólo lo es en la memoria, en la fugaz estrella del deseo. Aunque al final todo es un grito de protesta, inútil sublevación de un soberbio ángel caído:

… un cardenal me dice la vida viene luego,
quiero creerlo quiero que esté loco quisiera
emancipar de Dios todo lo vivo,
permitirle reinar sobre la muerte,
tal para cual oh Dios qué bien me expreso…

Esta irritación mal contenida contra Dios y lo que convencionalmente representa es probablemente uno de los temas esenciales en La estatura del ansia, plasmado en la forma de una contumaz y agria desmitologización. El ansia de ser hombre y no por ello dejar de ser libre... Más tarde, la lucha contra Dios va a matizarse, a transformarse en un enfrentamiento de creación a creación (la palabra contra la vida o viceversa), entre la fe ciega y balsámica y la intelectualidad inquieta y con frecuencia descorazonadora, inaprensible.

III. Palimpsestos y blasfemias

Palimpsesto es la supremacía de las posibilidades del poema como arma arrojadiza contra Dios y contra el mundo. Pero Palimpsesto es también la sepultura del autor, la negación del poema, la insatisfacción del hombre, el dolor de someterse a la escritura, la confusión entre escribir-vivir-morir. Ya en La estatura del ansia había algunas sugerencias que apuntaban en este sentido (verbigracia, en “Mosha Bieda” se declara que “el verso es un cáncer”: es decir, algo con vida propia, algo que, paradójicamente, crece a costa de la vida que succiona al cuerpo al que acaba por matar).
De Palimpsesto se ha dicho que es la construcción de una muerte literaria; algo con lo que yo no me muestro muy acorde. La boutade de aparentar su defunción Antonio Gracia en la solapa del libro, de dedicarlo fúnebremente a su memoria y a la vez de subtitularlo “Postumario”, a la manera de un legado poético que al azar se descubriese para un hipotético lector de poesía (o quizá nadie), es una más de las muchas máscaras que encantan al poeta, pero desde luego no un motivo suficiente para pensar en un contenido coherente con tal definición. El palimpsesto, en todo caso, en tanto superficie que se borra y se re-borra para recibir nuevas palabras, designa las diferentes reescrituras de la historia literaria. Y con esta idea enlaza a la perfección la mención que hace al plagio Antonio Gracia en las páginas con que encabeza su versal testamento de difunto poemático. Gracia llama impropiamente –y a propósito– plagio a los versos que a la luz y sin alevosía toma prestados de otras plumas, llama impropiamente plagio –y a propósito– a la reescritura que de ellos hace en sus poemas y al sentido nuevo –o ancestral, más bien– con que los dota para buscar nuevas respuestas (¿para buscar nuevos tormentos?). Hölderlin entendía esto muy bien cuando decía que “la literatura, en su fluir, hace mutar la esencia del mundo”
[3]
En “Poème d’un autre”, Garcilaso (entre otros varios: Quevedo, Lope, Poema de Mío Cid, canciones de amigo…) presta su voz “al otro” (al mismo) Antonio Gracia para dibujar una identificación blasfema entre la creación literaria y la creación divina, y para señalar al tiempo lo inútil de semejante espejismo:

si de mi baja lira tanto pudiera el son
escribiría un verso como una guadaña
donde apoyar este cuello que iergue el fraude de mi mente
obstinada en ser dios o en ser poema
inédito creador definitivo

La imagen del verso como guadaña guarda parentesco con la del “verso cáncer” que figuraba en “Mosha Bieda” y que antes mencioné o con la del “verso bisturí” que aparece, por ejemplo, en el poema “Estigma”. Por otra parte, es detectable una distancia entre el poema (las sacras, “genitales leyes del poema” que se mencionan en “Incunable”) y el hecho yermo de escribir, y por supuesto entre el poema y el vivir; no existe una identidad entre ambas realidades, con lo que ello supone de laceración personal para el autor, o al menos de duda constante y tortuosa. Antonio Gracia, dios y criatura, muerto viviente y vivo muriente, lienzo raspado hasta la sangre para recibir palabras de otros, trabaja masturbatoriamente esas palabras para perfilar un retrato de sí propio. Pero el fracaso acecha en los recodos inmediatos del poema; así en “Onanismo”:

todo poema tiene la forma de mi rostro
o me mira diciéndome que debiera tenerlo
yo esculpo miembro a miembro los versos biselados
persiguiendo lo exacto de todo autorretrato
a veces las palabras hacinadas
levantan su estatura y me muestran su autopsia
yo devuelvo el cadáver a su féretro
después de haberme muerto un poco más
medito la estructura de mi muerte
y me ubico de nuevo en la punta de mi pluma
como un jíbaro terco e insaciable
o regreso a mi mente observándome si
todo poema tiene la forma de mi rostro
o me mira diciéndome que debiera tenerlo

De este modo, la soberbia actitud del creador poético resulta a la fuerza un poco histriónica, un tanto patética por sufriente y lastimera. Dios es una infamia pero el poeta es tan sólo una caricatura escueta, un manipulador de sombras como paupérrimos designios de los hechos y las cosas, según Demócrito quería. Esta inutilidad, esta “impotencia” última de las palabras, se anuncia en “Hordas”:

alguien que puso nombres a las cosas
el vértigo inició de un cataclismo
que llega de un hipérbaton a otro
que llega de metáfora en metáfora
que llega de impotencia en impotencia
a engendrar esta afasia literaria
tras la que cualquier verso es la parodia
de un hombre disfrazado de creador
gesticulando su creación sin voz
y de hombre en hombre el gesto mudo avanza
hasta mí como un cónclave de muerte
o suicidio o grotesco verbalismo
que llega de impotencia en impotencia
a engendrar esta afasia literaria

La herejía del libro, no obstante, prevalece por encima de la conciencia de la palabra falaz o insuficiente. En el poema “Palimpsesto” hombre y dios se enfrentan hasta confundirse mutuamente, hasta hacerse carne arracimada, hasta compartir el verbo miserable y sus humores. De esa escatológica fusión surge el poeta, que se permite fustigar a un dios menor fustigándose a sí mismo:

el hombre es la autocrítica de dios
[…]
el éxtasis del verbo eyaculado
limítrofe de dios y de satán
[…]
el hombre es la autosátira de dios
[…]
el hombre es la eutanasia de un tal dios

Lo que es el paso previo necesario para lograr al fin supeditar la idea consoladora de Un Tal Dios a la idea tortuosa del Hombre Que Escribe.

IV. Iconografía del infierno, del robo y de la lucha

El Infierno, como muy bien dibujó Strindberg, está dentro de uno mismo y, sobre todo, implica un grado importante de muerte personal, pues sólo en ese estado puede paladearse convenientemente. Ya en la “Poética” que inicia “Iconografía del Infierno” –ese ramillete de poemas incluido en Fragmentos de identidad que no constituye un libro independiente, pero que contiene versos importantes y que ejerce perfectamente su papel de puente temático entre Palimpsesto y Los ojos de la metáfora– se menciona “el ruido acróstico del nombre de mi muerte” y “el miedo a reencarnarse en un muerto llamado antonio gracia”.
La sexualidad más descarnada –como sólo puede nombrarse con la muerte entre los labios– se pone al servicio del poema para perfilarlo, para trazarlo con tintes seminales y transgresores, pero también tormentosos. El nacimiento del poema se produce entre fluidos convenientemente indispuestos por el caos –de la creación, claro. En tal marasmo, los versos flotan sin ninguna barrera sintáctica convencional que los acote. A la manera de un dios un tanto vacilante, un tanto extrañado, un tanto autófago, el autor va invocando las palabras, dándolas a luz incluso (la invención léxica de Gracia es desmesurada y fascinante) y el poema va creciendo entre sudor, esperma y lágrimas. Así sucede en “Cleva”:

una hecatombe de dolor flamígero
empuñando los nexos un diluvio
de semen transgresor sólo una búsqueda
[…]
como védijas dulces en la noche
desubicados cierzos flores rosas
trizadas masturbadas espermadas
erotizadas y desjarretadas
por los corceles de la inspiración
sollozante buscante eutanasiante
a través de zahúrdas y diásporas
clitóricas orgásmicas periplos
a través de cadáveres sin féretros
gladiolos para el álgebra poética
la ecuación de sí misma enamorada
semen de rosas como tinta fúnebre
fluyéndome goteándome impotencia
aquí sobre este verso inacabable
[…]
no más genuflexión ante el poema
nunca más el dolor endecasílabo
y el lúpulo del látigo buscándome
flagelándome el ansia y azuzándome
una sílaba más un verso más
un destrózate más una herejía
inédita ciclópica martírica
indeleble en los ojos y en el tiempo
una eyaculación de vida:
VIDA

El dios alternativo, el dios heterodoxo, el dios hereje (el otro dios, el ángel malo a riesgo siempre de morir, o de ser muerto) se cobra en “Iconografía del infierno” una gran victoria pírrica despojándose de la tragedia de la emulación, trazando su peculiar “historia de un deicidio” y haciéndose por fin Hombre Que Escribe (y Sufre). Eso es “Teorema”:

quien no intenta ser dios tampoco es hombre:
solamente conocen el infierno
aquellos que están cerca de ser dioses:
el suicidio es el arte de ser dios:
un diamante tallado en el cerebro

El colmo de la hybris del autor sobreviene cuando el Hombre acaba por superponer su creación a la de Dios. El mal llamado a posteriori, por la tradición cultural del cristianismo, “pecado” de hybris (pecado es lo manchado, y la pagana hybris, por el contrario, resplandece), siempre fue la más sublime –y temible– de las heterodoxias, precisamente por su inquieta, inconformista intelectualidad. El soberbio hereje Antonio Gracia afirma contundente en el poema “Epopeya sin héroe” que “los dioses mueren cuando el hombre piensa”. Ahí es nada. Esa rebelión, que es la eterna rebelión del hombre contra los dioses, del hombre contra su padre, del Hombre que vive contra Aquél que es capaz de escatimarle la vida, del lógos contra el mito, es fielmente reflejada por el mito de Prometeo, el ladrón del fuego, el raptor del ardoroso fulgor de la palabra. Entonces… el lenguaje poético es una sustracción aleve perpetrada contra la divinidad. Una sustracción aleve y prometeica. Entendiendo el adjetivo “prometeica” no en el sentido marxista del término (la inteligencia en rebeldía contra la tiranía arbitraria), sino más bien como literal arrebato de la iluminación para la íntima y natural oscuridad (“Epopeya sin héroe” es, por cierto, la descripción pormenorizada de ese rapto o robo). De esta soberbia humana, cuyo objeto tan intuitivo como obvio es el conocimiento, los dioses se resarcen con un castigo eterno –una venganza, diría Dodds–, en que el explicarse implica un paseo forzoso por alguna de las formas –físicas o menos– de la muerte. Y el poema es la resurrección.
Antonio Gracia sintetiza en “Retorno del fuego” (título harto significativo) la inquietud, la lucha, el robo, la sublevación, incluso el miedo, y por supuesto, su ansiosa supremacía, construida sobre la sustracción sacrílega de su libertad y a partir de los despojos materiales dejados por un Dios desde entonces decididamente ajeno al hombre:

recojo los fragmentos firmamentos
disipo la niebla escoplo luz
reconstruyo la muerte le doy vida
soy un adán usurpador del dios
soy un verso que escribe sus memorias
y escribe sobre el códice su grito
su alarido de preso liberado
libre para nombrar y temeroso
de no encontrar el nombre del poema:
ensayo un crimen la resurrección

Pero el camino libre que se inicia es tan largo y sinuoso como el que conduce a Dios.

V. Poemáticas iconoclastas y metáforas con ojos

Parece ser que, en 1953, alguien preguntó a Thomas Mann si creía en Dios. Él no dudó un instante en responder: “Cuando me examino, llego a un resultado sumamente trivial: creo en la bondad y en el pensamiento, en la verdad, en la libertad, en la audacia, la belleza, la justicia; en una palabra, en el gozo soberano del Arte, ese gran disolvente del odio y la necedad. Por lo demás, se puede, quizá, creer en el buen Dios o en la OTAN, pero a mí me es suficiente esa otra cosa”
[4].
La apelación al Arte como creencia o bien supremo en la vida del Hombre me recuerda algo. En la cláusula tercera de su Poética para una poesía sin poetas, Antonio Gracia describe el porqué de esta creencia:

Escribir es la prueba definitiva de que vivir no basta, de que la vida es un fracaso: de don Dios o mío. El arte nace como consecuencia del instinto del hombre de corregir un error de don Dios: el de no haber sabido darnos la inmortalidad. Para repararse, don Dios destruye el tiempo, inventa la otra vida: el cielo y el infierno. Para conseguirlo, el hombre inventa el Tiempo, crea la vida de la Fama: el Arte.

Thomas Mann también tenía, como es sabido, sus diferencias, y bien serias, con Dios, pero no llegó a exponerlas tan crudamente. En esta cláusula de su Poética –o Poemática, o incluso Problemática– Gracia reincide en sus batallas y sus herejías y su hybris: Dios es un fracasado como dador de vida y el Hombre, Prometeo soberbio y puñetero, le roba a Dios otra vida muy distinta, una vida en cuya posibilidad el Omnipotente/Incompetente Padre ni siquiera había reparado: una vida regida por… el Arte. Con el Arte como enseña distintiva, el Hombre se permite un tratamiento burlón y desdeñoso de la persona de “don Dios”, súbitamente disminuido. La carambola lingüística llega más lejos y no se detiene en este caricaturesco apelativo; en una sarcástica incursión en el ámbito de las matemáticas, llegan a reformularse las reglas convencionales: “Dios y Dios son cuatro” (la Trinidad por los suelos y el respeto en el talón). Dios acaba por desaparecer, por convertirse en un rastrojo innecesario, y más tarde en un puñado de palabras dolorosas para un poema iconoclasta:

Un día introduje mi mano en mi cerebro y oprimí el cielo: hice de mi ansiedad un catesterismo llamado Dios: el tiempo lo transustanció en poema iconoclasta. Escribir no debe ser más que introducir el folio dentro del cerebro: cuanto más manchado de sangre mental salga, más poema, más hombre es ese folio. Lo demás es hacer literatura
[5].

Estos jugueteos léxicos se exacerban y terminan por reciclarse en un casi alucinógeno delirio creador en Los ojos de la metáfora. Frente a la concatenación regulada de las normas y los hechos, frente a los órdenes artificiales y numéricos convencionalmente admitidos, el autor genera el caos sintáctico, agrupa términos por sentido incompatibles, prescinde por completo de la puntuación, crea vocablos nuevos a partir de asociaciones pervertidas de vocablos ya existentes, se ceba en el sonido martilleante de los esdrújulos continuos (y me viene, por cierto, a la memoria, aquel poema de la herética Sor Juana escandalosamente esdrújulo, dedicado a la Condesa de Paredes: “Lámina sirva al cielo el retrato/ Lísida, de tu angélica forma…”). La rígida mecánica divina se desploma ante la imprevisible insumisión del hombre transformado en demiurgo. No obstante, nada en Antonio Gracia es arbitrario. Y digo esto porque se ha afirmado de su poesía (y en particular de Los ojos de la metáfora) que estos rasgos caóticos, aparentemente deshilvanados y un tanto anómicos, sumergen al lector (que a mi juicio no es sino otro hombre potencialmente insumiso) en la oscuridad, en la ininteligibilidad. Nada más incierto. Nada más lejano que la poesía de Antonio Gracia de esas producciones en las que el desorden y el sinsentido más hueros son la fusta omfálica con que algunos ¿poetas? han ahuyentado –sospecho que irremediablemente– a unos cuantos lectores sinceros de poesía, más temerosos de estos charlatanes de salón que de la mismísima peste bubónica. Qué tiene esto que ver con, por ejemplo:

si alguien me hubiera dicho la ortodoxia
el húmero en el verso y la bisagra
la frase sin hipérbatos ni cónclaves
la metralla del vértigo en mi mente
locuciones innúmeras los élitros
la música coitando la escritura
si alguien me hubiera dicho que vivir
tengo miedo del monstruo de mi mente
la bisagra metralla la escritura

A quien haya tenido ocasión de leer textos de inscripciones griegas o latinas en su soporte original, le habrá sorprendido –sólo en un principio, claro está– su disposición: en el soporte, da igual si de piedra común, arcilla o mármol, se suceden caracteres gráficos sin ningún género de interrupción o pausa o cambio de línea más que los estrictamente marcados por los límites del soporte. El resultado, a simple vista, es el de un amasijo de letras (unas veces mejor trazadas que otras) que parece no decir nada, o que, en todo caso, produce una gran pereza dedicarse a descifrar. Sin embargo, a quien se toma la molestia de hacerlo (la labor del epigrafista es tan dura como apasionante), el texto se le revela de repente con una claridad insospechada. Las letras empiezan, de forma natural, a agruparse por palabras con sentido, las expresiones cobran forma, la maraña de signos encriptados se convierte en un mensaje que llega hasta nosotros sin importar los siglos. Es ese método, heredado de los clásicos, el que a mí se me antoja que practica Antonio Gracia
[6]. Y por eso tienen ojos sus metáforas.

VI. Elogio de la luz y cierre

En el poema “Reconstrucción” leemos:

la luz
somos nosotros, la palabra
ya no es una metáfora

Más explícito, imposible. Once años después de Los ojos de la metáfora, los versos de Hacia la luz (título por demás ilustrativo) reniegan voluntaria y voluntariosamente de los afanes anteriores. “Sístole” lo deja también bastante claro:

Pero la vida es más que la palabra.
No es un libro este mundo.

El porqué de este giro es evidente. En una peculiar autocita, que mencionábamos ya al comienzo de estas páginas, Angrac Ianto pone a la escritura en su sitio: “¡Cuánto siento no haber entendido mucho antes cuánta vida hay en la vida y cuánta muerte en la escritura! Pero es tarde”. Antonio Gracia, su alter ego (¿o era al revés?), no se priva de explicarlo con detalle: “De niño yo quería […] forjarme un mundo en el que yo fuese como un dios. Después hube de aceptar que ni siquiera había conseguido ser un autor digno. Buscándome entre las palabras o con ellas me había alejado de la vida, que era, al fin, lo que anhelaba. Queriendo elevar un templo, había construido un mausoleo, un laberinto, y me había apresado en él como a un desaforado Minotauro. Destruirlo era destruirme; destruirme era tratar de construir sobre las ruinas. Y me encontré el silencio. Pasé de un infierno a otro”
[7].
Junto a Angrac Ianto, otras máscaras, como Oniria Liricovna o Eusebius Florestan, acompañan a Gracia en su ascenso de la sombra. Personajes todos ellos, sin embargo, vampíricos en parte de la sangre del pasado, personajes que a buen seguro no resistirían la luz directa…
Ahora, en 2004, seis libros después de la catástrofe y del silencio y de la luz, podemos preguntarnos si sigue Antonio Gracia en la senda del hereje. Quizá en este momento su poesía hiera menos –a él, a nosotros, al mundo. Quizá en este momento quepa hablar más de un heterodoxo –que lo es– que propiamente de un hereje. Aunque nunca nos abandona por completo lo que se ha sido con intensidad alguna vez.
[1] Prieto de Paula, L. A.: “Líneas esputos larvas tanzas claves fuego: en torno a la poesía de Antonio Gracia”, en Gracia, A.: Fragmentos de Identidad. Alicante, 1993, págs. 6-18. Consideraciones similares pueden encontrarse en Prieto de Paula, L. A.: “Ruinas de identidad en la poesía de Antonio Gracia”, en De manantial sereno. Pre-Textos, 2004, págs 237-256.
[2] En la entrevista ya citada. Rodríguez de La Robla, Ana/ Gracia, Antonio: “Quien escribe para su tiempo engendra palabras muertas”, en El Diario Montañés, Cultura, 05-11-2002.
[3] Hölderlin, F.: Sämtliche Werke. Frankfurt, 1961, pág. 950.
[4] Mann, T. (Mann, E., ed.): Briefe 1948-1955 und Nachlese. Frankfurt, 1965, pág. 226. Tomo la cita de Reich-Ranicki, M.: Siete precursores. Escritores del siglo XX. Barcelona, 2003, pág. 41.
[5] Cláusula segunda de la citada Poética para una poesía sin poetas. 50 astillas para l’ataúd. (Obsesivaria).
[6] A mi pregunta sobre la pervivencia de lo clásico en su poesía, responde Antonio Gracia: “Esencialmente, el hombre actual es el mismo que el de las cavernas, y las esencias humanas están recogidas por los clásicos. En ellos se condensa la humanidad. ¿Cómo no tenerlos presentes, si son nuestros orígenes y, en buena medida, nuestro futuro? Siempre estamos bañándonos ‘en el mismo río’ sin retorno porque ‘lo que es, lo es’ inexorablemente. La tecnología ha cambiado la sociedad, no al individuo. Vivimos en una Antigüedad tecnologizada. Seguimos siendo griegos y romanos. Yo soy un griego perdido en este siglo. Y encuentro más ruinas hoy que en la Antigüedad. Hemos hablado de introspección: la poesía –el arte– es una espeleología mental en busca de la autenticidad, no sólo de la sinceridad. En la caverna del cráneo siempre hay un ser grecolatino, un humanista, mostrándonos caminos”. Vid. Rodríguez de La Robla, Ana/ Gracia, Antonio: op. cit. (El Diario Montañés, 05-11-2002).
[7] Vid. Rodríguez de La Robla, Ana/ Gracia, Antonio: op. cit. (El Diario Montañés, 05-11-2002).

MANUELA LÓPEZ: LUJURIA, VIOLENCIA Y CRIMINALIDAD EN LA CANTABRIA DEL SIGLO XVIII


I. CUCHILLOS

“Objeto cortante y puntiagudo, de hoja angosta como de un dedo, como un puñal de Albacete” (Leg. 91, doc. 1). Así se define, en el expediente criminal correspondiente, el instrumento causante de la muerte de Antonia Isabel Sánchez, perpetrada el 1 de julio de 1799 por Manuela López, de diecinueve años de edad, criada de ocupación. El expediente recoge también un croquis o dibujo de la apariencia del arma homicida, casi a página completa, en proporción que da una idea aproximada del espanto que causó en los instructores de la causa y en todos los demás participantes en ella (declarantes, testigos, etc.) la macabra dimensión del asesinato.
El asunto no era para menos. En la noche de autos, Manuela López asesinó a la que hasta pocos meses antes había sido su antigua señora con treinta y siete puñaladas, asestadas con un cuchillo o puñal como el retratado por la mano del escriba judicial. En realidad, la muerte no sobrevino con la trigesimoséptima herida; ya mucho antes hubo de producirse, pues gran parte de las incisiones eran mortales en sí mismas, dadas su localización y profundidad, con lo que estamos ante un caso evidente de ensañamiento. Pocas partes del cuerpo quedaron indemnes en el ataque: cuello, pezones, esternón, costillas, vientre, ingles, muslos... recibieron su correspondiente dosis de violencia, con heridas de hasta dos dedos y medio de profundidad que llegaron en algunos casos a producir serios astillamientos en algunos de los huesos.
El citado y representado puñal se halló entre las pertenencias de Manuela López, una vez que se procedió al registro inmediatamente precedente a su detención. Junto al puñal, se le incautaron igualmente algunos objetos de plata (cruces, relicarios...), elegantes piezas de ajuar (toallas, sábanas y cobertores de calidad) y varias prendas de ropa interior de seda (todo ello bien distante de su estado y de su sueldo como aldeana moza de servicio, y a todas luces proveniente de regalos obtenidos del esposo de su ama, Domingo García, de resultas de sus contactos sexuales), así como un farolillo con el que, al parecer, se alumbró en su siniestra expedición nocturna hacia la vivienda del barrio de Canales, en el concejo de Udías, en que dormía Antonia Isabel Sánchez, estando ausente su marido.
La navaja en cuestión, por otra parte, ya poseía un largo historial previo. No era la primera vez que Manuela López la esgrimía para defenderse o incluso aterrorizar a sus propios convecinos o compañeras de tareas. En las numerosas declaraciones de testigos practicadas en la causa judicial, se mencionan diferentes ejemplos del uso excesivamente ligero de este instrumento cortante por parte de Manuela. Así, Bárbara Gutiérrez explica que la molinera María del Carmen, también vecina de Canales, tuvo una disputa con Manuela en la que ésta apeló a la fuerza de su arma, a lo que María del Carmen le replicó: “hazaña harías en poder conmigo, con una mujer de cinco partos, y sacándome una navaja” (Leg. 92, doc. 10); finalmente, Manuela se impuso en la reyerta, “diciéndole que si no miraba a Dios, con aquella navaja le había de cortar la lengua” (Leg. 92, doc. 10). Según Francisco del Pino, el pastor Vicente Vélez de Escalante tuvo un enfrentamiento con Manuela López por una cuestión de recogida de leche (aunque en realidad parece que éste quiso extralimitarse poniéndole la mano en los pechos), y también entonces la navaja tuvo un papel importante, diciéndole Manuela que “si se iba a él le había de abrir de arriba abajo, y en efecto sacó una navaja y con ella abierta le acometió” (Leg. 92, doc. 10). El cuchillo debió de adquirir notable protagonismo igualmente en el desafortunado encuentro en un solitario camino entre Antonio Bajuelo, cacique local y violador de profesión, y Manuela López, dado que aquél no estaba acostumbrado –ni por fuerza física ni por autoridad– a las negativas ni a la resistencia de sus víctimas, a pesar de lo cual tuvo que marchar sin obtener su turbio propósito de la jovencísima criada de quince o dieciséis años.
En todo caso, el uso de los cuchillos no debía de ser infrecuente entre los vecinos de Canales, y desde luego parece que era el instrumento para el que estaba predestinada la muerte de Antonia Isabel Sánchez. En este sentido, ya su marido, Domingo García, que hizo gala manifiesta de su desprecio y odio exacerbados con respecto a su esposa, no se recataba en afirmar, hallándose en Andalucía, que “daría cien pesos a quien le llevara noticia de que habían degollado con una navaja a su mujer” (Leg. 92, doc. 10). Por otra parte, según declaración de Antonio Bajuelo, Domingo García había sacado en una ocasión un cuchillo “y con él holló una cruz en la pared de la sala, diciendo que por Dios y aquella señal de cruz que aquel cuchillo había de ser el que daría fin a su vida” (Leg. 91, doc. 1), y encontrándose en otra ocasión en mitad de una disputa conyugal, declaró otro testigo que “amenazaba a su mujer con un cuchillo de dos filos y le decía que ya que ella no se quería morir, aquel cuchillo los había de apartar” (Leg. 92, doc. 10). Manuela López dio cumplimiento a este torvo deseo de García y al suyo propio cuando, al ser finalmente despedida de la casa de los García-Sánchez, juró que “hasta que viera el corazón de su ama no había de estar contenta” (Leg. 92, doc. 1).

II. LUJURIA CONTROLADA, LUJURIA RENTABILIZADA

La lujuria constituye una tendencia que, en su manifestación más elemental, suele caracterizarse por un exceso incontrolado de apetito sexual. Sin embargo, en modalidades más complejas, la lujuria puede comprender otro tipo de motivaciones, comportamientos y resoluciones.
En el caso de todos los personajes y circunstancias que rodean a Manuela López –incluyéndola a ella misma– se producen situaciones de lujuria más o menos desatada, y todas ellas obedecen a tipologías distintas. En concreto, tres son, a tenor de las opiniones sostenidas por los declarantes en la causa de Manuela López, las conductas lujuriosas evidentes: la de Antonio Bajuelo, la de Domingo García y la de la propia Manuela. Todas ellas, como se ha dicho, absolutamente distintas y distantes en etiología y objetivos; ninguna de ellas ajena a la violencia.
Antonio Bajuelo encarna un prototipo que ha sido muy explotado por la literatura, cual es el del cacique rural autoritario y prepotente, cuyo dominio se extiende no sólo a los asuntos de orden público, sino incluso a los de índole privada. Bajuelo, con una posición económica acomodada, con cargos de relativa relevancia en la política local (regidor y procurador síndico del Concejo de Udías), con influencias en el ámbito judicial (en especial sobre los notarios Pedro Antonio de Cos Palazuelos y Francisco de Mora Villegas, por otra parte posteriores instructores de la causa contra Manuela López), es dueño de los haberes, pero también de las almas y de los cuerpos –especialmente de los cuerpos femeninos– de Udías.
El catálogo de violaciones y abusos lascivos practicados por Bajuelo en su entorno debió de ser espeluznantemente amplio. Provisto, también él, de una navaja, obligaba a jóvenes modestas, por lo habitual criadas, a ceder a sus deseos, luego de amenazarlas para que guardasen silencio. María de la Maza o Manuela de la Vega son dos de las mozas que en la causa de Manuela López se atrevieron, tras años de mordaza y sufrimientos (pues tras la agresión fueron despedidas de sus trabajos y obligadas a abandonar a los hijos habidos del estupro a la puerta de una iglesia), a narrar sus experiencias; pero es de suponer que fueran muchas más las víctimas del monstruoso cacique.
En el caso específico de Antonio Bajuelo, la lujuria responde a algo más que a una vergonzante demasía de su carácter. Los excesos lascivos, en el modo en que son llevados a cabo, van más allá de sí mismos, y suponen más bien una ostentación de poder y un procedimiento de intimidación; en cierta manera, puede sostenerse que son excesos controlados con vistas a obtener una determinada rentabilidad. La lujuria forzosa y forzada, igual que la violencia o la manipulación, son alardes de dominación, mecanismos conducentes a consolidar la imagen de una autoridad incuestionable por recurso a la “ley del más fuerte”, al puro terror. La impunidad absoluta de Antonio Bajuelo en estas circunstancias lograba eludir la normativa vigente por entonces con respecto al estupro, que establecía una compensación económica por los daños “sociales” causados (menosprecio en el entorno, etc.) y una pensión alimenticia si llegaba a haber descendencia resultante de la acción. Y esta impunidad de Bajuelo derivaba directamente del primitivo terror que su persona inspiraba; un terror minuciosamente construido a base de brutalidad y arbitrariedades reiteradas.
La lujuria de Domingo García está localizada en las dos mujeres con las que convive: Antonia Isabel Sánchez y Manuela López. La primera es recuerdo permanente y lacerante de los excesos pretéritos, mientras que la segunda encarna la placentera actualidad de la pasión renovada. En efecto, el matrimonio García-Sánchez debió de producirse a consecuencia del embarazo inesperado de Antonia Isabel, causado por las relaciones sexuales mantenidas con Domingo siendo ella moza soltera, según atestigua la edad del hijo y el número de años del enlace (diecinueve en ambos casos). Es evidente que para Domingo García el trato con Antonia Isabel únicamente constituía una satisfacción a sus deseos lujuriosos más elementales y que no tenía la más mínima intención de formalizar la relación, a juzgar por las tétricas escenas conyugales que a partir de la boda comenzaron a desarrollarse. Temeroso quizá de las estipulaciones legales dispuestas para los incumplimientos de promesa matrimonial, o tal vez presionado por el medio social, Domingo accedió a unos esponsales que se le antojaban peor que el patíbulo o el infierno, como resultado indeseado de una lujuria meramente circunstancial y mal calculada.
Con el correr de los años, la irrupción de la jovencísima Manuela López en el ambiente conyugal refrescará sensaciones antiguas. Con Manuela, sin embargo, Domingo llega a trascender la estricta lujuria para adentrarse en el escándalo (escándalo que, en cambio, sí quiso evitar en su momento casándose con Antonia Isabel): de los encuentros furtivos que sin duda se producirían en estancias solitarias de la casa y los regalos privados (ropa interior de seda y pequeños caprichos) pasa a la exhibición pública de su “conquista” (con la que come, cena y duerme a la vista de todos), a la proliferación de encuentros por doquier e incluso al grave quebrantamiento de las reglas de la comunidad sobre el trato entre amos y criados, “volviendo de ferias y romerías con Manuela en las ancas de su caballo” (Leg. 92, doc. 10), cuando lo normativo era el retorno del amo a caballo y del servicio a pie (de hecho, la información sobre este particular era una de las preguntas tenidas por principales en la causa, y fue formulada a todos los testigos que en ella intervinieron). Domingo García encaja en el prototipo de hombre de edad que, para aplacar unas necesidades sexuales que no satisface en el hogar ni con facilidad fuera de él, escoge una mujer muy joven, de la que abusa valiéndose de su mando sobre ella y de su superioridad económica y social; cálculo en el que, no obstante, no todas las variables fueron suficientemente previstas.
Imposible resulta determinar con precisión si Manuela López entendía en idénticos términos la relación con Domingo García, aunque es de sospechar que no. La lujuria de Manuela hubo de ser, probablemente, la más controlada y rentabilizada de las que hasta el momento se han venido exponiendo, con seguridad por ser la menos intrínsecamente lujuriosa de todas ellas. En Manuela López, la lascivia (o mejor, la utilización de la lascivia ajena) funciona como mecanismo de obtención de privilegios inmediatos. Manuela, una muchacha de poco más de quince años, sin padres, sin fortuna alguna y sin más perspectiva que morir como criada de servicio ajada y harta en una casa de Udías o de cualquier otro minúsculo pueblo de los alrededores, debió de ver en Domingo García –un hombre que casi le triplicaba la edad y seguramente muy poco deseable– una salida de urgencia a tan mísera realidad. Es probable que de la concesión de sus “favores” obtuviera en un primer momento algunos pequeños obsequios que hacían su vida menos austera, más soportable: sábanas y toallas de buena calidad, medias, cintas y cordones, ropa íntima lujosa, botones y cruces de plata, escapularios bordados en seda... objetos todos ellos requisados en su detención posterior. De la obviedad de los objetos debió de pasar Manuela a la exigencia de otro tipo de concesiones menos materiales, cuales un cierto relajo en la dureza de sus actividades en la casa y un cierto “poder” o inmunidad en el seno de la comunidad; no en vano comentaban los vecinos que “la Manuela usaba algunas veces la libertad de su genio por los respetos de su amo” (Leg. 91, doc. 1).
Así las cosas, es casi forzoso sobreentender que Manuela llegó a hacerse con un control casi absoluto sobre la voluntad de su señor, paradójicamente tan desabrido con su esposa legítima, a cambio de una firme lealtad a las apetencias sexuales de éste. De hecho, Manuela rechazó violentamente en varias ocasiones pretensiones de jóvenes de su edad, como las del citado Vicente Vélez y de otros similares y hasta menos toscos, e incluso cuando se la intentó emparejar ventajosa y formalmente con el hijo de Antonio Bajuelo, el compromiso no llegó a cuajar, según la madre del chico (y a la sazón hermana de Antonia Isabel), porque aun cuando se argüía que el hermano de Manuela no había satisfecho las estipulaciones económicas, “le dijo Domingo García que él mismo las satisfaría, a lo que Manuela contestó que bajo ningún pretexto quería casar con el hijo de Bajuelo” (Leg. 92, doc. 10). Tampoco faltaron quienes querían establecer un lazo entre Manuela y el hijo de Domingo García (principalmente su propia madre, sin duda en un intento fallido de atajar la relación entre su esposo y la criada), pero a este respecto afirma el testigo Francisco del Pino que “nunca llegó a entender que don Domingo García el Menor estuviera tratando de casar con la Manuela López ni por la difunta su madre ni por otro vecino, y que mal podía ser cierto dicho tratado cuando todavía no había dado beneplácito al hijo del declarante la dicha Manuela y que el esfuerzo que hicieron los señores curas para que ésta saliese de casa de su amo fue, según ha oído públicamente, por el escándalo que causaba con don Domingo el Mayor y no con su hijo” (Leg. 92, doc. 10). Manuela López, intuitivamente inteligente a pesar de su corta edad, debía de figurarse –con buen criterio– que la privilegiada posición de que gozaba con Domingo García iba a desaparecer al no tener ninguno de los dos jóvenes pretendientes las mismas dependencias físicas y afectivas que su señor; en definitiva, la escasa lujuria de aquéllos no los convertía en personajes tan fácilmente manipulables ni rentabilizables como hasta el momento había resultado Domingo García.

III. PRISIONES Y PANÓPTICOS

En la causa contra Manuela López se designó la prisión para ella como principal sospechosa de ejecución del crimen y para Domingo García como posible inductor hasta la decisiva clarificación del caso, en un proceso que se prolongó –parece que intencionadamente, según informe posterior del fiscal Antonio Pérez– durante cinco largos años (de 1799 a 1804) y que terminó por “acelerar” relativamente su resolución con la muerte de Domingo García en 1802, a consecuencia de las ínfimas condiciones padecidas en los más que precarios calabozos locales.
En efecto, parece que a poco de ingresar Manuela y Domingo en la cárcel, ambos enfermaron de cierta gravedad. No olvidemos que tanto la criada como su amo debían de ser personas de notable resistencia física, a juzgar por sus actuaciones y por los comentarios emitidos por los testigos sobre ellos, lo que nos da una idea siquiera remota de la dureza e insalubridad del régimen carcelario. En particular, parece que Manuela López resultó aquejada de altísimas fiebres, sed intensa, fuertes dolores de cabeza, edemas en pies y tobillos y de contumaz inapetencia; y Domingo García, además de sus tumefacciones en el rostro, sus vahídos, sus vómitos, su hinchazón de pies y sus dolores musculares, contrajo una tos (probablemente síntoma de una afección pulmonar grave, ya que también sentía “fuerte dolor en medio del esternón”: Leg. 91, doc. 1) que acabó por causarle la muerte. Al carácter “verdaderamente húmedo, sin ventilación alguna y con demasiada estrechez” (Leg. 91, doc. 1)
[1] de los calabozos ocupados por los reos, debió de sumarse el constante acoso psicológico practicado por el escribano Francisco de Mora contra ellos, que en todo momento les recordaba las nulas probabilidades que tenían de llegar a abandonar el presidio.
La sujeción y doma de los cuerpos desviados en prisión terminó, pues, –y utilizando una terminología foucaltiana– por lograr lo que no habían logrado las previas amonestaciones a los espíritus, canalizadas a través de múltiples procedimientos alternativos, incluido el peculiar “panóptico aldeano” vigente en el Antiguo Régimen
[2].
En la Cantabria del siglo XVIII, al igual que en otras muchas comunidades similares de otros lugares por el mismo tiempo, e incluso en otras comunidades de otros lugares en tiempos distintos, existen unos límites normales para los comportamientos de los miembros de la comunidad, límites que no es dado transgredir más que muy sucintamente; cualquier exceso en esa transgresión conlleva la activación de unos mecanismos represores, que en unos casos pretenden advertir de la conducta desviada, en otros reintegrar esa conducta en la norma abandonada y en otros, por último, son simplemente punitivos. En la Cantabria del siglo XVIII, por ceñirnos al marco espacial y temporal en que nos movemos, existen las tres modalidades citadas, generadas todas ellas a partir de la existencia de un singular “panóptico aldeano” al que hemos aludido un tanto libremente en líneas anteriores.
Cantabria en 1799 es un ámbito territorial muy pequeño, subdividida en valles (unidad administrativa), que a su vez se subdividen en concejos (unidad comunal), que por su parte se subdividen en aldeas o barrios (unidad convivencial). Podemos hacernos una idea de lo reducida que debía de ser la población habitante de uno de esos concejos –por ejemplo, Udías–, cuánto más de una de sus aldeas –por ejemplo, Canales. La resolución de conflictos en este tipo de minúsculas comunidades pasaba sólo en última instancia por los juzgados, cuando ya se habían agotado todas las vías alternativas posibles; incluso en estos casos, lo más frecuente era la recurrencia a acuerdos extrajudiciales antes de llegar a generarse una sentencia (entre otros motivos, por las elevadísimas costas de los procesos judiciales). En este marco tan restringido, por tanto, se imponen una serie de mecanismos de control basados en un principio fundamental: el de la vigilancia comunitaria. El barrio o aldea es una suerte de panóptico en el que todos pueden ver y ser vistos, y no sólo sus personas físicas, sino también sus comportamientos. Evidentemente, como en el panóptico ideado por Jeremy Bentham en el mismo siglo XVIII –a posteriori inmortalizado por Michel Foucault–, existe una autoridad más competente para realizar la vigilancia (entiéndase por esta autoridad cualquiera de las fuerzas locales al efecto), pero nadie en realidad está exento de la posibilidad de vigilar o ser vigilado –ergo, castigado.
La vigilancia atenta de las conductas, podemos empezar a inferir, poco tenía que ver con un estricto sentido de la justicia, aunque tampoco lo excluía necesariamente. Como se ha avanzado ya, la vigilancia cuidaba sobre todo del correcto seguimiento de la norma comunitaria, equilibrada o no. Cuando se producía una desviación en ese seguimiento, entraban en juego los mecanismos disuasorios. Entre ellos, pueden citarse: 1/ La presión social; 2/ La rumorología; 3/ Las reconvenciones; 4/ La intervención admonitoria del clero; 5/ El rechazo popular; 6/ La justicia popular; y, por último, 7/ La apelación a la justicia ordinaria. Todos estos mecanismos fueron activados en contra de la relación entre Manuela López y Domingo García (sin demasiado éxito, no obstante), en tanto que no se activaron para prevenir actitudes decididamente abominables, como la de Domingo García hacia su esposa.
De ello se deduce que, al menos en la Cantabria –en la Cantabria rural (dado que en el medio urbano las costumbres podían ser bien distintas)– que hace el tránsito del XVIII al XIX, hay unas acciones que se consideran escandalosas, y que atañen principalmente a dos esferas: la moral (colindando con lo religioso) y la alteración de los estamentos o conveniencias sociales. Los episodios de violencia doméstica, con no ser infrecuentes, suponían una conmoción del ámbito privado, pero esto es algo en lo que el estado no interviene, y tampoco la comunidad; por supuesto, no son deseados, ya que alteran el paradigma ideal de equilibrio matrimonial, pero son permitidos y, en el peor de los casos, únicamente reconvenidos, a pesar de que todos y cada uno de los miembros de la comunidad los conoce con pavorosa exactitud (en la causa de Manuela López, todos los vecinos de Canales apuntan minuciosas descripciones de las vejaciones y torturas inferidos por Domingo García a su esposa Antonia Isabel)
[3]. Mayor dureza, en cambio, suscitaban las faltas relacionadas con la sexualidad, en especial las referentes a las mujeres solteras. La más contundente represión social, subsiguiente a una potentísima rumorología, se abatía sobre ellas, máxime si había un embarazo de por medio; esta intransigencia se extendía incluso a las mujeres violadas, a las que en cierto modo se hacía responsables de la “pérdida indebida” de su virginidad (recuérdense los casos de las dos muchachas forzadas por Antonio Bajuelo) y que eran incapaces de rehacer su vida normalmente, al menos dentro del entorno memorioso e implacable del “panóptico aldeano”.
En el caso de Manuela López y Domingo García, la perdición la acarreó la ostentación del escándalo sexual y la falta de respeto a las estipulaciones sociales, o lo que es lo mismo, la más desconsiderada ignorancia de las prioridades punitivas de la comunidad. Los rumores respecto a los viajes de amo y criada en el mismo caballo, el hecho de que el ama realizara las duras tareas ganaderas mientras la criada permanecía en casa, que amo y criada comieran juntos y el ama en mesa aparte... resaltaban lógicamente el atentado contra la moral sexual más elemental e igualmente contra las relaciones de sometimiento que la criada por naturaleza debía a sus señores. Los rumores indujeron una presión social que el clero se vio obligado a acallar, reconviniendo primero a Domingo García (curiosamente, en ningún caso a Manuela López) y con posterioridad imponiendo la expulsión de la criada de la casa
[4]. Las treinta y siete puñaladas recibidas por Antonia Isabel Sánchez rebasaron las competencias restrictivas de la comunidad y se hizo ineludible la intervención de la justicia; aunque ni siquiera en este ámbito pudo eludirse el peso de la comunidad, que llegó a aducir fenómenos sobrenaturales para requerir la necesidad de una sentencia justa e inminente (alusiones supersticiosas a voces de Antonia Isabel en diversos parajes del pueblo después de muerta) y que desplegó por boca de sus vecinos declarantes toda la información obtenida y almacenada durante años de observación en el “panóptico”...

IV. MANUELA LÓPEZ, MUJER MALA

La percepción de la maldad en las mujeres ha respondido históricamente más a eso, a una percepción, que a una realidad tangible. ¿Qué es exactamente una “mujer mala”? A través del caso de Manuela López hemos constatado numerosos ejemplos de “maldad”, atribuida a la inculpada por la rumorología de la aldea de Canales. El mero hecho de acuchillar con saña a Antonia Isabel Sánchez parece, en efecto, índice más que suficiente para emplear con propiedad el calificativo de “mala” en relación con Manuela López, si no alguno peor. Sin embargo, queremos aquí llamar la atención sobre ese curioso y complejo fenómeno de la percepción, por parte de la opinión más o menos pública, de la calidad moral de los sujetos de la comunidad.
En las declaraciones vertidas por los testigos en la causa, existen dos claras tendencias, conforme sean testigos aportados por la acusación o la defensa. En el primer caso, Manuela es caracterizada como mujer “soberbia, de genio altivo y atrevida para andar de noche”, con todo lo peyorativo que encerraban estos términos aplicados a una mujer en el misógino siglo XVIII (Leg. 92, doc. 10); constantes son las alusiones a su fiereza (“genio”) y violencia (uso indiscriminado de la navaja), al rencor demostrado hacia su ama tras el despido en palabras y hechos (negación del saludo, insultos, amenazas, deseo manifiesto de arrancarle el corazón), incluso a su lujuria practicada abiertamente con el amo (los retornos a caballo, los encuentros en el hogar o los casuales en la posada de Reinosa
[5]). Los declarantes presentados por la defensa, en cambio, hablan de una mujer “honesta y recogida, timorata, de arreglada vida y costumbres” (Leg. 91, doc. 1); de una mujer que, lejos del rencor, al preguntar por el motivo del bullicio que veía en la casa de sus antiguos señores, “le respondieron que habían matado a Antonia Isabel y se la vio llorar” (Leg. 91, doc. 1).
Es evidente que la naturaleza ya adversa ya afable de los testimonios debía de estar condicionada por las personales empatías de los declarantes. Los testigos contrarios probablemente veían con malos ojos y hasta con envidia los privilegios de que gozaba la criada por sus relaciones con el acomodado Domingo García, mientras que los testigos favorables eran aquellos depositarios de la amistad o el afecto de Manuela. En este sentido, no es raro que, ya en el calabozo, manifestara la moza “que parece no haberse saciado la emulación [=envidia] con que se me ha perseguido y ha tenido en tanta prisión, padeciendo las penalidades y trabajos que se dejan conocer [alude a su mal estado físico], pues hasta en ella me siguen y persiguen la envidia esta, nacida de no condescender nunca a ideas de torpes pensamientos [alusión a las pretensiones sexuales de Bajuelo y otros]. La envidia: madre de la venganza, principio de las discordias y raíz de los homicidios la llamó San Juan Crisóstomo, porque a la verdad de un ánimo envidioso bien se puede presumir toda crueldad y tiranía” (Leg. 92, doc. 3).
En la construcción de la imagen malvada de Manuela López tuvo un papel destacado la rumorología que antes se ha mencionado, y a la que la propia Manuela –como el resto de vecinos– tenía gran temor; de hecho, declara la criada que en un par de ocasiones en que se hallaba Antonia Isabel ausente de la casa, ella misma se ausentó también, “por evitar que dijeran” (Leg. 91, doc. 1). La rumorología basa su eficacia en el anonimato y por tanto en la colectividad de lo afirmado; fórmula repetida en todas las declaraciones de testigos es “por haberlo oído sin hacer memoria a quién”.
Dos paradigmas notables de la dimensión destructiva o progresiva del rumor se encuentran, por una parte, en la falsa atribución de un embarazo de cinco meses a Manuela estando ya presa (ante lo que ésta hubo de requerir un reconocimiento ginecológico); y por otra, en la tergiversación de una afirmación supuestamente emitida por la moza, según la que, “en saliendo de la cárcel, había de pegar fuego a dos o tres casas de Canales” (Leg. 92, doc. 10) que, siendo suficientemente contundente en sí misma, se transformó en boca de múltiples testigos en afirmación extensible a la totalidad del caserío de la aldea.
No cabe ninguna duda de que, frente a las mujeres de las ciudades, y en especial de estratos sociales más acomodados, en que existía un cierto relajo reconocido y admitido en la observancia de la moral tradicional impuesta por el Concilio de Trento, la existencia de la mujer rural transcurría en un ambiente bastante más restrictivo. En un mundo más pequeño y limitado, cada mínimo acontecimiento o conducta multiplica su importancia ad infinitum. La percepción de maldad en las mujeres es más aguda, por tanto, en el medio rural, donde cualquier infracción de la norma consuetudinaria es interpretada como un acto malvado.
Según el parecer de los habitantes de Canales, Antonia Isabel Sánchez y Manuela López constituían las dos caras opuestas de una misma moneda. Antonia Isabel era “a los ojos del público muy afable y de corazón dulce, muy recogida y temerosa de Dios y frecuentaba los Santos Sacramentos” (Leg. 92, doc. 10), mientras que Manuela encarnaba el prototipo de mujer agresiva y arrojada –‘virago’, le dirían en la época–, con una rudeza más propia de hombre que de mujer. También en inteligencias eran ambas contrapuestas, pues si a Antonia Isabel se le reconocía cierta cortedad de entendimiento
[6], Manuela destacaba por una inteligencia natural que le permitió, aun a pesar de su juventud, granjearse ciertas prebendas en unas condiciones cuales las suyas, no precisamente propicias. Del encuentro de dos personalidades tan contrapuestas, la más débil fue la que hubo de llevar la peor parte, primero en vida (la inversión de la autoridad en la casa de los amos, donde Manuela se convirtió en la auténtica señora, es la mejor prueba)[7] y finalmente ante la muerte, donde parece que Manuela culminó un proceso creciente, fraguado durante ocho años, de ambición desmedida, no exenta tal vez de cierta inmadurez (no puede dejarse de lado que Manuela comenzó su servicio en el hogar de los García-Sánchez con doce años y que con tan sólo diecinueve consumó su horrible crimen) e incluso de ignorancia (derivada sin duda de su analfabetismo y paupérrima formación[8], con una visión bastante precaria y deformada del mundo[9]), como quedó bien claro en diferentes episodios del proceso criminal.
Los amores con Domingo García, lejos de ser tales, debían de antojarse a la criada un rápido medio de promoción social y económica, y probablemente pensara Manuela, inducida incluso por García, en la posibilidad de un matrimonio –o amancebamiento, al menos– con el amo, una vez difunta su esposa. Con cada puñalada que asestaba en el cuerpo de Antonia Isabel Sánchez, ponía Manuela López sin siquiera imaginarlo mayor distancia a la consecución de su deseo.

V. LA DOCUMENTACIÓN

El expediente criminal abierto con motivo de la muerte de Antonia Isabel Sánchez, e instruido contra Manuela López y Domingo García es lo suficientemente amplio (consta de más de setecientos folios) e importante (la causa se dirimió en tres escenarios: Cantabria, Valladolid y Andalucía) como para hacerlo trascender y justificar su empleo en diferentes ámbitos de estudio: el social, el criminal, el político, el económico... Las diversas extracciones de los distintos intervinientes lo hacen también especialmente atractivo para evaluar el desarrollo de múltiples aspectos en el Antiguo Régimen: el caciquismo, la violencia doméstica, el funcionamiento de las comunidades rurales, la judicatura, la familia, la educación...
La multiplicidad de perspectivas hace de éste un caso paradigmático de documento aplicable a un enfoque microhistórico. Como es sabido, y por simplificar, la microhistoria parte de documentación muy particular con unas coordenadas espacio-temporales bien definidas, con el propósito de extraer consideraciones más generales sobre ese espacio y tiempo en que dicha particularidad se produce. En este sentido, puede decirse que se trata de un método histórico inductivo que encontró su primera y más feliz expresión en la década de 1970, con la presentación del ya archiconocido caso del molinero del siglo XVI Domenico Scandella, protagonista de El queso y los gusanos (1976) de Carlo Ginzburg
[10]. Así expresado, el planteamiento de la microhistoria podría parecer elemental y hasta peligroso desde un punto de vista metodológico, si no fuese porque la extensión del “microcosmos cultural” de que habla Ginzburg cuenta con el recurso riguroso a la Historia de las Mentalidades, la Historia Social, la Historia Económica… e incluso a la Historia Local.
En el presente trabajo, y dada la considerable extensión del expediente criminal que nos ha servido de base documental, hemos preferido centrarnos, entre las muchas opciones posibles, en la personalidad de Manuela López, que paradójicamente es la menos desarrollada por sí misma y al tiempo la más diseccionada (como “mujer mala” que era) desde la percepción ajena de la comunidad de Canales. Pese a ser la autora material del crimen, a Manuela sólo se le practican tres declaraciones (cuestión aparte la constituyen los oficios que presenta de motu proprio su abogado, Fernando Caviedes), que contrastan con las más numerosas de Domingo García (padre e hijo), Antonio Bajuelo e incluso del resto de vecinos.
Las palabras de Manuela, además de información sobre la acción criminal, proporcionan datos sobre el modo de vida y el entorno de la mujer rural en la Cantabria del 1800, datos que hemos intentado entresacar y exponer a lo largo de estas páginas. Pese a lo cual no renunciamos, ya para terminar, a ofrecer a la consideración individual de cada lector una parte importante del texto original, cual es precisamente la relativa a la más extensa de las tres declaraciones efectuadas por Manuela López
[11].

Declaración segunda de Manuela López (22-01-1800)

En la real cárcel de esta villa de Comillas, a veintidós del mes de enero de mil ochocientos, constituido Su Merced el Señor Don Juan de Ceballos, Alcalde y Justicia Ordinaria de este valle de Alfoz de Lloredo, en la sala capitular del Ayuntamiento, mandó a su Ministró Alguacil Mayor sacar de la prisión y calabozo en que se hallaba presa a Manuela López, contenida en estos autos. […].
Preguntada cómo se llama, de dónde es natural, qué edad y oficio tiene, quién la prendió y si sabe la causa de su prisión. A lo que responde llamarse Manuela López y que es natural del lugar de Santa Gadea, dos leguas distante de la villa de Reinosa, de cuya jurisdicción le parece es comprendido dicho pueblo y que es de edad de diecinueve a veinte años poco más o menos, y que fue presa por el mismo Alguacil de este valle con orden de don Íñigo Ruiz de Villegas, Alcalde que fue en el año próximo que expiró de 1799, y en cuanto a la causa de su prisión dice la ignoró ni la supo hasta después que corrió haber aparecido muerta y puñaleada doña Antonia Isabel Sánchez, mujer de don Domingo García, vecinos del concejo de Udías y barrio de Canales, sus amos que habían sido, con que responde al oficio que se ha mantenido, que es el de servir. Y preguntada si sabe quién hizo tal estrago y muerte en dicha doña Antonia, responde ignora la pregunta. Repreguntada si sabe o tuvo alguna noticia de que alguna persona tuviese enemistad grave o leve con la difunta, responde que no sabe. Preguntada qué tiempo sirvió a dichos don Domingo García y su difunta mujer, responde que sirvió en dicha casa y a sus amos como ocho años.
Pregúntasele con qué motivo dejó el servicio de esta casa y responde que de consentimiento de sus dichos amos estaba en casarse con su único hijo Domingo García y por la corta edad, resolviendo el padre suspender este tratado y temer la que declara sus émulos en el pueblo, se detuvo hasta vuelta de viaje de la Andalucía, en cuyo intermedio, y estando esta declarante fuera de casa, parece hubo alguna discordia en ella entre mis amos, por cuyo acaso tengo entendido dio queja la dicha doña Antonia mi ama a los señores curas párrocos, quienes dispusieron dejase yo aquel servicio de la casa de mis amos.
Al hacerle más preguntas, previno esta declarante haber oído al presente escribano habérsele tomado cierta declaración o confesión, lo que ignoraba, y pedía siendo cierto se le manifestase, y habiéndolo Su Merced preguntado, y respondido por dicho presente escribano ser así cierto y hallarse a los folios veintiséis y veintisiete, tuvo a bien se le manifestase y leyese de verbo ad verbum. […] Enterada de ella dijo: Que enteramente la ignoraba y que no hace memoria habérsele tomado, porque se halló en aquel tiempo indispuesta y atribulada por el motivo de achaque que le sobrevino en lance de su prisión.
Repreguntada a qué casa y por qué motivo se halló fuera de la de sus amos en aquel día que dice hubo discordia entre ellos, respondió haber salido al lugar de Ruiseñada y casa de Josefa Gutiérrez a disponer una saya para su viaje de Santander y salida de con sus amos, a cuyo receso a casa de dichos sus amos ya no estaba en ella, si bien vino antes de yo dejar este servicio sin que sepa esta declarante los motivos de dicha discordia. Se le repregunta por qué tiempo dejó este servicio y si sabe los fundamentos o motivos de dejarlo, como si fue disposición de sus amos, suya o de quién. Y responde que dejó este servicio para Carnestolendas del año pasado de noventa y nueve, sin que sepa los motivos que pudieron preceder sino la emulación por el dicho tratado de casamiento, si bien fue consentimiento de todos, aunque no ignora tratarse por los curas párrocos en este tiempo se me despidiese. Y todo contra el gusto y voluntad de su ama, que nunca asintió el que yo dejara ni su casa ni su servicio.
Repreguntada con quién salió para la ciudad de Santander y a qué, respondió que a casa de su hermano, don Manuel López, que se halla en ella en la oficina de Correos a darle parte de la terminación de su casamiento, detención y suspensión de él por el tiempo de la ausencia de su amo y consultar sobre el destino que tomaría en este intermedio, y que fue sola. Repreguntada dónde estaba y quedó su amo don Domingo García en el tiempo y día en que dejó su casa para dicha ciudad de Santander, responde que no se acuerda si salió con ella o no, pero que a Santander no llegó. Pregúntasele qué tiempo tardó desde la casa de su amo a la de su hermano, con quién fue y qué días o meses estuvo en la dicha compañía de su hermano. Responde que le parece llegó a casa de su hermano el mismo día que salió de la de sus amos, que ya tiene dicho que fue sola y estuvo en dicha compañía como tres semanas o un mes. Pregúntasele a dónde hizo viaje después de dichas tres semanas o un mes y con qué compañía. Y responde que volvió a casa de sus dichos amos y sola en busca de sus ropas, que no había llevado, y en donde estuvo algunos días por gusto de su ama y mal tiempo, y en éste se ajustó en Ruiseñada al servicio de doña Josefa López, donde se la prendió. Repregúntasele cómo o por qué dice vino por la ropa y que volvió con ella y moza asturiana a dicho Santander. Respecto se ajustó para servir en Ruiseñada, responde haber vuelto y llevado su ropa a casa de su hermano tanto para satisfacerle y no saber los días que podría estar en su compañía y tratar con él la conveniencia que se le seguía de hallarse cerca del hijo de sus amos, por la palabra que le había dado de casamiento con beneplácito de sus padres.
Repregúntasele en qué tiempo entró en servicio en Ruiseñada, y si en él trataba y contrataba a su ama doña Ana Isabel Sánchez y su hijo entrando y saliendo en su casa, ya de intento o con el motivo de pasar por el barrio de Canales, y si la trataba con afabilidad hallando la misma correspondencia. Responde que a la vuelta de Santander para entrar en el servicio de Ruiseñada se vino a dormir a casa de su ama dicha doña Antonia, que ésta no la dejaba salir a su servicio y se quedase para ayudarla al trabajo, y sólo hace memoria haber vuelto otra vez dentro de cuatro o cinco días en compañía de Isidora Gutiérrez, natural de Ruiseñada, y otras veces en que la brindaba a tomar algo, siendo la última en día festivo en que la ama estaba en Miramayor y el hijo solo en casa, quien se vino conmigo a oír misa a Ruiseñada.
Se le pregunta si después que supo la desgracia sucedida a su ama cuándo o en qué tiempo lo supo, por quién y si pasó por dicho barrio de Canales y con quién. Responde que mandada por su nueva ama a la villa de Cabezón en busca de bizcochos pasó de mañana por el barrio de Canales, donde se informó de la desgracia de su ama, a la que no le dejaron ver, y prosiguió su camino. Pregúntasela dónde durmió y con quién la noche del lance y que madrugó para la villa de Cabezón y responde que durmió sola en la casa de su ama porque ésta estuvo aquella noche velando a un sobrino enfermo en otro barrio. Se le pregunta si además de las veces que tiene declaradas pasó por Canales y entró en casa de su ama, lo hizo alguna otra vez, sola o acompañada, buscando o no alguna cosa y en qué parte entró o registró, y responde no hace memoria. Se la pregunta si la casa de sus amos de Canales al lado de atrás o a otra parte tiene huerta o huertos de frutas o legumbres y si en ellos en su tiempo hubo claveles u otras flores, y responde que no conoció en las huertas ni huertos de sus amos claveles ni rosas. Se la repregunta cómo si no hubo en su tiempo rosas en el huerto de sus amos dijo a unas compañeras que posasen la harina ínterin iba por ellas. Responde que no entró en el huerto de su amo sino en el inmediato de Manuel, hermano de mi amo, por berzas de que necesitaba, y para disfrazar este hurto dije a una chica del pueblo entraba por flores. Y se le repregunta si de hecho sacó berzas, las repartió o las llevó para su casa de Ruiseñada a la vista o encubiertas. Y responde que las sacó y partió con una de las compañeras y las vieron las otras. Se la pregunta quién era o cómo se llamaba la chica a quien dijo entraba por flores, quién era y cómo se llamaba con quien partió dichas berzas y las que las vieron, y responde la parece llamarse la dicha chica Antonia Martínez y Luisa López la con quien partí, y las que la vieron Antonia López, Ignacia Sánchez y Agustina López, naturales de Ruiseñada, barrio de La Molina. Se la repregunta qué tiempo le parece se ocuparía en esta determinación y entrada del huerto, y responde que ignora lo que pudo tardar.
Se la pregunta si tiene o ha tenido alguna noticia del último viaje de su amo para la ciudad de Sevilla, si fue solo o acompañado desde casa a dicha ciudad, si se detuvo en espera de camaradas o con otro pretexto, y responde haber oído que fue solo y hacer memoria de que con la ocasión de pasar desde Santa Gadea su lugar a la villa de Reinosa a buscar unas cartas y otras diligencias, parando a tomar posada en uno de sus mesones, se halló con su amo don Domingo García, la brindó a comer y cenar y durmió en dicho mesón, y al otro día me fui para mi casa sin que haga memoria fuese en el viaje de este año pasado o en otros antecedentes, pues en varias ocasiones he estado en dicha villa desde mi lugar. Se la repregunta si al comer y cenar fueron los dos solos y si brindó a algunos otros pasajeros y qué personas fueron y de dónde. Responde hacer memoria que comieron en compañía de su dicho amo una mujer y un chico que se dijeron ser de Cabezón de la Sal, sin que sepa su nombre ni apellido. Se la pregunta en qué cuadra durmió dicho su amo, ella y dicha mujer, como si en la misma pieza durmieron con otros y si hubo alguna novedad o ruido que ocasionase levantarse la que hospeda y alguna otra familia. Responde haber dormido en dicha pieza dicho amo y otros dos o tres forasteros y que el uno de ellos se levantó e hizo ruido y ocasionó la entrada de la que hospeda, la que me halló acostada en el suelo en la mima pieza.
Por ser la hora de las cinco de la tarde de este día, se suspende hasta mañana veintidós del que rige, en Comillas, enero, veintiuno, de mil ochocientos. Doy fe. Pedro Antonio de Cos y Palazuelos.
En esta real cárcel, a veintidós del que rige, prosiguiendo la confesión de Manuela López, fue sacada al efecto de la pieza de su prisión, y preguntada sobre si tuvo con su ama, vecinos u otras personas del pueblo o fuera de él, en el pueblo o en otras partes, algunas palabras, quimeras [=reyertas], disensiones o desafíos, responde que sólo hace memoria haber tenido con su ama aquellas regulares desazones comunes y triviales entre amos y criados, y que éstas dieron motivo a decirla alguna otra vez que se acordaría de esta declarante, pero en el concepto de ser la buena criada laboriosa y cuidadosa, y persuadida sin jactancia no hallaría otra criada de mejor servicio, pero jamás por venganza ni propósito de hacerla daño alguno y siempre fue su valedora y defendió y disculpó en varias ocasiones habiendo muchos ruidos, como ofrece acreditar; y en cuanto a los demás particulares, aunque se la hayan ofrecido algunos, no hace memoria para individualizarlos. Se la replica cómo no hace memoria de haber tenido sus quimeras y riñas con otras varias personas, cuando resulta que en el molino tuvo discordia con Ana Sánchez, mujer de Manuel Gutiérrez, y la dio de golpes y la tiró sobre el poyo de la cocina y amenazó a otras que la quisieron defender, diciendo las echaría a la canal del molino. Y responde que es cierto el lance y como se pregunta, pero fue el motivo el que, habiendo llevado yo cibera [=porción de trigo] a dicho molino que administraba Antonia Sánchez, hallándome sola para moler y echado en el molino de la puerta por mejor, tuve noticias cómo vuelta a mi casa se me mudó mi grano a otra rueda, volví a cerciorarme, hallé ser cierta la noticia, reñimos y nos golpeamos mutuamente.
Se la replica cómo niega no hacer memoria de otros lances cuando en el monte y sitio nombrado Soto Mayor sacó una navaja, la clavó en el suelo y amenazó con ella a María del Carmen, vecina de Canales, diciéndola la había de sacar la lengua, y responde ser y haber sido muy amiga y particular afecta esta declarante de la dicha María del Carmen, y es cierto que en dicho sitio de Soto Mayor le dio ciertos consejos saludables y por su propio honor se resintió en vez de agradecer, nos agarramos y golpeamos, y niega haber sacado navaja, sólo sí decirla que si por la lengua había de dar que sentir a su marido, merecía cortarla con una navaja. Se la replica cómo sólo satisface a estos cargos cuando tuvo también riña con Vicente de Escalante, natural de San Vicente del Monte y pastor del Barrio de Canales, a quien también amenazó y acometió con su navaja y dijo le habría de abrir de arriba abajo, y de hecho le acometió con ella por dos veces en el sitio de Cornijada. Responde haberse hallado en el lugar de la Cornijada en compañía de otras varias personas en busca de leche de orden de su ama, y sentada esperando la ocasión se le allegó dicho Vicente y echó mano a sus pechos, por cuya deshonesta acción le amenazó con su navaja, que tenía en la mano cortando o enredando con un palito, sin que hubiese otra cosa.
Se la repregunta cómo dice que salió de casa de sus amos de consentimiento de ellos cuando resulta justificado fue requerido y amonestado su amo don Domingo García por los tres párrocos de aquel pueblo para que la despidiese del servicio de su casa y que sin embargo de las reconvenciones de éstos y palabras que les daba de hacerlo no se verificaba, y por lo mismo pasaron oficio al señor Alcalde que lo era a la sazón, quien dio orden lo efectuase, en cuyo caso se verificó la salida. Responde que es cierto el contenido de la pregunta, pero que en este tiempo ya estaba para salirse y dejar aquel servicio, en el que continuaba más por empeño de su ama que por su gusto.
Se la repregunta cómo dice que no hace memoria de que se le hubiese tomado la declaración indagatoria que se halla en el rollo de autos, folios veintiséis y veintisiete, en donde resulta habérsele nombrado por defensor a Manuel Cayuso, quien se halla aceptado y jurado y firmado de su puño y letra y como tal asistió haber la juramentura, y que para el efecto fue sacada de su prisión y puesta a la judicial presencia, en donde le fue tomada por ante el presente escribano y se halla firmada y autorizada en debida forma, y así mismo dice que si la hizo da a entender que no estaba en disposición de hacerla, cuando se hallaba en su cabal entendimiento en aquel entonces. Confiesa lo confesado y niega lo negado.
Se le repregunta cómo dice sacó berzas de los huertos cuando iba a coger flores respecto a que se halla justificado no trajo rosas sino berzas cuando ningún testigo hace mención de ellas ni de haberlas repartido con otra compañera ni visto las demás. Confiesa lo confesado y niega lo negado. Se la repregunta cómo dice que no sabe si fue en este último viaje que hizo su amo a la Andalucía en el año pasado de noventa y nueve o el que había hecho en el anterior antes de éste, que se halló esta confesante según declara en compañía de él en el mesón de Reinosa, cuando se halla justificado se hallaron juntos en uno de los días del mes de abril de dicho año de noventa y nueve y responde que confiesa lo confesado y que niega lo negado.
Así mismo se le repregunta cómo dice que pasando a su lugar de Santa Gadea para Reinosa en busca de unas cartas llegó a un mesón a pedir posada y que encontró en él a su amo don Domingo, cuando resulta justificado que como a las tres de la tarde poco más o menos entró en dicho mesón en compañía de dicho su amo, e inmediatamente sacando éste carne de una fiambrera se pusieron a comer, y fueron brindadas por el dicho don Domingo la Terana y su hija, vecinas de Cabezón. Y responde que lo cierto es haber hallado a su amo en el mesón y que salieron juntos a la plaza en busca de pan y volvimos a comer, y dicho mi amo brindó a dicha Terana y a un muchacho o muchacha, pero me parece que era muchacho. Y se le repregunta quién la mandó desde Santa Gadea a Reinosa, y responde que iba a sus diligencias y al paso la encargó don Pedro Lucio de Villegas viera si tenía cartas en el correo y se las llevara a su lugar de Santa Gadea. Se la repregunta si hizo viaje a su casa de Santa Gadea desde la ciudad de Santander, o de Ruiseñada o Canales y con qué compañía, y responde que la parece hizo ese viaje desde la ciudad de Santander, en compañía de una hermana sin otra compañía conocida. Se la repregunta con qué ocasión estuvo dicha hermana en la ciudad de Santander, cómo se llama y qué edad tiene, y responde que se llama María, que es de mayor edad, pero que ignora si fue la última vez que estuvo en Santander la declarante, sólo sabe que fue el último viaje que hizo a su lugar.
Se la repregunta cómo dice que no sacó navaja contra María del Carmen cuando resulta justificado haber descalzado las abarcas, y le dijo pues ahora verás, la cogió y echó en el suelo y sacó una navaja y abierta la amenazó con ella diciéndola que si no miraba a Dios con aquella navaja la había de cortar la lengua, y habiéndose desagarrado de ella la fue siguiendo una porción de camino, y le arrojó un palo a las piernas. Confiesa lo confesado y niega lo negado. Se la repregunta cómo dice no pasó otra cosa con el pastor Vicente, cuando resulta declarado haberle dado un pescozón tirándole en el suelo, y que de segundas le acometió con su navaja en la mano. Responde no haber pasado otra cosa más de lo que tiene declarado. Y se la repregunta cómo deja dicho no haber tenido con su ama más disgustos que los regulares cuando resulta justificado que al dejar aquel servicio o al día antes dijo a su ama: ahora que me voy yo quedará vuesa merced contenta, que me ha quitado vuesa merced el crédito y a su marido el honor; tratándola mal de palabras, y últimamente la amenazó diciendo le aseguraba ante Dios que se había de acordar de ella. Y responde que no hace memoria de haber dicho semejantes expresiones a su ama.
Mediante ser la hora de las cinco de la tarde, se suspende hasta mañana veintitrés del que rige en Comillas, enero, veintidós, de mil ochocientos. Doy fe. Pedro Antonio de Cos y Palazuelos.
En la citada cárcel, a veintitrés días de enero del año del sello, prosiguiendo la confesión de Manuela López, que para el efecto se volvió a sacar de su prisión, y presentada en esta sala capitular a la judicial presencia, se la pregunta en los tiempos en que su amo don Domingo García estaba en este país y su casa de Canales qué familiaridades afectas y cariñosas usaba con esta declarante y ella con él, y si esta reciprocidad era a presencia de su ama y mujer o a oscuras; se la requiere diga la verdad. Y responde que jamás ella dio motivo a que su amo ni ama la tratasen con aspereza. Se la repregunta cómo quiere negar una demasiada familiaridad entre su amo y ella cuando resulta que dicho su amo la llevaba en su compañía a ferias y romerías y otras partes, dejando a su mujer en casa, comía con él a su mesa y la mujer en la cocina, no permitiéndola ésta le guisase la comida, y mandándola al monte y campo a ejercicios propios para cuyo desempeño se admiten al servicio los criados en las aldeas y casas de labor. Y responde que es cierto que iba a romerías y ferias a estar con la ocasión de conducir ganados en venta, otra en los comprados, y a aquéllas a la diversión de que su ama no gustaba, no obstante haber ido en mi compañía a algunas; y en cuanto a disponerle la comida, dice que conforme se ofrecía, muchas veces porque lo manda su ama y otras porque decía su amo que no se lo sazonaba a su gusto, y en cuanto a comer separados, hace memoria ofrecerse varias veces por gusto o disgusto de su misma ama, que a veces se la antojaba comer borana y sardina. Y se le repregunta cómo no confiesa familiaridad particular, cuando resulta que sólo esta declarante le peinaba y hacía la cama, sin permitir lo hiciese su mujer y ama. Y responde que le hacía la cama y le peinaba porque su mujer no le daba gusto en hacerla, pero también la dicha era gustosa de que se la hiciera la Manuela su criada. Se la repregunta si a dichas ferias y romerías que dice acompañó a su amo iba en su ida o vuelta a caballo sola o en compañía y en las ancas del caballo de su amo. Y responde hacer sólo memoria de que de una romería en el valle de Cabuérniga por hallarse esta declarante indispuesta, y de otra de Cóbreces la trajo a las ancas de su caballo.
Se la pregunta si en los ocho años que dice estuvo en el servicio de sus amos vio y reconoció igual cariño o aspereza en el trato que su amo daba a su mujer, y si antes de su servicio tiene igual noticia de haberla tratado y tratarla con amenazas, mostrándole cuchillos u otras armas [para] castigarla y ultrajarla con crueldad, sin permitirle calentarse a la lumbre en tiempos fríos. Responde que jamás en sus disensiones estando esta declarante presente, le vio sacar navaja, cuchillo ni otra arma; tuvo noticias que antes de su servicio hubo en este matrimonio sus reyertas, sin que pueda decir fuesen más graves que las que presenció en dicho servicio, a excepción de las de este último viaje, que le parece fueron mayores, y en cuanto a calentarse, dice que unas veces se retiraba el ama por su antojo, y otras que por sus barajas [=disputas] la pegaba algún torniscón [=pellizco] y se apartaba del fuego. Y se la pregunta si presenció en este viaje u otros del tiempo del servicio entre las disensiones que cita y torniscón que declara algunas otras en que dicho su amo maltratase a su mujer siendo esta declarante la causa o dio motivo. Y responde que no hace memoria. Se la repregunta cómo no hace memoria si resulta justificado que en el sitio que llaman el Acebal por cuentos de esta declarante su criada dio dicho Domingo a su mujer una taringa [=paliza]. Y responde que no se halló presente en tal lance ni hace memoria.
Se le pregunta si es cierto que después de haber salido de casa de su ama doña Antonia Isabel Sánchez, le dijo a ésta “cómo mandaste a tu marido desabrido, ahora estarás contenta; él en Sevilla y yo en Ruiseñada, buena cama vos va mullendo; acordaos, acordaos habéis de mí”; y responde que después de haber salido su marido de casa para la Andalucía, pasó la declarante a casa de su ama a cardar un poco de lana y le dijo: “cómo se fue su marido de casa sin la compañía”, a lo que la respondió: “yo no lo sé”; y entonces le dijo la que declara: “poca razón habéis tenido, no tenéis fundamento para saber llevar los genios”. Se le repregunta cómo niega la verdad de este pasaje y amenaza cuando resulta justificado. Confiesa lo confesado y niega lo negado.
Se la pregunta si es cierto que tres días antes que saliese de casa de dicha su ama doña Antonia, después de varios ultrajes con que la trató, le dijo estas palabras: “Perra, tú has quitado el honor a mí y a tu marido, pero te aseguro te has de acordar de mí”. Responde que niega el cargo. Se le repregunta cómo dice que niega el cargo cuando resulta justificado, y responde que confiesa lo confesado y niega lo negado.
Se la pregunta si además de algunas ligeras desazones que deja confesado haber sucedido entre ama y criada, tuvo algunos otros a presencia del amo sobre darla o no darla algún lienzo para enaguas y camisa. Y responde se la debía por su ajuste de aquel año una falda y camisa, y por cuanto tener lienzo en casa conveniente y querer esta declarante se le cortase de lo de casa y el ama pretendérselo comprar de la tienda, hubo sus disputas, y por último se lo dio la dicha su ama. Se la repregunta cómo dice se la dio o cortó su ama cuando resulta justificado que entre su amo y ella la cortaron de la tela, y responde que su ama fue quien se la dio y cortó.
Y se suspende por ahora y habiéndose leído a presencia de su curador se afirmó y ratificó, no lo firmó porque dice no saber; lo firmó dicho don Fernando Caviedes su curador. Con su merced en esta real cárcel, hoy veintidós de enero del presente año de mil ochocientos de que yo, el escribano, doy fe. Ante mí, Pedro Antonio de Cos y Palazuelos. (Leg. 91, doc. 1, fs. 144-153)

BIBLIOGRAFÍA

Documentación original

Expediente judicial instruido contra Manuela López y Domingo García. 1799. Archivo Histórico Provincial de Cantabria, legajos 91 (docs. 1 y 18) y 92 (docs. 1, 3, 10 y 14), sección de Alfoz de Lloredo.

Monografías y artículos

Foucault, M. (2000) [1975]: Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI de España.

Foucault, M. (1983) [1973]: Yo, Pierre Rivière habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano...: un caso de parricidio del siglo XIX. Barcelona: Tusquets.

Ginzburg, C. (1986) [1976]: El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Barcelona: Muchnik.

Mantecón, T. (1997): La muerte de Antonia Isabel Sánchez. Tiranía y escándalo en una sociedad rural del norte español en el Antiguo Régimen. Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos.

Mantecón, T. (1996): “Desviación y disciplina social e intervenciones judiciales en el Antiguo Régimen”. En Studia Historica, XIV, pp. 93-107.

Maruri, R. (2003): “Una estrategia tradicionalista de la memoria. Historia y ficción en Amós de Escalante”. En Suárez, M. (Ed.): En el centenario de Amós de Escalante. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo - Caja Cantabria - Gobierno de Cantabria, pp. 83-112.

[1] Según declaración del facultativo Ángel Ruiz García en su reconocimiento de los reos.
[2] Para la consideración de la prisión como método de sometimiento de las conciencias, frente a la tortura física como vía más limitada de sometimiento únicamente de los cuerpos, véase el clásico de Foucault: Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1975). Dice Foucault al respecto: “El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que reemplazaba a los patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social. A los que roban se les encarcela; a los que violan se les encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media?” (p. 237). En su monografía de 1997 sobre este mismo expediente criminal objeto de nuestro trabajo (La muerte de Antonia Isabel Sánchez. Tiranía y escándalo en una sociedad rural del norte español en el Antiguo Régimen) y también en algún otro trabajo suyo (“Desviación y disciplina social e intervenciones judiciales en el Antiguo Régimen”, 1996) manifiesta Tomás Mantecón su desacuerdo con el esquema foucaultiano para la Cantabria preindustrial. Sin embargo, las razones que él aduce (sobre todo, el hecho de que la justicia interviniera en contadas ocasiones en la resolución de conflictos, así como la consecución de cuerpos dóciles) no son del todo ajustadas. En primer lugar, hay que tener en cuenta que Foucault propone su argumentación desde un punto de vista de la teoría de la criminalidad, esbozada básicamente por criminalistas y filósofos del siglo XVIII en adelante, y aplicable principalmente a un modelo europeo muy concreto: el industrial urbano del XIX. Foucault no habla tanto de la intervención de la justicia per se (de hecho, desarrolla también con amplitud la función represora de los programas educativos) como de las propuestas de algunos ensayistas para resolver modelos y problemas carcelarios (el panóptico de Jeremy Bentham es un paradigma notable, que como idea abstracta funciona perfectamente aplicado a todo tipo de comunidades, incluso fuera del ámbito presidiario), así como la consecución de ‘espíritus’ (no cuerpos) dóciles.
[3] Por ejemplo, declara Josefa Martínez que “en cierta ocasión en que le vio la cara golpeada, con un trapo por la cabeza y una mano también envuelta, Antonia Isabel le dijo que le había saltado una astilla cortando leña”, a pesar de que había visto cómo su marido la arrastraba por el suelo, a lo que Antonia Isabel manifestó que “esto no fue así, sino como que la llevara a diferenciar alguna cosa” (Leg. 92, doc. 10). Las menciones a azotes con correas, palizas, amenazas con arma blanca, amén de desprecios, insultos, etc. proliferan por todo el expediente criminal.
[4] Un dato que puede resultar significativo es que, entre las amonestaciones que hicieron los curas párrocos a Domingo García, una de las principales fue reconvenirle “por no dormir” con su mujer (Leg. 91, doc. 1), y otra insistir, como se ha dicho, en la necesidad de expulsión de la criada por el escándalo sexual público que se estaba produciendo. Los malos tratos dentro de la sagrada institución matrimonial, en cambio, eran entendidos como una potestad no deseable pero sí posible de asumir por la persona del marido.
[5] En alusión a este aspecto, veladamente declara una testigo que “la última noche que Manuela durmió en la casa, antes de partir para Santander acompañada de su amo, llenó a su ama de vergüenza” (Leg. 91, doc. 1).
[6] Con respecto a las capacidades de Antonia Isabel, su propio hijo llega incluso más lejos en sus declaraciones al afirmar que “no había que hacer caso de su madre, que era una loca” (leg. 92, doc. 1).
[7] Dejando a un lado la asunción de las tareas de la criada por parte del ama, parece que en los últimos tiempos, inmediatamente precedentes a la salida de Manuela de la casa, la sirvienta llegó a una extraordinaria violencia verbal hacia su señora (calificándola con términos como ‘perra’ y otros similares). Las relaciones afectivas entre amo y criada eran tan evidentes y cotidianas a esas alturas, que era Manuela quien peinaba y hacía la cama a Domingo García –sólo a él. Tan obvia era la inversión de papeles, que el escribano Pedro Antonio de Cos llega a manifestar que “se colige que [Domingo García] trató a la mujer de criada y a la criada de mujer” (Leg. 91, doc. 1).
[8] En efecto, recién detenida, a los seis días de la aparición del cadáver de Antonia Isabel, se le practicó a Manuela López una primera declaración, que resultó breve y con circunstancias que podían obrar (y de hecho obraron) en su contra. Seis meses más tarde, ante los catastróficos resultados, Manuela cambia de abogado, niega la validez de la primera declaración alegando indisposición y efectúa una segunda que contradice en varios aspectos la primera y que, a pesar de estar bastante más meditada, deja aún algunos cabos sueltos o sin explicación satisfactoria, entre ellos, los más incriminatorios: la entrada de Manuela en la casa de sus amos la víspera del crimen por el mismo huerto por el que el criminal accedió a la vivienda o la compañía del amo en algunos de sus viajes posteriores al abandono del servicio en casa de los García-Sánchez. Estos errores caben justificarse por su culpabilidad, pero también por su analfabetismo integral, de donde cabe inferir una torpeza de razonamiento lógico (Manuela en esto es paradigma de la mujer rural de los siglos XVIII y XIX): la criada no sabe su edad a ciencia cierta (declara tener “diecinueve o veinte años más o menos” (Leg. 91, doc. 1)) y por supuesto no puede firmar ninguna de sus declaraciones por no saber leer ni escribir.
[9] La percepción del entorno que hubo de tener Manuela López (mujer, sirvienta a los doce, eludiendo violaciones a los quince, amancebada a los mismos, asesina a los diecinueve) sin duda fue la de muchos hombres y mujeres de dura existencia en el Antiguo Régimen: una vida mísera y violenta en que sólo la riqueza o la brutalidad podían suponer una excepción, un escape al difícil destino común. Así lo describe Ramón Maruri (2003): “En la arcádica Montaña [...] habitaba la naturaleza adversa, el hidalgo altanero, el campesino en precario, el aparcero endeudado, el jornalero sometido, el mendigo lacerado, el emigrante sin vocación y el conflicto” (p. 110).
[10] En cierto modo, pueden mencionarse como antecedentes inmediatos el ya citado Vigilar y castigar de Foucault en su primera parte (en el capítulo “Suplicio”) y sobre todo del mismo autor el anterior Yo, Pierre Rivière habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano... (1973), en los que se practica un enfoque microhistórico en la exposición.
[11] La transcripción se ha realizado literalmente pero con grafía actualizada, para facilitar la lectura. Algunas especificaciones para clarificar el sentido del texto se insertan entre corchetes.

EL MALEFICIO DEL TELAR. Poderes alternativos de la mujer en la Grecia Antigua


En las páginas que siguen se intentará no tanto dibujar un perfil de la consideración de la mujer en la Antigüedad a todos los niveles –consideración que, como es bien sabido, era por lo habitual bastante escasa– como poner de manifiesto la capacidad de reacción de las mujeres ante esa particular consideración. Tal propósito pasa inevitablemente por la presentación de algunos de los factores integrantes de la dinámica relacional entre hombres y mujeres en la Antigüedad; dialéctica ésta transmitida hasta nosotros mediante la acción de dos instrumentos que, convenientemente manejados por el hombre antiguo, han resultado de indiscutible eficacia: la escritura y la imagen[1].
Ciñéndonos al ámbito griego por no ensanchar desmedidamente nuestro objetivo, no es difícil remontarse a los inicios de la tradición misógina, que podemos afirmar que coinciden con los inicios de la propia civilización griega. Ya en el siglo VIII, Hesíodo imputó la dispersión de los vicios por la Tierra a la creación de Pandora, la primera mujer, abominable poseedora de innúmeros defectos[2]. Pandora fue creada como castigo, para penar en los hombres el haber recibido el fuego de manos de Prometeo. En este sentido, nos resultan particularmente interesantes dos aspectos: por una parte, esa concepción de Pandora como castigo, es decir, como algo intrínsecamente nocivo; por otra parte, la maligna ironía que encierra el nombre mismo de esta mujer, que si natalicia y etimológicamente es “toda dones”, ofrece en pago todos los males que desperdiga por el mundo. Pero a Pandora habremos de volver más adelante. Continuador de las tendencias antifemeninas en literatura será en el siglo VII Semónides de Amorgos. Semónides imprime un tono sentencioso y pesimista a sus elegías que está muy en línea con el sentir de Hesíodo y con la propia conciencia del momento en que vive. Su más famoso poema, no obstante, es el yambo que se conoce como Catálogo de las Mujeres, compuesto de 115 versos que, en forma de fábula[3], van estableciendo la comparación entre algunas especies animales y determinados tipos femeninos, bien alejados de la cortesana refinada propia de la épica heroica; así, se pasa revista a la cerda, la zorra, la perra, la burra, la comadreja, la yegua, la mona y la abeja. La conclusión es que sólo la mujer semejante a la abeja es compañera recomendable para el hombre. Este tipo se despacha en 11 versos, mientras que los 104 restantes se prodigan en contumelias de todo género, que acaban culminando en la afirmación de que "éste es el mayor mal que Zeus creó: las mujeres, y nos lo echó en torno como una argolla irrompible.”[4] En realidad, el origen de todos estos dicterios antifemeninos se ha querido ver en las fiestas populares griegas en que hombres y mujeres se obsequiaban mutuamente con pullas y escarnios[5]. La literatura que podemos entender como más formal, o culta, realizada básicamente por hombres, debió de recoger esta tradición, y en especial la perspectiva masculina del insulto. No es éste el momento de considerar estos antecedentes; lo cierto es que, en cualquiera de los casos, esta tradición dio lugar a una concepción profundamente arraigada, que se traslucirá en numerosos textos y que incluso impondrá su huella en la lengua. Tal vez en este sentido nos parece esencialmente significativo un pasaje del Arte Poética de Aristóteles, en que se dice: “... pues es posible que exista una mujer buena, e incluso un esclavo, aunque la mujer es un ser inferior y el esclavo es un ser completamente vil. [También] es posible que el carácter de una mujer sea valeroso, pero no es adecuado a una mujer ser tan valerosa e inteligente.”[6] Sobre la primera parte de este aserto es innecesario hacer comentarios, dada su evidente explicitud. Sin embargo, más interesante nos parece la alusión al valor (tan íntimamente relacionado con la virtud para el hombre antiguo), acepción para la que Aristóteles emplea el término andreía; el influjo de la misoginia en la lengua puede percibirse en la raíz de esta palabra, conectada de forma obvia con aner, es decir, ‘varón’ en griego. El latín perpetuará de forma idéntica el procedimiento, empleando uirtus como designación generalizada del valor-virtud a partir de uir, esto es, ‘varón’ en latín. De modo que hemos de admitir, con Aristóteles, que no es adecuado a una mujer ser valerosa, si bien no tanto por razones éticas como etimológicas.

Así las cosas, podemos plantearnos, en consonancia con lo anterior, qué es lo adecuado a la personalidad de la mujer, al menos desde el punto de vista del hombre antiguo. Su indiscutible apartamiento de las actividades públicas (id est, la guerra, la política) responde tanto a los caracteres peculiares de su sexo como a las labores que le ha tocado desempeñar en el reparto social de tareas efectuado por el hombre. El asunto no es baladí, y puede afectar incluso al empleo del tiempo libre. Javier del Hoyo lo ha señalado de una manera muy precisa: El otium, que es para el hombre el momento de su realización personal, para la mujer –por el contrario- supone un peligro. El trabajo está destinado a preservar la virtud del hogar. Todo trabajo supone una utilización del tiempo; la mujer (como el hombre, pensamos nosotros, pero no así el mundo romano) puede hacer buen o mal uso de él.[7] Por añadidura, las mujeres, siendo por naturaleza “malísimas”, según reconoce la Cleonice de Aristófanes, y siendo además como perros, tal como afirma Platón en la República (el más profemenino de sus diálogos)[8], deben mantenerse –o ser mantenidas- al margen de “lo importante”, lejos de los ámbitos en que el hombre, por su propia y elevada entidad, desarrolla la areté que le caracteriza: estos ámbitos son la Asamblea y el campo de batalla.

Confirmado, por tanto, que la mujer queda reducida a la esfera de lo privado, o de lo cotidiano, como certeramente precisa María de los Ángeles Durán[9], puede resultarnos sustancioso discernir qué tareas concretas son las que le corresponden dentro de este dominio. Entre ellas destaca una con especial relieve: el trabajo de la lana en sus múltiples modalidades (hilar, tejer, cardar...), trabajo éste que luego los romanos dejarán perfectamente definido con un solo término al efecto: lanificium[10]. Es en estas labores en las únicas que se reconoce cierta preeminencia de la mujer sobre el varón, según Sócrates y Glaucón aceptan en cierto pasaje platónico[11]. La mitología nos informa repetidamente sobre esta habilidad femenina: Atenea es la diosa del “telar de mil colores”[12]; el destino de la joven Aracne la hará víctima no solo de su hybris, sino también de su propia destreza en el tejer[13]; Pandora será ilustrada por aquella divinidad en esa misma arte, lo que constituye uno de sus múltiples adornos. La literatura es también pródiga en menciones de mujeres tejedoras (de las cuales quizá sea Penélope la más célebre), al tiempo que establece claramente los campos de actuación de hombres y mujeres. Así, Héctor en la Ilíada dice a Andrómaca: “ve a casa y ocúpate de tus labores, el telar y la rueca, y ordena a las sirvientas aplicarse a la faena. Del combate se cuidarán los hombres [...] y yo sobre todo.”[14] Esta división social de funciones se explicita y desarrolla ampliamente en la comedia aristofánica Lisístrata, donde las sublevadas mujeres de Grecia establecen una histriónica comparación entre los asuntos político-militares y el trabajo de la lana: “LISÍSTRATA. Igual que el hilo, cuando se nos ha enredado, lo cogemos así, y con los husos por un lado y por otro, lo traemos a su sitio, así también desenmarañaremos esta guerra, si es que nos dejan hacer [...]. COMISARIO. ¿Así que con lanas, hilos y husos, os creéis que vais a poner fin a unos asuntos tan terribles? ¡Qué necias! LISÍSTRATA. Sí, y también vosotros, si tuvierais una pizca de sentido común, según nuestras lanas gobernaríais todo. COMISARIO. ¿Cómo? A ver. LISÍSTRATA. Primero, a la ciudad, como al vellón de lana, después de haberle quitado la mugre lavándola en un baño, habría que ponerla sobre un lecho, apalearla para que eche a los sinvergüenzas y sacarle los abrojos; y a esos que se reúnen y se aglomeran junto a los cargos públicos, separarlos con el cardado y arrancarles la cabeza. Después habría que esponjar la buena voluntad común y echarla en un cestito, mezclando a todos, a los metecos, a los extranjeros que sean amigos nuestros, y a los que tengan deudas con el Estado [...], y las ciudades, todas las que son colonias de esta tierra, habría que tener una idea clara de que para nosotros son como los copos de lana que están cada uno por su lado; luego se cogen estos copos que forman cada una de ellas, se reúnen y se juntan en uno solo, y después se hace una gran bola y, con ella, se teje un vestido para la gente.”[15]

De todos modos, hay que notar que esta distinción de ocupaciones según el sexo conllevaba algo más que una mera distribución de funciones: el telar se asocia a una dedicación exclusiva a estos trabajos materiales, que únicamente requerían una intervención mecánica, al margen de la reflexión; en cambio, se suponía que las acciones del varón estaban revestidas de intelectualidad. En este sentido, Lisístrata se lamenta de que su discurso deba limitarse a las labores textiles: “Y luego preguntábamos: ‘Marido, ¿cómo es que actuáis de una manera tan disparatada?’. Y él me decía en seguida que si yo no me ponía a hilar, mi cabeza iba a gemir a gritos.”[16] De idéntico modo, y en un pasaje formalmente muy similar al que ya hemos citado de la Ilíada[17], se dirige Telémaco a su madre Penélope en los siguientes términos: “Conque marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio.”[18] Por su parte, Ifis, el padre de Evadne en Las Suplicantes de Eurípides, se permite una ligera ironía con su hija respecto a las posibilidades de su entendimiento: “IFIS. ¿Qué victoria vas a ganar? Quiero saberlo por tu boca. EVADNE. Sobre todas las mujeres a quienes contempla el sol. IFIS. ¿Con las labores de Atenea o por la sabiduría de tu mente?”[19]

Limitadas las mujeres, como se ha visto, a este oficio sumiso, alejadas del lógos monopolizado por el sector masculino, hubieron de recurrir a un desarrollo peculiar de esas habilidades que sí les estaban permitidas, y así adentrarse en el terreno de lo irracional y en el manejo de la astucia, esa ofensiva refinada que alguno ha definido como “el arma de los débiles”. De este modo, el oficio de tejer devendrá labor especialmente transcendente, de mecanismos cuyo conocimiento se reserva a las mujeres, una religión en que la trama y la urdimbre –en su más amplio sentido- son referente esencial de culto obligado para las adeptas. Y tramar y urdir serán las ocupaciones femeninas en cuya contemplación el hombre se deleitará, sin reflexionar sobre las posibles consecuencias. Hay que añadir que nuestras dóciles tejedoras no fundaron una religión sin dioses, y mucho menos parcial o imperfecta. En realidad, su espacio de desarrollo nos parece que se extiende hasta ocupar un triángulo muy bien delimitado entre el éros, el thánatos y la sophía. Tres recurrencias básicas en el horizonte griego, custodiadas por otras tres divinidades afectas al uso del telar y de la rueca: la dulce Afrodita que Safo llamó “tejedora de engaños”; la Moira, o más exactamente, las tres Moiras (Cloto, Láquesis y Átropos), que manipulaban sin cesar el hilo vital de los humanos; y Atenea, la más hábil tejedora, combatiente y sabia. Las devotas del telar y de su trío de divinidades siempre encontraron la debida protección: Penélope conservó su patrimonio a lo largo de veinte años gracias a la tela que iba tejiendo y destejiendo día a día[20]. Otras mujeres obtuvieron otros dones, como Helena, que rozó la perfección al siluetear en sus labores con suma fidelidad los sucesos en curso de la guerra troyana[21]; Aedón, asistida por la divinidad, logró desbancar con su celeridad y su destreza en el telar la supuesta habilidad de su esposo Politecno, convertido por ello en deficiente y humillado constructor de carros[22]; Electra reconocerá a Orestes, cuya llegada ansiaba, por una tela que ella misma regaló a su hermano años atrás[23]. Por último, particularmente ilustrativa nos parece también la, en este caso, más trágica experiencia tejedora de Filomela, la hija del rey ateniense Pandión. Violada por su cuñado Tereo y recluida a continuación en una cabaña en mitad del bosque durante un año, Filomela -que también ha perdido la lengua en el lance- logra comunicar a su hermana Procne su desgracia a través de un tapiz tejido en el transcurso de su solitario encierro; la tela y el desolado mensaje en ella bordado abrirán la puerta a la venganza subsiguiente, en cuya descripción Ovidio se complace[24].

En todos estos ejemplos, y también en otros muchos, la tela se erige en ofrenda e instrumento, hilo de comunicación con las diosas celebradas, al tiempo que objeto físico susceptible de mil interpretaciones. La tela, y la ropa que se confecciona con ella, constituye –ya lo dijo Roland Barthes[25]- una lengua en estado puro. Tan puro que precisa ser descodificada, descifrada. El varón no renunciará a proponer semánticas múltiples para este particular lenguaje, pero todas ellas pasan forzosamente por el territorio de la moral. En unos casos, el vestido otorga cierta espiritualidad a la impura entidad femenina: si el hombre es virtuoso en sí, la mujer ha de adquirir la virtud a través de la ropa; por ello mismo afirmó Tucídides que el nombre y el cuerpo de la mujer debían permanecer cubiertos. En idéntico sentido, y como testimonio indirecto del sentir de su tiempo, indicará Platón que, siempre en la pólis ideal, “las mujeres deberán desnudarse [igual que los hombres], ya que cubrirán su cuerpo con la virtud, en lugar de hacerlo con vestidos.”[26] No es de extrañar, en consecuencia, que Ricardo Olmos haya afirmado que las representaciones de mujeres desnudas que aparecen en la cerámica griega deben entenderse por fuerza como figuraciones de hetairas[27], pues parece que para el espíritu griego estaba bastante asumido, en palabras de Heródoto, que al desprenderse de sus ropas quedaba la mujer despojada de su pudor[28]. Será precisamente esta constatación la que haga incurrir en falta al rey lidio Candaules y a Giges, su favorito, tal como Heródoto describe en sus Historias: no es lícito para un hombre digno contemplar a su reina desprovista de su discreción, igual que tampoco lo es para su marido solicitar de otro hombre que presencie tal espectáculo. Por idéntico motivo quedó ciego Tiresias, luego ilustre adivino, al observar a Atenea desvestida, según versifica Calímaco[29]. Por último, y ya en un plano menos literario, no debemos olvidar que con idéntico significado operaba la ceremonia nupcial de la anakálypsis, por la que la novia era descubierta por el novio del velo que hasta ese momento, simbólicamente, había ocultado su pureza (ritual éste, por cierto, que sigue conservándose hoy día en los enlaces religiosos). Esta concepción del vestido cabe entenderse como producto directo de la tradición misógina a que hemos aludido anteriormente, como una reacción antitética que trata de establecer un prototipo muy concreto de mujer excepcional: frente a la mujer aborrecible de mil vicios, se erige la mujer casta, doméstica y domesticada, siempre tejiendo y siempre cubierta. La literatura y la epigrafía se hacen eco en repetidas ocasiones de este paradigma.

Ahora bien, el vestido no sólo cumple esta benéfica misión, como no podía ser de otra manera. Si se nos permite un silogismo fácil, parece lógico admitir que si las mujeres son malvadas y si éstas se ocupan preferentemente en el telar, entonces el producto del telar debe ser inicuo por necesidad. Así, sin duda, debió de entenderlo Hesíodo cuando nos describe los atributos de Pandora: su bello vestido blanco, confeccionado por Atenea, su velo nupcial, son en realidad engaños, artificios para llevar a la perdición al hombre incauto. De ahí en adelante, la mujer pasará a emplear las telas como arma, de maligna seducción según la concepción masculina, de mera defensa según la visión femenina. Para el entender del varón, la vestimenta femenina hubo de ocultar, incluso, tendencias sumamente reprobables. Ovidio, recogiendo en su Ars amandi la tradición circulante sobre Pasífae, increpa a la reina cretense en estos términos: “¿De qué te sirve, Pasífae, ponerte vestidos lujosos? Ese amante tuyo no hace caso de las riquezas. Da crédito, por el contrario, a tu espejo, que atestigua que no eres una ternera.”[30] La visión propiamente femenina, en cambio, más patente en autores como Aristófanes (quien nos presenta a unas mujeres más espontáneas, menos estereotipadas, aun con determinados límites), nos habla de unos usos del tejido ciertamente astutos pero no tan depravados: así, Lisístrata cifra la victoria de su peculiar guerra en “las tuniquillas azafranadas y las enaguas transparentes”; en la misma comedia, mujeres anónimas aducen el cuidado de las telas como excusa para eludir la continencia sexual impuesta a la fuerza por Lisístrata. Vemos, por tanto, que los fines del tejido transcienden ampliamente su estricta funcionalidad para adquirir una naturaleza bien distinta: de símbolo de la mujer hacendosa y púdica, la tela pasa a ser un instrumento maleable a voluntad en las manos femeninas. No otro origen puede rastrearse a los significados profundamente peyorativos que aún en nuestros días conservan términos como “tramar”, “urdir”, “tejemaneje”, etc. Además, de modo semejante a la mítica resolución del inexpugnable laberinto del rey Minos, que sólo pudo conquistarse por el hilo de un ovillo de mujer, así el tejido podrá ser la vía de escapar a la oscura reclusión del gineceo postulada y ensalzada por el varón.

Especialmente ilustrativos de esta peculiar concepción femenina de la tela nos parecen los ejemplos que se ofrecen en la Orestiada de Esquilo, trilogía donde la presencia de las labores del telar deviene nudo fundamental del argumento. Quizá convenga repasar sucintamente los avatares esenciales de este ciclo trágico. En Agamenón el marco de referencia es la guerra de Troya suscitada por Helena, hábil tejedora, por cierto, como ya se ha dicho. Es el décimo año del asedio, y Menelao y Agamenón, esposo y cuñado respectivamente de la bella Helena, se encuentran en Beocia retenidos por un viento desfavorable que acarrea hambre a la flota e impide la toma definitiva de la ciudad. Para aplacar el temporal, Agamenón decide sacrificar a su hija Ifigenia a los dioses, y la degüella. Conquistada Troya, Agamenón retorna a casa, donde le recibe su esposa Clitemnestra, quien en su ausencia ha aceptado a Egisto por amante y lo ha acogido en el palacio real. Airada por la muerte de Ifigenia, Clitemnestra asesina a Agamenón y también a Casandra, célebre princesa adivina que éste había tomado como esclava en el botín de Troya. En Las Coéforas, segunda obra de la trilogía, Electra y Orestes, hijos también de Agamenón y Clitemnestra, deciden vengar a su padre. Orestes se adentrará con engaño en el palacio y dará muerte a su madre y a Egisto, con lo que se atrae el furor de las Erinis, divinidades punitivas de los asesinatos perpetrados en el seno familiar. En Las Euménides, por fin, Orestes –impulsado por Apolo- solicita la protección de Atenea contra la persecución de las Erinis. Atenea concita un juicio entre las partes, del que Orestes sale libre y las Erinis se transforman en Euménides, divinidades protectoras de la ciudad de Atenas.

Ahora bien, una vez situados, merece la pena detenerse a examinar la forma en que tuvieron lugar todas las desgracias descritas, pues precisamente en los procedimientos radica uno de los puntos prioritarios de atención que suscita esta trilogía. En el Agamenón hay una escena clave que no sólo constituye el detonante de los acontecimientos posteriores, sino que también da pistas sobre la caracterización psicológica de los diferentes personajes; nos referimos a la escena de la recepción del rey Agamenón por su esposa Clitemnestra, quien se presenta acompañada de sirvientas que portan –según acotación de Esquilo- ricos vestidos y una hermosa alfombra de púrpura, suponemos que tejida por ella misma[31]. La suntuosidad de la alfombra se corresponde de forma natural con la excelencia de Clitemnestra en “tramar” y “urdir”; la perfección de su trenzado iguala el diseño sin falla del plan de la madre vengadora. Plenamente segura de lo impecable de su labor, Clitemnestra no resiste ceder a la ironía: “Ahora, mi esposo querido, desciende ya de este carro sin poner en el suelo tu pie, soberano destructor de Ilio. Esclavas, ¿por qué demoráis dar cumplimiento a la orden que se os ha dado de alfombrar el suelo por donde ha de pisar? ¡Que quede al momento el camino cubierto de púrpura para que Justicia lo lleve a una mansión inesperada!”[32] Muy a su pesar, y reticente (“no deja de darme miedo caminar sobre esa belleza bordada”)[33], Agamenón se dirige hacia el palacio hollando sobre la alfombra que amorosamente le ha dispuesto su mujer. Una vez dentro, el rey de Argos encontrará una muerte de todo punto paródica: el guerrero imbatido se verá inmerso en un campo de combate inusual, en el que el fragoroso estruendo de las ruedas de los carros deja su lugar al trajín de la lanzadera de su amante esposa; el final será sarcástico, vejatorio ver el propio cuerpo perecido no con honor y por tierra, sino entre suaves bordados y a los pies de una mujer, que además es la suya y dice: “Aquí estoy en pie, donde yo he herido, junto a lo que ya está realizado. Lo hice de modo –no voy a negarlo- que no pudiera evitar la muerte ni defenderse. Lo envolví en una red inextricable, como para peces: un suntuoso manto pérfido. Dos veces lo herí, y con dos gemidos dobló sus rodillas. Una vez caído, le di el tercer golpe, como ofrenda de gracias al Zeus subterráneo salvador de los muertos.”[34] Clitemnestra ha ejercido su oficio doméstico con la sutilidad de la araña, según parece oportuno deducir de la alusión coral al singular lecho de muerte del rey argivo[35]. La tela-trampa, bajo su forma inocente de primorosa labor, ha funcionado perfectamente en tanto instrumento puesto al servicio del calculado propósito femenino, entrelazando con habilidad los hilos de tres carretes bien dispares, pero que unidos componen una fórmula tan eficaz como decisiva: la venganza, la seducción y el poder; causa, medio y fin para una estrategia femenina-singular. Y es que en esta tierna historia, la venganza constituye el móvil inmediato: es la excusa argüida por la araña Clitemnestra para tejer y tender su red. Pero esta excusa, si nos damos cuenta, es ampliamente superada por el fin auténtico, que no es otro que el deseo de poder. Con el asesinato de Agamenón, Clitemnestra da satisfacción a Ifigenia sacrificada pero, sobre todo, logra afianzar la autoridad conquistada durante la larga ausencia del marido, pues como la propia ciudad reconoce, “es de justicia honrar a la esposa del soberano cuando está ausente del trono el varón.”[36]

Vemos, pues, que Clitemnestra en esto supone una versión depurada, actualizada, de Penélope, en tanto tejedora reciclada a tono con los nuevos tiempos: la discreta dama de la Edad Oscura, con su astucia serena, deja paso en el decurso de los siglos a una depredadora del hogar mucho más pragmática y, en consecuencia, activa. El impulso motor de todo este proceso se localiza en un arte cuyo dominio es clave: la seducción. Seducción que es empleada por la voz de Clitemnestra al apelar al orgullo guerrero del esposo e inducirlo a caminar sobre el tejido glorioso; seducción misma que emana de la riqueza de la propia alfombra maléfica, empujando al rey de Argos a contrariar su espíritu austero e incurrir en pecado de hybris por un efímero momento de vanidad. Y seducción hay también en el íntimo sentir de Clitemnestra: la seducción inevitable de la posibilidad de un poder absoluto ejercido sin restricciones. La conciencia de ese poder, una vez activados con éxito los debidos mecanismos, se despliega abiertamente en la escena de cierre, en que una Clitemnestra en pleno control de la situación (aun a pesar de la oposición general sintéticamente presente en el Coro) se adentra en el palacio acompañada de Egisto: “No tengas en cuenta esos estúpidos ladridos. Yo y tú, como dueños de este palacio, los pondremos en orden.”[37] No deja de ser peculiar el modo en que la reina parricida se dirige a su cómplice y amante: el orden socialmente convencional de los pronombres es alterado con intención por Clitemnestra, en un alarde obvio de jerarquía preeminente, indiscutible. La inversión de las personas del verbo encuentra su correlato en la idéntica inversión de los papeles ostentados por los nuevos mandatarios: la pérfida tejedora toma las riendas del reino con formas y lenguaje masculinos; el partenaire acólito, por el contrario, asume un rôle femenino, débil, indigno en suma, que le hará merecedor de acusaciones tan denigrantes, por parte del Coro, como la de ser un cobarde cobijado por una gallina[38].

A la vista de este marco de idílicas relaciones quepa, quizá, preguntarse dónde está el amor, o qué papel ejerce. En general, y al margen de la lírica, la literatura griega nos tiene acostumbrados –salvo escasísimas excepciones- a una ausencia de expresión del sentimiento amoroso, posiblemente por ser éste contrario al factor de sofrosyne que tanto encomiaba el espíritu helénico[39]; en esta concepción, en cambio, sí encontraba acogida el amor conyugal, que al fin y al cabo se presenta siempre como esencialmente institucional y con un gran componente de abnegación por la parte femenina: ¡luego no es “amor”! En el caso del amor que pasa por la carne, al menos en un nivel teórico, se recurre siempre por necesidad a la violencia; para la mujer, esta faceta es invariablemente castrante, dañina o humillante (Casandra, Aretusa, Dafne, Filomela... son claros exponentes)[40], en tanto que el hombre suele aparecer en su faceta más oscura de violador o incluso homicida (Politecno, Tereo, Áyax, Apolo, Zeus...). Este mosaico configura una civilización casi inmutable, ajena a la sentimentalidad, con cuya visión podemos estar más o menos acordes, pero que es la que, como se ha dicho, transmite la tragedia. Como particularmente interesante se perfila la relación que nos parece detectar en la mujer antigua entre la afición a tejer y los afectos personales, ocupaciones que en principio se excluyen entre sí. En Penélope, las labores del telar constituyen la muestra evidente del rechazo hacia el varón. Safo da ejemplo de la circunstancia inversa, valiéndose de los labios de una muchacha que hace confidencias a su madre: Dulce madre mía, no puedo ya tejer mi tela, consumida de amor por un joven, vencida por la suave Afrodita.[41] Puesto que tejer y amar son incompatibles, no es de extrañar entonces que los “amores” de Clitemnestra –si así procede llamarlos– sean tan singulares, dada la peligrosa tendencia de esta fémina hacia el telar. El matrimonio de la reina de Argos no constituye precisamente un modelo de abnegación, sino que más bien existe una tensión no siempre contenida entre los cónyuges y, sobre todo, una subversión del componente femenino, que se permite cuestionar y derrotar dialécticamente al esposo[42]. En lo que respecta a la relación con el amante, no se percibe en ningún caso sumisión ni frustración; Clitemnestra se muestra en todo momento displicente, y desde luego no vencida por las presuntas dependencias de su carne: imaginamos que Egisto, en el palacio real, es un objeto más entre el surtido ajuar de esta reina transgresora de su sexo.

Se observa, en consecuencia, que Clitemnestra transita desde la masculinidad a la feminidad a su entera conveniencia. Si su resolución e inflexibilidad, por un lado, pueden parecer viriles, su esencia femenina, en cambio, se trasluce en sus métodos, en su comportamiento: donde un hombre hubiera recurrido a la fuerza física sin tapujos, Clitemnestra prefiere acogerse, con óptimos resultados, al engaño y la fascinación. Cuando reconoce que la muerte de Agamenón sólo podía realizarse “por medio de una mujer”[43], el propio Egisto está aludiendo a la efectividad de unas armas singulares, y a una firmeza mayor que la del hierro: la firmeza de la trama y la urdimbre, en hilo y verbo, del plan de Clitemnestra, aventajada tejedora no sólo de alfombras, sino también de palabras. Ya que, en verdad, la reina argiva hace gala de un código muy personal de comunicación, no transparente, transido de signos, imágenes y laberintos, para el que se hace ineludible una exégesis[44]. Esta compleja elaboración es en todo similar al proceso de ejecución de un tejido, tal como se encarga de resaltar repetidamente Esquilo a lo largo de la trilogía con una cuidada selección de términos al efecto[45]: el resultado no es sino una tupida red fraguada en el telar preciso de la inteligencia.

Al igual que en lo social, la negación a la mujer del acceso a una intelectualidad sin trabas la confina por fuerza a ocuparse en las que podríamos llamar “labores domésticas del espíritu”[46]: las mujeres, así, se ven empujadas a ser tejedoras en cuerpo y en alma y a tiempo completo. El producto de esta dedicación está llamado a la artificiosidad y a una cierta calidad mistérica: mientras el lógos masculino es tangible y compartido, y se expande sin problemas por el ágora, el gimnasio, el simposio o la Asamblea, al calor de un Sol ostentoso y varonil, el discurso femenino es obligadamente sutil, lábil, incubado en la soledad del gineceo intelectual, alumbrado sólo por la tenue luz de la Luna-mujer. Esta forma de discurso será designada en repetidas ocasiones por los griegos con el término ainígma, frente a la meridiana claridad del discurso espontáneo del varón. El enigma femíneo, es obvio, no sólo hace su aparición explícita en multitud de tragedias, sino que es desencadenante frecuente de los hechos en litigio. Esta particular disposición del lenguaje femenino, como si de un inescrutable entramado se tratase, le ha hecho acreedor de esa vinculación con el tejer y el tejido que ya se ha mencionado. Quizá por ello no sea casual que la cortesana Aspasia, poseedora –según sabemos– de un lógos esencialmente masculino[47], se mostrase desnuda en sus reuniones culturales: al margen ya del carácter liberal de la milesia, es probable que a la limpieza varonil de su discurso debiera corresponder la realización –avant la lettre- del ideal platónico republicano, con el consecuente rechazo de toda la carga connotativa contenida en el vestido; por lo mismo, puede tal vez explicarse la marcada tendencia del hombre a exhibir su cuerpo descubierto en la medida de lo posible: las ropas constituyen la innatural ocultación de la virtud auténtica.

En el contexto de la divinidad, estas concepciones también se encuentran sobradamente representadas. Si retornamos a la trilogía de Esquilo en que hemos venido ocupándonos, y en concreto a Las Euménides, podemos detectar una curiosa antítesis entre los discursos de las Erinis y Atenea. Las Erinis, responsables en última instancia de la cruenta hacendosidad de Clitemnestra[48], y en tanto tejedoras maléficas, en consecuencia, hacen gala de un discurso oscuro y enrededado[49], según veladamente sugiere Atenea: “CORIFEO (Erinis). Pronto sabrás la dignidad de nuestras funciones. ATENEA. Puedo saberla, si alguna lo dice con claro discurso.”[50] En una aparición posterior, Atenea –tejedora ortodoxa- dará la clave del funcionamiento del lenguaje entre los dioses, que también acusa la debida diferenciación por sexos: a las redes arteras de la palabra femenina se oponen el juicio y autenticidad del lógos varonil, encarnado en la supremacía intelectual de Zeus; la propia Atenea, aun gozando de una excepcional capacidad de pronunciar discursos claros (sin duda a causa de su origen)[51], se felicita de su exitosa intervención: “... yo resplandezco de alegría y amo los ojos de Persuasión, que vigiló mi boca y mi lengua frente a estas deidades que rehusaban de modo salvaje. Mas ha triunfado Zeus, el protector del diálogo en las asambleas”.[52]

Pero el carácter enigmático de la palabra femenina obtiene quizá su máximo rendimiento en el caso de las profetisas, como muy bien se ha encargado de resaltar Ana Iriarte[53]. A este efecto, puede resultar de sumo interés fijarse en la figura de Casandra, la adivina capturada por Agamenón a la caída de Troya. Como es sabido, la princesa troyana fue condenada por Apolo a que sus predicciones no gozaran de credibilidad alguna; la razón de este castigo tiene origen en la artimaña misma urdida por Casandra: deseosa de obtener el privilegio de la adivinación, la princesa, requerida por Apolo, promete en falso entregarse al dios en pago por este don; tentado por el seductor discurso de Casandra, Apolo consiente y cumple su parte; Casandra, sin embargo, al retractarse, quedará presa en su propia tela-trampa, ya que el dios, enfurecido, la somete a un designio insospechado (pues así se las gastaban los dioses del Olimpo): a ningún humano en adelante le serán verosímiles sus vaticinios, lo cual determinará para Casandra una existencia tan irreal –casi prestada– como desdichada, que conllevará incluso la ruina de su ciudad. Este carácter fatal –su insoslayable Moira, en definitiva- la sumirá entre esa galería de personajes irredentos de sí mismos que la posteridad se encarga de hacer pasto de escritores y filósofos[54]. Pero volvamos a la obra. Aquí nos encontramos ante un caso peculiar: a lo críptico del lenguaje de Casandra por causa de su sexo y de su oficio, se suma la oscuridad que mana de la incredulidad ajena. Es decir, el discurso de la troyana es triplemente enigmático, por ser mujer, por ser tejedora (como la Pitia) de predicciones bajo el signo de Apolo, y por lanzar al aire palabras que nadie entiende al no suscitar la debida atención. Esta conjunción de enigmas aporta demasiada oscuridad: una oscuridad ciertamente insondable, que llevará a la inexperta que fracasó en la ejecución de su primera tela hasta la red de una tejedora de enigmas mucho más aventajada. Así se desprende de las palabras del coro: “CORIFEO (A Casandra). Acaba de decirte [Clitemnestra] unas razones claras, y puesto que has sido atrapada en el interior de redes fatales, tú podrías obedecer si te dejaras persuadir.”[55] La astucia que impregna la palabra de Clitemnestra está plena de arcanos que, como tales, escapan al entendimiento del coro de hombres, pero que son interpretados con facilidad por Casandra: “CLITEMNESTRA. [...] pues en el centro del hogar ya están las ovejas para ser degolladas y puestas al fuego del sacrificio [...]. Así que si tú vas a tomar parte en ello, no lo demores. CORIFEO. Tengo la impresión de que la extranjera necesita un intérprete que se lo explique con claridad [...]. CASANDRA. ¡Ay de mí! ¡Dioses! ¡Horror! ¡Oh Apolo, Apolo! [...] a mí sólo me espera que me rajen con una espada de doble filo.”[56] Ante la inminencia de su sacrificio, Casandra se rebela y se despoja de sus vestiduras de profetisa y del velo que suponen sus crípticas palabras[57]. Sólo a partir de ese momento, cuando deja atrás simbólicamente estas dos muestras de enigmática feminidad, será la princesa aceptada en el contexto masculino de la obra: de esclava extranjera de “mente delirante” y “canto desprovisto de melodía” pasa a ser calificada como “mujer sabia” y “valiente”, capaz de morir “con buena fama”.

En cualquier caso, no deja de parecernos abiertamente evocadora cierta coincidencia formal que detectamos en la historia de Casandra si la ponemos en relación con la de Filomela ya descrita páginas atrás: nos referimos a la identificación de estas heroínas con pájaros, o con sus cualidades, de modo más específico (aunque en la segunda de ellas se produzca, incluso, la transformación corporal, física, en ave). Si Casandra es “igual que el pajizo ruiseñor insaciable de trinos” que, si bien “no gime de miedo como un pajarillo en un matorral”, no obstante cantará “como un cisne el lamento postrero de muerte”[58], Filomela, metamorfoseada en golondrina, encarna y porta “el canto balbuceante del personaje que intenta, sin lengua, contar su historia”[59]. Se aprecia, por tanto, que la mímesis femenina con el ave representa tanto la incomunicación a que la expone su lenguaje de trinos no siempre comprendidos, como su propia indefensión, su debilidad frente al medio[60]. Ahora bien, no todos los pájaros -o las pájaras- son iguales, ni cantan en los mismos términos. Clitemnestra también es vista como ave, pero en esta ocasión se trata de “un odioso cuervo” que “se jacta de entonar un himno monstruoso”[61]. Decididamente, las melodías interpretadas por Clitemnestra, acompañada sin duda por su telar a guisa de arpa, son tan variadas como siniestras.

Pero además, y dejando pájaros a un lado, Clitemnestra no es sólo generadora de inquietantes, enigmáticas tonadas, sino también certera exégeta; igual que Procne lo fue de las rojas y metafóricas manchas salteadas en el fondo virginalmente blanco del tapiz elaborado por su hermana Filomela. De este modo, en Las Coéforas, una vez que Orestes se ha adentrado en el palacio de los Atridas y ha logrado dar muerte a Egisto, un esclavo fiel a la reina se acerca hasta sus aposentos para avisar de la situación: “ESCLAVO. ¡Eh, eh! ¿Estoy gritando a sordos y en vano digo palabras inútiles a gente dormida? ¿Dónde está Clitemnestra? [...] CLITEMNESTRA. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué gritos son esos que estabas dando por el palacio? ESCLAVO. El muerto ha matado al vivo. Te lo aseguro. CLITEMNESTRA. ¡Ay de mí! He comprendido lo que me has dicho con ese enigma. Mediante engaños pereceremos igual que nosotros matamos.”[62] Por lo visto, el esclavo, ser de mayor vileza aún que la mujer, según vimos ya que precisó Aristóteles, recurre también al enigma, en la que parece la forma inevitable de expresión propia de los inferiores. Clitemnestra, por su parte, ante la inminencia de los hechos, y habiendo descifrado con absoluta corrección el acertijo propuesto por su sirviente, intentará tender su última red y envolver a su hijo en ella; pero la trama improvisada no tendrá la suficiente solidez, y la experta tejedora fracasará en su obra final. Ahora bien, junto a la visión turbadora del cadáver de la madre ejecutada, todos pueden contemplar, exhibido por las manos parricidas de Orestes, el que fue su bordado más brillante: un sofisticado instrumento de poder, para la madre primero y para el hijo después; en esta exhibición se encierra la debida fama que corresponde por justicia a una tan destacada devota del telar: “Mirad ahora, los que oís mis desgracias, la pérfida invención con la que ataron a mi infeliz padre [...] ¿Qué nombre dar a esto, por benévolo que sea al expresarme? ¿Trampa para fieras? ¿Sudario de ataúd que hasta los pies cubre el cadáver? Puedes llamarlo cepo y vestido que traba los pies. [...] Desplegadlo. Acercaos, poneos en círculo y mostrad el paño en el que enredaron a un héroe, para que vea el padre, no el mío, sino el que contempla todo esto –Helios– las impuras acciones de mi madre y pueda algún día comparecer en el juicio como testigo de que justamente procuré la muerte a mi madre.”[63] Con semejante intervención, Orestes se asegura la impunidad de su crimen y los vítores populares al regresar al palacio paterno; el poder ha retornado al cauce masculino del que no debió apartarse nunca. Y puesto que dejamos ya las cosas en su debido lugar, parece oportuno que terminemos, aprovechando el sosiego que emana del orden restablecido, de la -aun efímera- resolución a una dura contienda que se seguirá reproduciendo a lo largo de la Antigüedad: la lucha perpetua entre la imposición varonil del silencio y la cultura femenina del telar.



[1] Ya que las relaciones propiamente dichas entre hombres y mujeres, al margen de estos factores, han sido analizadas con profusión en la bibliografía; en este sentido podría destacarse como particularmente interesante, por aludir al desarrollo de estas relaciones dentro del marco de la ciudad, la obra de LORAUX, N.: Les enfants d’Athéna. París, 1983. En líneas generales, un repertorio bibliográfico bastante completo (aunque necesitado ya de actualización), con la mujer de la Antigüedad como objeto de atención desde diferentes perspectivas, puede encontrarse en GARRIDO GONZÁLEZ, E.: “Problemática del estudio de la mujer en el Mundo Antiguo. Aportación bibliográfica”, en GARRIDO GONZÁLEZ, E. (Ed.): La mujer en el Mundo Antiguo. Actas de las V Jornadas de Investigación Interdisciplinaria. Madrid, 1986, págs. 29-65. [2] HESÍODO: Los trabajos y los días, vv. 45 y ss. A partir del verso 70 en concreto, se desgranan algunas de las mejores cualidades de esta mujer: se trata, entre otras, de la desvergüenza, el engaño, la volubilidad, la mentira y la tendencia a la traición. [3] Este procedimiento será retomado posteriormente (ya en el siglo VI) por Focílides, admitido como claro imitador de Semónides. [4] SEMÓNIDES DE AMORGOS: Catálogo de las mujeres, vv. 112-113. [5] Vid. RODRÍGUEZ ADRADOS, F.: Historia de la fábula greco-latina, I. Madrid, 1979, págs. 237 y ss.; también, del mismo autor: Fiesta, Comedia y Tragedia. Madrid, 1983, págs. 417 y ss. [6] ARISTÓTELES: Arte Poética, 1454 a. [7] HOYO CALLEJA, J. del: “La mujer y la medicina en el mundo romano”, en Asclepio, XXXIX (1987), pág. 125. Aunque Del Hoyo se refiere al ambiente cultural romano, creemos que la cita es perfectamente válida para la concepción griega sobre este mismo tema. [8] A pesar de lo que se ha especulado sobre la supuesta consideración “igualitaria” del hombre y la mujer en la República, ésta es pródiga en todo tipo de invectivas contra el sexo femenino; de este modo, actos tan reprobables como la profanación de cadáveres son evaluados como propios de mujeres (469 d). [9] DURÁN, M. A.: “Mujer y modalidades del saber en la Grecia antigua”, en CALERO SECALL, M.I. y FRANCIA SOMALO, R. (Coords.): Saber y vivir: mujer, Antigüedad y Medievo. Málaga, 1996, pág. 45. [10] El prototipo de mujer romana que hace uso adecuado de su tiempo nos lo facilita Tito Livio: Lucrecia se aplica al trabajo de la lana (lanificium), correctamente sentada en su casa, mientas las hijas del rey se entretienen impropiamente en un banquete, recostadas de forma indebida, usurpando una costumbre y una postura sólo indicadas en los hombres (vid. TITO LIVIO: Ab urbe condita, I, 57, 9-10). [11] PLATÓN: República, 455 c-d. [12] HESÍODO: Trabajos, v. 68. [13] Vid. la detallada descripción que hace del mito OVIDIO: Metamorfosis, VI, vv. 1-145. [14] HOMERO: Ilíada, VI, vv. 490 y ss. [15] ARISTÓFANES: Lisístrata, págs. 202-203. La paginación remite a la traducción realizada por Francisco Rodríguez Adrados y Elsa García Novo para la colección “Clásicos Griegos” de Opera Mundi (Barcelona, C.L., 1997). [16] Lisístrata, pág. 200. [17] Vid. nota 14 a este mismo trabajo. [18] HOMERO: Odisea, I, vv. 355-359. [19] EURÍPIDES: Suplicantes, vv. 1059 y ss. [20] Así conservó también la integridad de su matrimonio, según la idílica descripción de Homero, aunque parece más probable que la impenitente tejedora Penélope velase más por su estabilidad vital y económica que por una compañía marital que de facto era inexistente desde hacía veinte años. [21] HOMERO: Ilíada, III, vv. 125-128. [22] Homero, por boca de Penélope, hace referencia a la historia en Odisea, XIX, vv. 518 ss. [23] EURÍPIDES: Las Coéforas, vv. 225 y ss. [24] Vid. OVIDIO: Metamorfosis, VI, vv. 424-674. También Pausanias se hace eco de esta leyenda, a la vez que se esfuerza en situar los lugares reales donde yacen estos personajes (vid. PAUSANIAS: Descripción de Grecia, I, 41, 8-9). [25] BARTHES, R.: La aventura semiológica. Barcelona, 1990, págs. 30-31. [26] PLATÓN: República, 457 a. [27] OLMOS ROMERA: “Anotaciones sobre la representación de la mujer en Grecia”, en GARRIDO GONZÁLEZ, E. (Ed.): op. cit., págs. 123-141. [28] HERÓDOTO: Historias, I, 8. [29] CALÍMACO: Himnos, V, vv. 43 y ss. [30] OVIDIO: Ars amandi, I, vv. 289 y ss. [31] Lo altamente sugestivo de esta escena ya la hecho objeto de atención bibliográfica; vid. ROUX, G.: “Clitemnestre et le chemin de pourpre. Sur un jeu de scène incompris de l’Agamenon”, en Hommage à M. Delcourt, Coll. Latomus, 114. Bruselas, 1970, págs. 70-78. [32] ESQUILO: Agamenón, vv. 906-914. [33] Agamenón, v. 924. [34] Agamenón, vv. 1379-1389. [35] “¡Ay, ay! ¡Rey, Rey! ¿De qué manera debo llorarte? ¿Qué decirte desde el interior de mi alma amiga? Yaces en esa tela de araña, exhalando tu vida con impía muerte...” (Agamenón, vv. 1490-1495). [36] Agamenón, v. 260. [37] Agamenón, vv. 1673-1674. [38] En ese pasaje, por tanto, es Clitemnestra quien acapara el papel protector (Agamenón, vv. 1671-1672). Orestes en Las Coéforas acusará a Egisto de poseer un “alma femenina” (v. 305). [39] Las Danaides (refiriéndose al deseo sexual de los varones) manifiestan esta idea en términos muy duros: “En exceso arrogantes, con sacrílego ardor, de lascivia empapados, procaces como perros, no escuchan ni a los dioses [...] Preciso es resguardarse de la dominación de aquel que presa sea de pasiones, como si se tratara de un monstruo sanguinario e impío” (ESQUILO: Las Suplicantes, vv. 756-764). [40] Nuevamente en Las Suplicantes, las Danaides se muestran espantadas ante la idea del contacto físico y/o matrimonial con un hombre: “Que escapemos del lecho del varón -¡horror!, ¡horror!-, sin boda e insumisas a su yugo” (Suplicantes, vv. 151-154). [41] SAFO DE MITILENE: Fragmentos, 114 D. [42] Como se evidencia en el pasaje (discusión entre Clitemnestra y Agamenón) inmediatamente anterior al asesinato del rey. [43] Agamenón, vv. 1636-1637. [44] El Coro lo define como “discurso especioso para agudos intérpretes” (Agamenón, vv. 615-616). Sobre esta observación, vid. IRIARTE, A.: “La palabra enigmática de las heroínas trágicas”, en La mujer en la Antigüedad. Barcelona, 1987, págs. 97-116. [45] Se percibe una clarísima relación entre telas y palabras por cuanto ambas comparten e intercambian un mismo vocabulario: red, tramar, urdir, velo, tejer... Cf. vgr. Agamenón, vv. 868-869, 1047-1048, 1115, 1126-1127, 1180, 1374, 1383, 1494, 1581, 1604, 1625-1628; Coéforas, vv. 490-500, 1010-1015, 1049; Euménides, vv. 460-461, 635-637. [46] Estamos pensando, claro está, en modelos de mujer como la ateniense del tiempo democrático. Sobre diferentes tipos de mujer en relación con su contexto puede consultarse MOSSÉ, C.: La femme dans la Grèce antique. París, 1983; o el más pintoresco a la vez que sugestivo de S. B. POMEROY: Diosas, rameras, esposas y esclavas. Madrid, 1977. [47] Capaz de fructificar, por ejemplo, en la composición del celebérrimo elogio fúnebre pronunciado por Pericles que recoge TUCÍDIDES: Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 35-46. [48] Manifiesta Egisto en el Agamenón: “De manera grata para mí he llegado a ver a ese hombre yacente en el manto tejido por las Erinis” (vv. 1580-1581). [49] Decimos “enredado” pensando en la conexión con la palabra “red”. [50] ESQUILO: Las Euménides, vv. 419-420. [51] No olvidemos que, al fin y al cabo, Atenea nació ya adulta de la cabeza de su padre Zeus. [52] Euménides, vv. 971-974. [53] Vid. sus exhaustivos y excelentes análisis dedicados a la Pitia y a la Esfinge en Las redes del enigma. Voces femeninas en el pensamiento griego. Madrid, 1990. [54] Una atractiva revisión del mito de Casandra es, por ejemplo, la que elabora en este siglo Christa Wolf. [55] Agamenón, vv. 1046-1049. [56] Agamenón, vv. 1055-1149. [57] Dice Casandra: “Mi oráculo no va a mirar ya detrás de los velos, como una novia recién casada. Al contrario, parece que va a soplar con claridad y a llegar hasta el sol ascendente [...]. Te lo voy a explicar ya sin enigmas.” (Agamenón, vv. 1179-1184). [58] Agamenón, vv. 1144, 1315 y 1445-1446 respectivamente. [59] FALCÓN MARTÍNEZ, C. et alii: Diccionario de mitología clásica (s.v. “Filomela”). Madrid, 1980. [60] Estos aspectos son sugeridos por Esquilo en otra de sus obras: “Si hay aquí algún augur del país, al oír mi lamento, creerá que está oyendo el grito de la sabia esposa de Tereo, de compasión digna: ruiseñor perseguido por un gavilán” (Suplicantes, vv. 59-63). [61] Agamenón, vv. 1474-1475. [62] Coéforas, vv. 881-889. [63] Coéforas, vv. 980-990.

LA MUJER EN LA POESÍA EPIGRÁFICA: PROTOTIPOS EN PIEDRA DE LA ANTIGÜEDAD


Resulta natural en cualquier cultura que los mensajes transmitidos por su tradición escrita tiendan a corresponderse con los esquemas más o menos canónicos y predominantes en su contexto propio. Esta afirmación es igualmente válida para el mundo romano, de modo que el contenido de la epigrafía latina por lo habitual reproduce los usos y mentalidad característicos de la sociedad que la genera. Así las cosas, es de suponer que el ideal de mujer que nos presenta la poesía epigráfica latina está en relación directa con un modelo latente en el horizonte latino. Suposición que es cierta –aunque con algunas excepciones. Formulemos algunas observaciones generales.
De entrada, es necesario afirmar que la epigrafía latina nos ofrece una imagen de la mujer que, a pesar de los posibles prototipos impuestos, resulta más real que la esbozada en el resto de producciones literarias de la antigüedad romana, con la única y honrosa salvedad de algunas cartas de Cicerón o Plinio. En cambio, la personalidad femenina es ridiculizada en el teatro (recordemos si no a Plauto); los historiadores, por su parte, han hecho hincapié en figuras de virtud o criminalidad extremas.
La mayoría de las inscripciones latinas relativas a mujeres nos presentan lo que he dado en llamar el “prototipo ortodoxo”, tan lítico e inmóvil como la piedra que sostiene su descripción. Quizá el ejemplo más representativo de este ideal femenino se encuentre en el célebre epitafio romano de Claudia, fechado en tiempo de los Gracos (II a.C.), que reúne casi todos los tópicos posibles; belleza, abnegación, fertilidad, hacendosidad y sociabilidad constituyen las pinceladas ineludibles del retrato perfecto:

1 (52). Viajero, lo que digo es poco, detente y léelo todo. Aquí está el no bello sepulcro de una bella mujer. Sus padres la llamaron Claudia. Amó a su marido con todo su corazón. Dos hijos engendró: a uno lo deja en tierra y bajo tierra sepulta al otro. De conversación amena a la vez que de andar elegante. Cuidó su casa. Tejió lana. He dicho. Sigue tu camino.

La joven Salvia, al fallecer prematuramente, ve truncado su camino hacia un matrimonio ejemplar; no obstante, su declarada dedicación doméstica no deja lugar a dudas sobre su idoneidad como futura esposa:

2 (63). Enterrada estoy aquí a mi tierna edad juvenil. Me apliqué con seriedad a mi obligación de trabajar la lana. Lamento el fin tan injusto y pesaroso de mi suerte. Si quieres saber mi nombre, surja el de Salvia.

Pero el trabajo de la lana, pienso yo, no debe ser entendido tanto en un sentido literal como metafóricamente en cuanto símbolo de la virtud femenina forzosa, como referente propagado desde Grecia, en donde la reclusión al gineceo no dejaba a las mujeres demasiadas alternativas a otras diversiones (ya en otro lugar expuse esta impresión, a la luz de la peligrosa labor tejedora de Clitemnestra, quien –recordemos- asesinó a su marido Agamenón con una alfombra “amorosamente” tramada en su telar). Otro pilar básico de la matrona romana sin tacha es, evidentemente, el de la fidelidad y la castidad matrimonial, como bien manifiestan Junia Victoria y Eucarpia:

3 (141). Aquí, en el lugar que le corresponde, ha sido enterrado por mi esposo Junio Jacinto mi cuerpo, el de Junia Victoria, de conducta ejemplar, que viví veintiséis años, tres meses y veintitrés días e hice gala de una honrosa unión conyugal con mi queridísimo esposo todos los días de mi vida.

4 (552). A Eucarpia, siempre intachable, que vivió treinta años y apenas dos meses y tres días más del siguiente. Ahora entérate bien de la vida de esta mujer tan singular. Fue digna de admiración en su matrimonio por su fidelidad hacia su marido. Sirviéndose de sus muchas habilidades dedicaba su vida a sus hijos; su entrega era extrema, su talento grande, atenta a todo, vivió dedicada a los suyos, absolutamente ignorante de los asuntos sucios con los que la mujer puede mancillarse; así que será inmortal, unida como estuvo al mayor pudor. Su cuerpo se lo llevó la muerte, su alma dejadla, manes.

La esposa perfecta puede, además, verse adornada con otras prendas: ser buena administradora de la economía familiar y prudente asesora ante los eventuales problemas que asaltan a un matrimonio a lo largo de su existencia constituyen loables virtudes a los ojos de algunos hombres:

5 (516). Urbanila, mi esposa, llena de discreción, aquí está enterrada, mi compañera en Roma, experta en las cuestiones económicas. Al volver conmigo a la patria tras haber llevado a cabo buenos negocios, ¡ay!, la tierra de Cartago me arrebató a mi pobre compañera. Ninguna esperanza de vida hay para mí sin una esposa semejante: ella cuidaba mi casa y me ayudaba también con sus consejos.

Frente a este perfil idílico, no dejan de erigirse voces disonantes. Los edificios de la Antigüedad nos susurran el nombre de mujeres no precisamente adscritas al modelo de matrona sumisa y de fidelidad imperecedera. Las piedras junto a los caminos nos invocan para que leamos los retratos de aquéllas que quisieron ser eternas en la heterodoxia. Por ejemplo, en la pared de la basílica de Pompeya dos maridos ponen en tela de juicio su “paternidad responsable”:

6 (42). Mi mujer ha parido un hijo parecido a sí misma. Ni es mío ni se parece a mí, pero quisiera que fuese mío. –A mí me pasa lo mismo.

Eucharis reivindica para sí el derecho a instruirse en artes bien alejadas de la rueca y a sumergirse en disciplinas más próximas a la querencia de las musas; pero, sobre todo, declara con orgullo que es la primera mujer que ha aparecido ejecutando danzas griegas en público:

7 (55). Cuando mi tierna edad iba ya despuntando por sus habilidades, y a medida que pasaba el tiempo y aumentaba mi renombre, se apresuró la funesta hora de mi destino y le negó para siempre el aliento a mi vida. Culta e instruida casi por la mano de las musas, fui capaz de embellecer a veces los juegos de los nobles con mis danzas y me mostré ante el público, ¡por primera vez una mujer!, bailando danzas griegas en las fiestas.

En efecto, salvo en el caso de las “mimas”, las mujeres romanas jamás aparecían en escena; nuestra joven debía de actuar en fiestas romanas como los ludi honorarii, que incluían actuaciones musicales y de baile. Una mujer cuyo nombre hemos perdido se jacta de haber vivido de modo liberal e independiente, contradiciendo con ello las cualidades inherentes al vínculo matrimonial honesto:

8 (67). Aquí está la que vivió siempre de buen talante. A muchos tuve a mis pies, y este lugar es todo lo que he conseguido. Pasé, pues, mi vida, como me dio la gana. A nadie nunca debí nada, viví con lealtad. Mis huesos se los di a la Tierra y mi cuerpo a Vulcano, cuando tuve que cumplir con el definitivo deber de la muerte.

Prima, por su parte, no renuncia a un lazo amoroso permanente que parece más convivencial que matrimonial, pero con las debidas exigencias de igualdad hombre-mujer, en unos términos que nos resultan bastante conocidos en la actualidad:

9 (491). Fui digna y excepcional por mi conducta hacia mi compañero. Fui su igual mientras se me permitió. Adiós, querido compañero.

La vivienda de un médico pompeyano alberga un improvisado recetario de consejos firmado por una mujer; sólo nos cabe preguntarnos si el mensaje fue grabado a propósito en esta pared concreta por una paciente despechada:

10 (950). Ojalá me ciñeran tus brazos y me besaran tus labios. Vete ahora, mujer, y confía a los vientos tus placeres. Hazme caso, que inconstante es la naturaleza de los hombres.

Al fin, la última de nuestras heterodoxas lamenta más que ninguna otra cosa no haber llegado a trabar conocimiento sexual antes de partir de entre los vivos; desgraciadamente, lo escueto del mensaje no nos permite discernir si estamos ante una muchacha demasiado joven... o tal vez demasiado exigente:

11 (2008). Has vencido, Fortuna enemiga, mis esfuerzos: ¡ay!, se ha desvanecido intacto mi pudor y la flor de Venus de mi sexo femenino.

En cualquier caso, es obvio suponer que todas estas voces –las ortodoxas y las no- tuvieron indudablemente en vida una determinada apariencia. La epigrafía, y más la poética, puede ser una fuente importante para conocer rasgos físicos, estéticos y de atuendo de las mujeres romanas; aunque también la epigrafía, y precisamente la poética, puede ser en especial proclive a la idealización de los personajes evocados. De hecho, si atendiéramos a las descripciones presentes en las inscripciones latinas, sería forzoso creer que las mujeres romanas fueron las más bellas de todas las mujeres conocidas. El porcentaje de féminas hermosas es aún mayor si cabe que el de las castas y hacendosas, lo cual por otro lado es razonable si pensamos que puede haber mujeres que quieran no ser castas, pero ¿qué mujer no quiere ser bella o al menos parecerlo? Si en nuestro tiempo el imperio irracional de la estética lleva a los adolescentes a atentar incluso contra su salud en pos de un ideal tan fantástico como fantasmagórico, ya en la Antigüedad se pensaba que la belleza confería un cierto carácter divino a quien la poseía, de modo que conllevaba una superioridad susceptible incluso de ser considerada como antídoto contra la muerte. No obstante, la linda y joven Crócale se lamenta en su epitafio de la inoperancia real de este supuesto:

12 (1167). Adiestrada en nobles habilidades por la expresa preocupación de los suyos y habiéndole tocado en suerte la egregia belleza de su cuerpo, arrebatada cuando todavía no había cumplido los catorce años, en este lugar yace enterrada la intachable Crócale. Alegraos, felices muchachas, mientras la vida lo permita: pues también las hermosas soportan a menudo hados siniestros.

Seguramente la descripción epigráfica más completa e indiscreta que se nos ha conservado de una mujer romana nos la ofrece Alio en el poema dedicado a su esposa Perusina. El marido prolijo no ahorra detalles a la hora de esbozar el retrato íntimo de su compañera:

13 (1988). Aquí yace enterrada Perusina, y ninguna mujer hay más bonita. Bella, de ojos hermosos, cabellos rubios, conservó en su rostro una belleza de marfil, como dicen que no ha tenido ningún otro ser humano. Y en su níveo pecho, el encanto de su pequeño pezón. ¿Y qué decir de sus piernas?, Atalanta, su mismo porte elegante. No anduvo siempre preocupada por su aspecto, sino que era hermosa por su grácil cuerpo, lucía las piernas sin vello y un cabello siempre muy cuidado. La culparás tal vez de que tuviera las manos ásperas: pero es que nada le parecía bien sino lo que ella misma hacía con su propia mano. La que en este epitafio se ensalza, creedme, tiene categoría divina.

Interesante es el testimonio de la pequeña Ágata para definir los términos del canon de belleza en la Antigüedad; y es que, además de la claridad del pelo y la piel, un aspecto ambiguo y aniñado, del que la sencillez en el tocado y el arreglo eran complemento idóneo, constituía una ineludible referencia estética, como ya en su momento resaltara Ovidio en sus Metamorfosis:

14 (562). He vivido sólo cinco años y siete meses con veintidós días. Tenía yo, en efecto, créeme, un rostro de niño, no de mujer, y sólo sabían mi condición femenina quienes me engendraron y pusieron el nombre de Ágata. Con el pelo corto y rojizo echado hacia atrás, sin ningún tipo de recogido.

Y puesto que hemos mencionado el arreglo personal, hay que apuntar que no faltan inscripciones que nos den noticias sobre este asunto. En un columbario de la Via Apia podemos leer este pragmático consejo:

15 (1037). Joven que lees esta inscripción y tienes alguien a quien amar, deja de ceñir sus brazos con excesivos brazaletes de oro. Aunque ella rodee tu cuello con sus brazos cargados de cadenas y te exija regalos adecuados a sus cualidades, preocúpate sólo de sus vestidos, pero evita un arreglo demasiado ostentoso. Así espantará a los ladrones y evitará el adulterio.

Por último, exactamente igual que en nuestros días, también la mujer romana exhibía una estética acorde con la circunstancia en que se encontraba; el dolor y el luto, en su caso, se hacían evidentes en el cabello:

16 (424). Te saludo, mi queridísimo esposo, mi amada estirpe, oculto en una eterna sepultura. Día y noche te lloro, te echo de menos y no me basta con haberme cortado los cabellos.

Hasta el momento hemos indagado sobre las cualidades morales y materiales de nuestras mujeres de piedra. Pero la poesía epigráfica permite también formular otras apreciaciones, en este caso más próximas a lo social. Las autoras o protagonistas de nuestros poemas no se inscriben dentro de una jerarquía concreta, sino que pertenecen a los más variados estratos sociales; lo que conlleva, obviamente, estilos de redacción y calidad de información bien diferentes. Veamos algunos ejemplos. He aquí el testimonio de una esclava que acaba obteniendo la condición de libre:

17 (56). Estimada por las gentes de bien, no he sido mal vista por ninguna mujer de ley. Fui obediente con los viejos patronos y complaciente con éste, por lo que aquéllos me honraron con la libertad y éste con una túnica de matrona. Desde niña y durante veinte años cuidé de toda la casa.

Las mujeres de las clases superiores suelen recrearse en la enumeración de sus ancestros ilustres, circunstancia que aprovechan también para encumbrarse ellas mismas. Silvia en particular se manifiesta orgullosa de sus precedentes en el consulado; lo egregio de su personalidad se corresponde también, lógicamente, con lo elevado de su moralidad:

18 (1389). Silvia, importante por sus antepasados cónsules, dejó aquí su cuerpo perecedero para dirigirse a los reinos celestiales. Destacó con el doble brillo de su insigne vida: ante el mundo por su posición social y ante Dios por su religiosidad. Importante por el esplendor de sus hijos, sostenida por su vigor, se alegraba de haber renovado la gloria de sus antepasados al dar a luz a sus hijos, de entre los cuales mereció ver a algunos dotados con el distinguido honor del sacerdocio y a un excelso patricio.

Más petulante aún, si cabe, se muestra Caretene, esposa del rey burgundio Gundobado; en este caso, “realeza obliga”:

19 (1365). Caretene, corona del trono, motivo de orgullo de su tierra natal y luz que ilumina el orbe, quiere que sus miembros sean enterrados en esta tumba. Ya hace tiempo que una áspera túnica, mortificando su cuerpo casto, se ocultó bajo la púrpura brillante, disimuló tras un rostro dichoso sobrios ayunos y mortificó en secreto su cuerpo de reina. Compartiendo los desvelos de su excelso marido, el príncipe, reinó sobre las más altas esferas, uniendo sus decisiones a las de él, gozando en atraer a la verdadera fe, instruyéndolos, a su distinguida descendencia y sus queridos nietos. Dotada de estas cualidades, no renunció a soportar, con miras elevadas, el yugo sagrado tras la diadema.

Una casta especial dentro del orden social romano era la integrada por las sacerdotisas, quienes tampoco renunciaron a dejar testimonio en verso de su existencia. Mujeres privilegiadas aun dentro de sus relativas restricciones –cuyo incumplimiento podía acarrearles una muerte no siempre muy agradable-, disfrutaban de un respeto y una consideración que las situaban muy por encima de la mayoría de sus compañeras de sexo. Alejandra y Umbría Matronica permanecen como testigos, sólo opuestas por su edad, de un mismo oficio:

20 (547). Aquí yace enterrada la conocida sacerdotisa del dios Baco Ogigio y la que cuida el templo de la diosa del Nilo. Alejandra, siempre intachable, que apenas si había alcanzado la flor de su juventud cuando la odiosa mano de las Parcas se la llevó al dios de los infiernos.

21 (1613). Yo, Umbría Matronica, fui la más anciana de los hombres. Me mostré siempre sumisa, respetando la voluntad y los deseos de la divinidad a quien serví durante ochenta años y, desinteresadamente, con honradez y honestidad, ayudé a las ciudades de toda la tierra que me lo reclamaban. Por todos estos méritos conseguí que la tierra me acogiera con generosidad. Vivió ciento quince años.
Dignas de atención son también las veleidades literarias de una sección especial dentro de las sacerdotisas, cual es la de las pitonisas, que ejercían como oráculos bajo los auspicios del dios Apolo. Aunque desconocemos la querencia real de las pitonisas por la literatura, sospechamos que el empleo del verso en sus vaticinios debe conectarse más bien al deseo de investir de un carácter divino, exclusivista y enigmático a sus ya de por sí oscuras predicciones. Leamos algunas de ellas:

22 (331). Convéncete de que difícilmente puede corregirse lo que se ha hecho torcido.
¿Crees lo que dicen? No es así, no seas tonto.
Si eres prudente, cuídate de que no surjan certezas a partir de lo incierto.
Si no estás precavido, de cualquier cosa conocida puede surgir un enemigo desconocido.
No somos tan embusteras como tú has dicho. Eres un necio al consultarnos.
¿Ahora me consultas? Tu tiempo ya se ha acabado.

Pero la poesía epigráfica permite abrir también otros capítulos igualmente interesantes de la vida femenina cotidiana en la Antigüedad. A nadie se le escapa que la familia era uno de los ámbitos de desarrollo fundamentales para el hombre, pero sobre todo para la mujer antigua. Las inscripciones son pródigas –ya lo hemos visto- en menciones de indestructible felicidad conyugal, a pesar de que el divorcio y el repudio eran prácticas corrientes entre los romanos. Este amor quevedesco más allá de la muerte se extiende también, como era previsible, a las manifestaciones paterno o materno-filiales, de las que los versos de esta adolescente constituyen un buen ejemplo:

23 (93). A mis catorce años me llegó el desdichado día que acabó con mi vida y con todos mis planes, y no fue posible, por mi desgracia, derramar una sola lágrima, como es lo normal, por mis padres, sino que la muerte prematura me arrancó antes de tiempo de ellos, ya ancianos, a mi tierna edad, por culpa de un destino cruel.

Idéntico afecto suscita la figura de la hija adoptiva, existente también entre los romanos (recordemos su importancia en el círculo imperial). Asiática supone un bello exponente de tal afecto:

24 (430). Aquí yace sin vida el cuerpo de mi amada hija adoptiva a quien, sin culpa, sumergieron las Parcas en una muerte implacable. Yo, mi querida hija adoptiva Asiática, te buscaré siempre y, abatido, me imaginaré constantemente tu rostro y será un consuelo verte al momento cuando, llegado al término de mi vida, me una con mi sombra a tu espectro.

Estas idílicas relaciones parecen extenderse igualmente a un grado de parentesco que en nuestros días suele ser objeto de comentarios malévolos, como es el de las suegras; y es que yernos y nueras son a veces los responsables directos de la inmortalidad epigráfica de sus madres políticas:

25 (1897). Lucio Acio Rufino construyó la última morada para su suegra.

26 (1976). Tu nuera busca siempre la fama imperecedera de tus méritos maternos; tus hijos, movidos por el cariño, te visitan con frecuencia. Te dedicamos nuestro eterno adiós, queridísima madre.

Sin embargo, como es natural, las relaciones familiares podían llegar a ser verdaderamente tormentosas. El hecho de que tal circunstancia se consigne en piedra, a modo de última y perenne recriminación, da idea aproximada tanto de la autenticidad emocional de la inscripción como de la intensidad del conflicto. Leamos la declaración a este respecto de dos esposos:

27(600). Transcurridos muy pocos meses desde la boda, se quedó privado de su tierno amor. Su esposo conserva su lecho intacto para demostrarles a sus descendientes todo su amor. Por encima de su madrastra y tras el rechazo de su propio padre, el esposo graba aquí su nombre.

28 (1846). Poncia, que pudo compararse en otro tiempo con la hermosura de las estrellas, yace aquí: surgió como caída del cielo. Tu interior, así como tu exterior, tuvieron el resplandor que merecían. Preocupándote de tu esposo has sufrido situaciones demasiado duras. Al querer tu padre, enemistado con su yerno, llevarte, amenazaste con suicidarte si tu padre lo hacía. Rendíos ya, alabanzas de los antepasados y toda clase de esposas, ningún tiempo engendrará a otra mujer capaz de hacer tales cosas.

Durante todo este tiempo hemos venido ocupándonos de las mujeres de la Antigüedad que derramaron sus gracias y desgracias en la tierra. Pero nos hemos dejado en el tintero a las que hacían lo mismo desde arriba, esto es, las diosas. La inclusión de las divinidades femeninas en esta galería de retratos está sobradamente justificada si pensamos que la concepción antigua de los dioses era antropomórfica y antropoideológica. Las divinidades greco-latinas no sólo presentaban aspecto humano, sino que encarnaban las mismas virtudes y debilidades que los humanos, y en función de ello eran apeladas e invocadas; en este sentido, podemos afirmar que la divinidad, bien lejos de constituir un ente autónomo, superior e inaccesible, estaba en cierto modo al servicio de las necesidades de los hombres. No resulta por ello extraña la familiaridad con que muchas de las diosas y figuras mitológicas en general aparecen mencionadas en la poesía epigráfica latina. Hay que decir que el respeto y la dedicación de alguna ofrenda suelen constituir la tónica habitual en las citas de las divinidades femeninas en nuestros poemas. Sin embargo, hay divinidades que en determinadas circunstancias podían resultar especialmente odiosas. De este modo, en el caso de los poemas funerarios, las invocaciones a las Parcas y a la diosa Fortuna suelen ser más bien denigratorias; en ocasiones, la descalificación era directa y sin ambages; en otras, el versificador recurría a la ironía dolorida para manifestar su rechazo:

29 (443). Quienquiera que te acerques con paso apresurado, te lo ruego, vete, caminante, vete lejos y apártate de hechos impíos; deja de mirar y no te empeñes en conocer mi destino, que en tapiz ensangrentado tejió la incansable Cloto y procuró que también sus hermanas rompieran el hilo de la vida con su presurosa mano lúgubre. Detente ya, caminante, pues no quiero disgustarte a ti, que muestras tanto interés: bajo este pequeño lugar y con un pequeño epitafio se guarda un alma pequeña, un dolor inmenso y una cruel muerte, unos padres privados de su hija, una promesa contrariada de tres años y un funesto destino mortal. ¿Te gusta este sepulcro, Fortuna?

A veces, algún escritor inspirado lograba establecer con un juego de palabras una relación entre su amada y alguna deidad. Es el caso de la composición dedicada a Vera, cuyo nombre se identifica con la personificación de la estación primaveral:

30 (439). Que la Primavera te reparta sus agraciados dones floridos y que el también agraciado y dulce placer del Estío coquetee contigo; que el Otoño te devuelva siempre así mismo los dones de Baco, y que el tiempo del Invierno te sea consagrado sin que la tierra descargue su peso sobre ti.

Otras divinidades encarnaban unos tópicos que era difícil soslayar en los poemas; era lo que ocurría, por ejemplo, con las menciones a Venus, muy frecuentes por el elevado número de inscripciones, como ya hemos comentado, que aluden a la belleza de las mujeres; en Pompeya en particular el tópico se repite hasta el cansancio:

31 (2057). Si alguien no ha visto a Venus, la que pintó Apeles, que mire a mi chica, igual que ella resplandece.

Más original, en cambio, resulta alguna apelación francamente irreverente; leamos si no los jocosos versos de este amante escasamente conformista con los arbitrarios designios de la bella del Olimpo:

32 (947). Todo el que ama que me acompañe. Quiero romper a Venus las costillas y destrozar la espalda de esta diosa a garrotazos. Si ella puede golpear mi delicado pecho, ¿por qué no voy a poder yo romperle la cabeza con un palo?

Y bien. Hasta aquí hemos estado, como los viajeros de la Antigüedad, deteniéndonos y leyendo los retratos de las mujeres que hemos encontrado en el camino. Pero nosotros hemos de continuar con nuestro viaje. Estoy segura de que todas: diosas, esclavas, esposas y niñas, han agradecido los minutos que hemos dedicado a hablar con ellas.

CONCEPCIÓN ARENAL: LA MUJER EN LA POETA

La figura de Concepción Arenal resulta indispensable e indiscutible desde el punto de vista de la Sociología y de la Historia de las Ideas y las Instituciones del siglo XIX. La bibliografía al respecto es, por supuesto, mucho más abundante que la propia de la cántabro-ferrolana, lo que ya es mucho decir, pues Arenal fue verdaderamente prolífica en la producción y publicación de su actividad intelectual. Pero es obvio que toda esta bibliografía resulta necesaria para acercarse a la personalidad e ideología de una mujer que en su tiempo predicó la apertura en muchos frentes –o al menos, una apertura que en su momento se entendía como tal, aunque hoy, con nuestros criterios actuales, no nos resulte tan radical–. Su participación en las tertulias y actividades culturales de su época, su preocupación por las situaciones del preso y el pobre, sus aserciones en lo que se refiere a la consideración y limitaciones sociales y familiares de la mujer, su interés en materia de educación... todo ello es muestra de unas tendencias intelectuales progresistas, aunque con el lógico lastre impuesto por su sexo –e incluso su propia ideología personal– dentro del contexto decimonónico.
En este sentido, hay que constatar que su labor en cierto modo rupturista fue sobradamente reconocida en el ámbito de la Institución Libre de Enseñanza –abanderada por excelencia de las manifestaciones más “heterodoxas” de la época–, aunque con la ILE mantuviera Concepción Arenal una relación en general más afectiva que propiamente intelectual (entre otras cosas, porque para el año en que se fundó la Institución Libre de Enseñanza, Concepción Arenal ya contaba con cincuenta y seis de edad). No obstante, es un hecho que Giner de los Ríos reconoció abiertamente la influencia de Concepción Arenal en sus escritos y ayudó a hacer realidad la edición de su obras completas, y que Gumersindo de Azcárate prologó con entusiasmo su Ensayo sobre el Derecho de Gentes. Por otra parte, Arenal llegó incluso a publicar algunos trabajos en el Boletín de la Institución.
Sin embargo, no toda la obra de Concepción Arenal se inscribe en estos parámetros que, además, tampoco aportan la totalidad de registros necesarios para aprehender la obra ni la personalidad conjuntas de esta autora. Hay facetas de Concepción Arenal –más colindantes con lo personal, si se quiere– que resultan tanto o más reveladoras con respecto al espíritu que animó varias de las obras de la gallego-montañesa. Son precisamente ésas las facetas que aquí nos interesa resaltar; facetas que nos muestran no a una Concepción Arenal distinta, sino a una Concepción Arenal que también existió, y que contribuyó en su momento a la configuración de la personalidad total de esta mujer singular que hoy tenemos –tal vez de forma indebida– por sobradamente conocida.
La propuesta de aproximación a que me refiero se inscribe específicamente en el ámbito de la literatura y, por concretarlo más aún, en el de la poesía. Concepción Arenal fue autora de una obra poética relativamente copiosa, tan diversa en miras como lo fue su propia producción teórica en prosa. Una obra en verso que evidencia las íntimas contradicciones de la escritora como mujer intelectual y como mujer del siglo XIX, sus lastres biográficos personales, sus impulsos afectivos más espontáneos, sus pretensiones culturales y adoctrinadoras. Una obra en verso ciertamente heterogénea desde el punto de vista de la forma y de la orientación, de la que me permitiré mostrarles algunos ejemplos y hacer algunos comentarios.


La poesía de Concepción Arenal en su contexto socio-literario


Toda la obra, teórica y no, de Concepción Arenal, es continuo testimonio de la propia Concepción Arenal. En cada una de sus páginas respiran una mujer y una intelectual auténticas, sin disimulos ni dobleces, que despliega sin tapujos sus pensamientos y sentires ante el lector curioso que no vacila en acercarse a ellos.
Este planteamiento, que hoy nos resulta completamente natural, constituye toda una osadía en el contexto social del siglo XIX. Veamos como mero ejemplo lo que opinaba –y publicaba– al respecto un escritor del momento (por fortuna ya olvidado), Pompeyo Gener: “En sí misma la mujer no es, como el hombre, un ser completo; es sólo el instrumento de la reproducción, la destinada a perpetuar la especie; mientras que el hombre es el encargado de hacerla progresar, el generador de la inteligencia, a la vez creador y demiurgo del mundo social”. De donde se deduce que la mujer pensante no tiene derecho a serlo, cuánto menos a expresarse abiertamente.
La negación de la posibilidad de retirarse a esa “habitación propia” que Virginia Woolf postulaba, se materializaba en la creación de todo tipo de mecanismos disuasorios del libre acceso de la mujer a la intelectualidad; mecanismos que eran de índole ya jurídica ya social. Entre los primeros cabe mencionarse el hecho de que la mujer hubo de esperar hasta 1910 para poder acceder a la Universidad sin un permiso expreso (Emilia Pardo Bazán será la primera catedrática universitaria española en 1916, y ello con el voto adverso del claustro). En realidad, la legislación decimonónica ni siquiera contemplaba la posibilidad de que las mujeres recibiesen enseñanza universitaria. A la vista de que, con fecha de 1888, se constató que diez féminas se habían atrevido a contrariar las restricciones establecidas por el “buen gusto” y a cursar estudios superiores, se publica una Real Orden que establece la necesidad de que las mujeres soliciten un permiso especial para tener acceso a la Universidad.
En relación con los impedimentos de orden social, hay que decir que fueron tanto o más efectivos que los legislativos. La formación intelectual en la mujer, amén del cultivo de sus aficiones literarias, eran desdeñosamente recibidas en el seno de la sociedad decimonónica; y no sólo era así entre los hombres, sino que las propias mujeres aceptaban y tal vez fomentaban tal consideración. María de Lejárraga, casada con el ficticio dramaturgo Gregorio Martínez Sierra –usurpador en la práctica de la obra de su esposa, lo que en sí mismo ya resulta bastante significativo–, ha manifestado en este sentido: “Siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como sambenito deshonroso sobre toda mujer literata”. María de Lejárraga evidencia con sus declaraciones el clima hostil a la literatura realizada por mujeres, no ya en el siglo XIX... ¡sino todavía durante el primer cuarto del siglo XX! No olvidemos que Gertrudis Gómez de Avellaneda fue tildada por sus inclinaciones poéticas como “marimacho”, a la vez que, paradójicamente, se le negaba el acceso a la Real Academia por considerar que su sugestiva presencia podía alterar el debido orden de las sesudas reuniones. Teresa de Escoriaza, destacada filóloga y periodista de los años veinte, resumía el panorama circundante con palabras harto desalentadoras: “Los prejuicios milenarios continúan privándonos de recibir una educación amplia y sólida, al impedirnos asistir a los centros culturales. Las costumbres absurdas siguen apartándonos de la vida activa, confinándonos al hogar, convertido así en una cárcel. Las leyes injustas nos obligan a ocupar un lugar secundario en el mundo consciente”.
No obstante, y a pesar de este entorno, había mujeres que escribían, aun con el reticente beneplácito de los “bien nacidos”. Eran las mujeres plenamente acomodadas a las reglas del juego social, las mujeres que empleaban la escritura para propagar los ideales de esa sociedad en vigor. Mujeres que, como Cristina de Arteaga –por sólo citar un ejemplo–, escriben y editan y venden sin cesar composiciones oficiales como ésta: “Corazón de mujer/ que no sabe querer,/ que no sabe entregar/ toda el alma y el ser/ a la angustia de amar/ no se puede llamar/ corazón de mujer”. Este tipo de poemillas no servirán, como Noni Benegas bien ha señalado, sino para mantener la lírica femenina en una minoría de edad que la aparta consecuentemente de cualquier consideración intelectual rigurosa. Lo que en apariencia era un factor de importancia escasa, dado que se lograba un objetivo prioritario: mantener en el redil a las descarriadas empeñadas en poner en práctica una ocupación impropia de su sexo. Así se infiere de las cautelosas palabras que encabezan uno de los “ramilletes poéticos” femíneos del XIX, el volumen antológico titulado Escritoras españolas contemporáneas, fechado en 1880: “Muchos son los hombres que censuran a la mujer escritora; créese generalmente que prescinden por completo de las faenas propias de su sexo, que todo es afectación en sus maneras y lenguaje, y que no pueden labrar la dicha de ningún mortal. Tal vez haya algunas así, pero por fortuna son la excepción de la regla, y otras conocemos amantes esposas y tiernas madres que no descuidan ni un momento los deberes de su hogar. [...] Jamás ensalzaremos a la que pretenda ejercer algún cargo público, a la que intente usurpar sus derechos al hombre, pero sí alabaremos siempre a la mujer ilustrada, modesta y sencilla, que pueda dar la primera enseñanza a sus hijas”. En este mismo sentido, resulta bastante ilustrativo que la mayoría de las antologadas firmen sus poemas con su nombre y el apellido de sus maridos: Dolores Arráez de Lledó, María Mendoza de Vives, Emilia Gayangos de Riaño, Antonia Díaz Fernández de Lamarque, etc.
Éste era el contexto en que vivía Concepción Arenal... de Carrasco, y tales los obstáculos que hubo de afrontar. Ya desde bien joven, Concepción se encontró con la reprobación de su madre por su desmedida tendencia a la lectura (y en especial a unas lecturas tenidas por inadecuadas para su sexo y edad: filosofía, derecho, biología...) y por su deseo de procurarse una instrucción académica que, en aquellos años (en concreto, a mediados del siglo XIX), no resultaba precisamente indispensable a una mujer (recordemos que legalmente no se reconocerá la creación de escuelas públicas también para las niñas hasta 1857, con la Ley de Claudio Moyano). En estos años precoces de conflicto familiar, la poesía –de corte específicamente intimista, como obvia válvula de escape de ese ambiente poco propicio, y también como necesidad de plasmar sobre papel el ingente caudal de libros no siempre bien asimilados– adquirirá una importancia fundamental en la formación de Concepción Arenal. Sólo más tarde, con la desaparición física de la severa figura materna, podrá Arenal acceder con menos restricciones a la educación universitaria que tanto ansiaba, no sin cortapisas de otro alcance, esta vez más amplio: la censura social que se ha descrito anteriormente aconsejará que Concepción asista a sus clases en la Facultad de Derecho con indumentaria masculina, con el vano propósito de no llamar excesivamente la atención. Idénticas prescripciones sociales forzarán posteriormente a la cántabro-ferrolana a auxiliarse de pseudónimos masculinos para poder presentar a concurso alguno de sus escritos.
Concepción Arenal no desterrará nunca la escritura de su vida, en las más diversas formas. El periodismo, el ensayo y la poesía seguirán integrando su medio más frecuente de expresión. Respecto a la producción poética de Arenal, puede constatarse una evolución en tonos y temas, así como una asidua práctica de los más diversos géneros.

Primeros pasos poéticos

Las incursiones de Concepción Arenal en el terreno de la poesía pueden datarse bien temprano, pues –al menos, que se conserven– tenemos fechados varios poemas en 1842, incluidos en un cuaderno que contenía composiciones alumbradas entre 1842 y 1844, lo que sitúa los quizá primeros textos poéticos arenalianos en los veintidós años de edad de la escritora.
Estas composiciones primerizas adolecían de muchos de los tópicos propios del romanticismo: el dramatismo, el gusto por una Antigüedad un tanto acartonada, la afectación, el pesimismo, la intimidad, etc. Aunque tal vez la característica más destacable de estos poemas radique en que constituyen casi una radiografía de los sentimientos y formación de la aún joven autora. Sus lecturas, sus amores frustrados, su decepción frente al medio circundante, su nostalgia del padre muerto, su fe cristiana a veces en crisis, sus paisajes más queridos... todo ello aparece repetidamente a lo largo y ancho de estos versos juveniles, perfilando las líneas y contrastes de una personalidad concreta. Por ello no es extraño que tales composiciones –y otras similares realizadas con posterioridad– no estuviesen destinadas a salir a la luz, a diferencia de otras de tema más distante, concebidas ya expresamente para la imprenta. Posiblemente fuesen demasiado íntimas, demasiado reveladoras como para exponerlas a unos lectores diferentes de los integrantes de su círculo de amigos más cercano. Veamos un ejemplo:

Mi vida, ¿a quién importa?
Es la luz, y del caos la horrible oscuridad,
el triunfo y la derrota, la calma y la tormenta,
la miserable nada, la inmensa eternidad.
Es ignorado arroyo que corre sin aves que le canten,
sin flores que regar, es luchando entre rocas
arrollador torrente
que el germen de sus iras lleva al mar.
Es nardo y rosas, acento de cariño,
es la primera risa en los labios de un niño;
es la erupción primera del cráter de un volcán,
sobre la nieve eterna la voz del huracán.
La voz que nadie escucha, perdida en el vacío,
la hiel del odio, el néctar del amor,
la plegaria del mártir, el grito del impío,
la cólera del fuerte, del débil el dolor.
Sacrificio inmenso que inmola y no redime,
candente hierro que la verdad imprime,
lucha a muerte, sin testigos ni luz.
Esta es la vida indefinible, extraña,
que a nadie en este mundo le importa descifrar.

La crisis espiritual, y también el desengaño, que se capta en estos versos, parece directamente derivado de la extraña situación a que debieron conducirla sus múltiples lecturas: por una parte, Concepción se sentía satisfecha de hallarse intelectualmente por encima de muchas féminas coetáneas suyas, preocupadas solamente de las labores y la sociedad; sin embargo, Concepción era consciente al tiempo de que esa singularidad la colocaba en una situación de aislamiento respecto de su entorno, e incluso de frustración de las expectativas familiares –quién sabe hasta qué punto de las propias– sobre su futuro. Cuando Concepción reflexiona sobre esto surgen versos amargos sobre el estudio y el saber:

Pensar fue mi vida,
mi placer mayor;
este fue mi crimen,
este mi baldón.

Posteriormente, esta decepción interior se trasladará a la realidad histórico política del momento, bien en poemas breves o esporádicos, bien en alguna composición más específica de la que luego hablaremos.

Las Fábulas en verso originales

Por el contrario, las Fábulas en verso de Concepción Arenal constituyen una incursión poética de orden bien distinto; porque tales Fábulas, aparecidas en 1851, cuando su autora contaba ya treinta y un años de edad, son producto de una intencionalidad específica: didáctica y, por tanto, abiertamente pública. No obstante lo cual, se entreven en ellas múltiples destellos de su intimismo más lírico y hasta de propia sentimentalidad, a la que es incapaz de sustraerse, como apunta la dedicatoria misma del pequeño volumen: “A la respetable memoria de mi bueno y desgraciado padre”.
Este conjunto de cincuenta fábulas constituye, según el sagaz lector y crítico cántabro José María de Cossío, lo más destacable de la producción poética de Concepción Arenal. Y ello por el carácter de originalidad que Arenal sabe imprimir al género. De hecho, el título completo de la obra es Fábulas en verso originales, con lo que Concepción ya subrayaba su peculiaridad. Según Cossío destaca en sus Cincuenta años de poesía española, lo particular de las fábulas arenalianas estriba en que en cierto modo aventajan a las escuetas moralejas de las fábulas habituales, superándolas en trascendencia. Sin embargo, existen también otros caracteres que convierten a estas enseñanzas fabuladas en unos textos ciertamente singulares; entre ellos, la temática abordada y la forma de acometerla.
Por lo que respecta a los temas de las fábulas, predominan las reflexiones sobre la educación y la caridad, lo que –como bien sabemos por los asuntos tratados en sus múltiples obras– resulta plenamente coherente con la labor intelectual de la escritora montañesa en el campo del ensayo. Pero además hay otros motivos recurrentes, como la política, la justicia, la sencillez de espíritu (con manifiesto énfasis en el sentido del sacrificio) y, curiosamente, el juego, fustigado en varias de las fábulas. Se observa, por tanto, una cierta funcionalidad o pragmatismo de los problemas planteados –a diferencia de las fábulas clásicas, más ocupadas de realidades abstractas o de conflictos morales– y hasta una notoria actualidad en las escenas, como acredita, por poner sólo un ejemplo, la fábula “El chaparrón de las truchas”, en que se caricaturiza una reunión social perfectamente posible en el XIX, o las de “El león enfermo” y “El oso y el lobo”, en las que se censura de modo solapado el sistema de elecciones vigente.
Esto último enlaza –y aquí entramos ya en consideraciones de índole formal– con un cierto costumbrismo presente en los textos de Arenal; costumbrismo que ya Cossío señaló con acertado criterio –y que señaló además como otro rasgo de originalidad de las Fábulas en verso– y al que Concepción Arenal no podía sustraerse, dada la época en que vivió y escribió. Porque las fábulas de Arenal están sembradas de descripciones de su entorno físico y afectivo, de decorados que presentan fragmentos de realidad, con lo que la obra se convierte casi en un manual de instrucciones para el momento presente –o que lo tiene en cuenta, al menos– en lugar de ser un recetario moral intangible y sin tiempo.
Otro aspecto formal reseñable y que resulta evidente a partir de la mera lectura es el aspecto dialogado de las fábulas, lo que por lo general contribuye al alargamiento del desarrollo de la historia fabulada. A diferencia de la fábula tradicional, que suele ser de carácter eminentemente narrativo, los textos de Arenal introducen las intervenciones directas de los personajes, prescindiendo incluso en algunas ocasiones de explicitar los preámbulos o la ambientación, cometido que queda así confiado al transcurso del diálogo. No es desdeñable en este particular el posible influjo de las fábulas de Hartzenbusch, muy apreciadas en su momento, y que concedían precisamente una gran importancia a los pasajes dialogados. El metro breve que emplea Concepción Arenal en estas composiciones favorece, además, las intervenciones rápidas y alternas de los personajes en unas historias que, paradójicamente, resultan en ocasiones más prolongadas de lo que debieran. Veamos una muestra:

EL RETRATISTA
Quiso retratarse un tuerto.
Llamó al efecto a un pintor,
Y no tuvo el buen señor
En verdad, muy buen acierto.
Retratóle de perfil
Del lado del ojo sano
Y el hombre le dijo: “Hermano,
Este no es Mateo Gil.
Y es grande puerilidad;
Tuerto soy de todos modos;
¿Cuándo pueden verla todos
A qué ocultar la verdad?
Venga, pues, otro retrato,
Que pronto a pagarle estoy,
Mas no quiero, por quien soy,
Pasar por un mentecato”.
Y haciendo nuevo concierto
El pintor adocenado
Lleva el perfil dibujado
Del lado del ojo tuerto.
Gil le dice: “Pues reniego
De tan singular artista;
¿Con que allí con buena vista
Aparezco, y aquí ciego?
Es una idea excelente
Y de admirarla no acabo;
O no te doy un ochavo,
O me retratas de frente”.
“En subterfugios sutiles
¿A qué andar? Es excusado.
Confieso a usted mi pecado:
No sé hacer más que perfiles”.
Lo mismo que este pintor
Hace el vulgo de los jueces,
Perjudicando unas veces,
Y otras haciendo favor.
Y es absurdo, vive Dios,
Que, por torpeza o por dolo,
Nos pinten de un lado solo
No siendo iguales los dos.


Lo cierto es que el volumen de las Fábulas en verso originales debió de colmar no sólo las aspiraciones didácticas de su autora, sino también las del público e incluso las de los responsables de educación del momento, dado que la obra pronto vio una segunda edición –en 1854–, al tiempo que fue declarada de interés académico y su contenido aprobado como obra de texto para la enseñanza en las escuelas de instrucción primaria –si bien en la práctica no lo fue por un periodo de tiempo muy prolongado–. Esta consideración de la obra arenaliana no resulta extraña en un siglo en que se concebía la tarea educativa –específicamente en las primeras fases de la formación– como labor de casi exclusiva competencia femenina; no parece baladí, no obstante, resaltar que la obra aparece firmada con el nombre “C. Arenal de Carrasco”, es decir, con mención expresa al apellido conyugal y con significativa omisión del nombre de pila, con la consiguiente incertidumbre sobre el sexo del autor.
Más atípico puede parecernos hoy que semejante texto estuviese destinado a los alumnos de primera enseñanza, sobre todo a juzgar por los temas (excesivamente austeros en algunas de las historias) y la exposición formal de los mismos en muchas de las fábulas (con notables indicios de sus lecturas personales y con una prosa no sin ciertas dificultades léxicas). En todo caso, este rasgo de texto oficial se ve acentuado en la propia presentación física de la obra, más descuidada en su tirada primera y en cambio más orientada a lo escolar en su segunda edición, pues una escena académica decora la portada, y se incluyen así mismo como remate ornamental pequeños grabados alusivos al desarrollo de cada una de las historias.

El poema España en África

El problema de la Patria siempre constituyó para Concepción Arenal un asunto de ineludible interés. Tal vez porque su propio padre estuvo de algún modo vinculado a los destinos políticos de España por su participación en la Guerra de la Independencia. Ángel Arenal militó entre los liberales con dedicación inquebrantable, lo que le valió no pocos disgustos; de hecho, fue procesado en dos ocasiones: en la primera, acaecida en 1819, salió libre y sin cargos, pero en la segunda, sobrevenida con motivo de la depuración de Calomarde de 1827, resultó condenado y encarcelado. Por otra parte, la relación con la política también pudo experimentarla la joven Concepción a través de otros familiares bien próximos: por una parte un tío materno –el Conde de Vigo–, que ocupó un lugar no oscuro dentro de la Corte de Isabel II y que auxilió a la viuda de Ángel Arenal y a sus hijas durante su estancia madrileña; y por otra un primo de su padre, Manuel de la Cuesta, gobernador civil de Zamora, con el que Concepción mantendrá una asidua correspondencia en función de su intensa –desmedidamente intensa, podríamos decir– amistad.
En este entorno, no sorprende que Arenal, ya desde su primera juventud, y como anteriormente apuntamos, componga poemas con España como tema. Los primeros conocidos datan de 1842, y responden a una visión un tanto derrotista derivada de los conflictos generados a la sombra de Espartero. Veamos un ejemplo:

¿Cómo eres, dime, España, tan querida
que, al pronunciar tu nombre sacrosanto,
con amargo dolor o dulce encanto
sufre el alma, o bien goza embebecida?
¿Yo que en tu seno recibí la vida,
pagarete este don con tierno llanto?
¿Porque al mundo humillado fuiste espanto
contemplaré tu gloria enternecida?
No, que nunca la fuerza fue un derecho,
no hay gloria si con sangre está manchada,
ni es un bien el vivir; que en mi despecho
sólo una tumba fuera deseada.
No orgullo o gratitud mueven mi pecho.
Si te amo tanto es por desventurada.

Dentro de la misma serie de poemas hablará Concepción del “destino aciago de la triste España” en su poema dedicado a la memoria del general Córdoba, héroe de Mendigorría o Arlabán, y no faltan otras composiciones con menciones explícitas al término “Patria” y su concepto.
En las Fábulas en verso originales tal preocupación sigue presente, aunque se expone de un modo más discreto: “El león enfermo” resulta, en este sentido, una crítica cautelosamente acerba del ambiente y asechanzas de la Corte; el precario estado de la economía española se entrevé en “Los monos fabricantes”...
En el poema España en África se aúnan todos estos temas, junto a algunas otras preocupaciones y tópicos característicos del quehacer intelectual de Arenal: la guerra frente a la paz, la impiedad de los no cristianos (en este caso, musulmanes), la valentía de unos frente a la cobardía de otros, la crítica situación política española...
El poema fue presentado por Concepción Arenal a un concurso que, convocado por la Real Academia Española en 1859 (no en 1861, como suele decirse), tenía por objeto premiar uno o varios cantos laudatorios de las glorias militares hispánicas en las campañas africanas. Parece ser que el concurso se resolvió de modo favorable a ciertas composiciones que, a juicio de Arenal, no alcanzaban méritos suficientes, en tanto que la suya propia fue desechada. La lectura de los poemas ganadores impulsó a la escritora montañesa a intentar publicar sus versos en un diario de difusión nacional, con intencionada ocultación de su autoría; ella afirma que lo hace así para que no se sospeche de un afán de notoriedad por su parte, aunque más bien parece que Concepción procede de este modo porque se intuye excluida de entre los premiados por motivaciones extraliterarias (quizá políticas o de sexo). La inocente maniobra fracasó, y Arenal se quejará amargamente, en carta privada a Gertrudis Gómez de Avellaneda, sobre el particular:

“... aunque sé que somos muy pocos los que sinceramente deseamos el triunfo del talento y estamos dispuestos a reconocerle y respetarle, todavía me pareció que a favor del anónimo era posible que pasasen mis cuartetas. ¡Ilusión! La aduana literaria está perfectamente montada y es género de ilícito comercio cualquiera mercancía que no venga en bandera nacional; mis versos son extranjeros en todos los puertos, debían decomisarse y se decomisaron”.

Ya en 1861, ante la consideración de que definitivamente no iba a hacerse justicia a la composición, Arenal decide publicar el poema España en África por su propia cuenta, en forma de Apelación al público de un fallo de la Real Academia Española. Poema presentado a la misma en el último certamen extraordinario, escrito por Doña Concepción Arenal de García Carrasco, que fue el título asignado a un “rebelde” opúsculo que contenía el poema en cuestión, encabezado por una página de contenida protesta que reproducimos a continuación:

“Habíamos pensado que precediese a este poema un prólogo, pero hemos visto que era imposible escribirle sin entrar en un terreno a que no queremos descender nunca ni con ningún motivo; nos limitaremos a hacer dos observaciones.
Esta composición tiene muchos defectos, algunos de tal naturaleza que basta el transcurso de algunas semanas para que los corrija el mismo que incurre en ellos; otros han sido notados por personas ilustradas a quienes tributamos nuestro sincero reconocimiento, pero la buena fe exige que este poema se imprima tal como se presentó al concurso.
¿Por qué no se imprimió antes? Vivíamos retirados en un rincón de una apartada provincia cuando supimos que la Real Academia Española abría un certamen extraordinario cuyo objeto era celebrar las glorias de nuestras armas en África. En aquel retiro escribimos este poema remitido al certamen en tiempo oportuno, y allí supimos por los periódicos los nombres de los autores premiados y mencionados honoríficamente; en cuanto a sus composiciones, hace pocas semanas que las conocemos, y su lectura nos ha impulsado a publicar la nuestra, aunque estamos lejos, muy lejos, de considerarla como una obra perfecta y acabada.”

Tan por su cuenta corrieron los gastos de la publicación del poema, que en su propia contraportada figura una curiosa anotación impresa:

“Véndese a 4 reales en Madrid, Librería Española, calle de Relatores, número 14, y en la de Moro, Puerta del Sol. Los señores de provincias que quieran adquirir este poema, lo recibirán por el correo franco de porte, mandando 4 reales en sellos o libranzas a favor de la autora, calle de Jesús del Valle, 34 y 36”.

Tras este “público” fracaso, pocos más hubo de conocer Concepción Arenal. Lo habitual, por el contrario, era que obtuviera el premio primero –o cuando menos, alguna mención– en cualquiera de los certámenes a que se presentaba, bien en verso, bien en prosa. De hecho, y posiblemente escarmentada por lo sucedido con la Real Academia Española, presentó en el mismo año un ensayo sobre La beneficencia, la filantropía y la caridad a la Academia de Ciencias Políticas y Morales bajo el pseudónimo masculino de su hijo (que por entonces contaba sólo diez años de edad). Al abrirse la plica y descubrirse el subterfugio, se generó una polémica que, no obstante, acabó resolviéndose en favor de la premiada, con lo que Concepción Arenal se convirtió en la primera mujer galardonada por la Academia. Posteriormente, la misma Academia de Ciencias Políticas y Morales reconocerá en diversas ocasiones la valía de otros escritos de la autora de origen montañés.

* * *

Con estos breves apuntes hemos querido presentar una determinada faceta –la literaria– de la obra de Concepción Arenal, que nos parece interesante por menos conocida y también por sugestiva de múltiples aspectos del carácter personal de la escritora gallego-montañesa. En la lectura de sus versos se percibe a la mujer tenaz, culta y sensible, a la mujer cuyo tesón hizo posible que, tras dificultades y obstáculos, su nombre perviva como ejemplo de humanidad y estudio hasta hoy, hasta esta misma tarde en que la estamos evocando.

HEINE LEÍDO POR MENÉNDEZ PELAYO. Historia de una admiración oscilante

No existe lector alguno, mínimamente avisado o iniciado en la obra de Marcelino Menéndez Pelayo, que desconozca la extraordinaria tendencia categórica en las opiniones formuladas por el genial polígrafo montañés. Tendencia esta derivada, casi diríamos que legítimamente, de la descomunal capacidad de juicio crítico de don Marcelino, asentada sobre un caudal inverosímil de lecturas y sobre la más profunda reflexión acerca de ellas.
Sin embargo, en el caso de Heinrich Heine, puede constatarse por parte de Menéndez Pelayo una percepción pendular de la obra poética del de Düsseldorf, que afectó incluso, siquiera parcialmente, a la recepción de la lírica del romántico alemán en España, y en especial, a la recepción de su obra traducida. Una percepción pendular posiblemente acorde con el propio espíritu oscilante de Heine, que creyó con franca hondura en los motivos y sentimientos del Romanticismo para después desacreditarlos y escarnecerlos: Heine se valió de caballeros y castillos, gnomos y ondinas, brujas y espectros, siendo un burgués revolucionario y un incrédulo volteriano; adorando los mitos, quiso destruirlos todos; Heinrich Heine, primitivo y refinado al tiempo, fue arromántico entre los románticos.
Los dos textos que queremos introducir con estas líneas dan testimonio, en mayor o menor medida explícito, de las diferentes etapas de apreciación de Heine por parte de Menéndez Pelayo. Se trata, por un lado, de un trabajo a modo de prólogo, firmado por don Marcelino expresamente para el libro Poemas y Fantasías de Enrique Heine; este libro apareció en Madrid en 1883 por obra del editor Luis Navarro, y consistía en una traducción al verso castellano de una parte importante de la lírica de Heine, realizada por José Joaquín Herrero. En segundo lugar, se presenta una carta extraordinariamente elaborada, remitida por Menéndez Pelayo a Pérez Bonalde con motivo de la publicación por éste, en 1886, de la traducción del Cancionero (Das Buch der Lieder) del vate alemán. Intentaremos desgranar las principales aportaciones de ambos textos, así como complementarlos con documentos añadidos, para su más detallada comprensión por el lector.

El prólogo de Menéndez Pelayo a los Poemas y Fantasías de Enrique Heine, traducidos por José Joaquín Herrero

En junio de 1883 aparece un texto fundamental para la aprehensión de cuál pudiera ser el juicio crítico sostenido por Menéndez Pelayo acerca de la obra poética de Heinrich Heine. Dicho texto, publicado no de modo independiente, sino inserto bajo la forma de prólogo en el ya citado volumen, Poemas y Fantasías de Enrique Heine, de José Joaquín Herrero, contiene además declaraciones sustanciosas sobre la concepción estética que de la lírica (no ya del escritor alemán, sino en general) albergaba el polígrafo montañés.
De este texto existen dos versiones: la que se presenta en el volumen original de Herrero de 1883, que se corresponde con el tomo LXI de la Biblioteca Clásica; y la que aquí se publica, tomada de la Edición nacional de las obras de Menéndez Pelayo. Estudios y discursos de crítica histórica y literaria (1942)
[1]. La versión original contenía unos párrafos finales que en la mencionada Edición Nacional fueron suprimidos, debido ello a que ésta se basaba, a su vez, en la segunda serie de los Estudios de crítica literaria de la Colección de Escritores Castellanos[2], en que tales párrafos no figuraban. Los párrafos en cuestión, que transcribimos por parecernos enjundiosos, eran los siguientes:

“A tan soberano autor [Heine] nos presenta traducido en verso castellano el joven y distinguido poeta valenciano don José J. Herrero. A quien con empresa de tal magnitud se estrena en la república de las letras, poco pueden halagarle los elogios de rigor en un prologuista y en tales ocasiones. No aspire ciertamente el señor Herrero al lauro de la perfección en intento tan difícil y en tan copioso número de versos. Pudo conseguirla Florentino Sanz en una docena de canciones escogidas y cuidadas con particular esmero; pero en una obra larga nadie escapa de inevitables desigualdades. Así y todo, compárese esta versión del Intermezzo con las cinco o seis que hasta ahora tenemos en castellano y, a mi entender, se la encontrará más poética y más fiel que las restantes. La traducción de las colecciones posteriores todavía me agrada más, porque la mano del traductor corría más suelta y ejercitada, y había llegado el señor Herrero a identificarse más con el espíritu del original que traducía. Pueden notarse, en verdad, algunos versos flojos de cadencia y número, tal o cual expresión prosaica, y alguna no muy propia; defectos fácilmente perdonables cuando el conjunto agrada y da una idea bastante exacta de las bellezas de los Lieder. Por mi parte, sólo aconsejaré al señor Herrero que procure acercarse todo lo más posible a la frase alemana, en los casos en que ésta difiera del texto en prosa que el mismo Heine autorizó en París, modificándole con frecuencia él o su traductor por escrúpulos y consideraciones nimias al meticuloso gusto francés, que no deben hacernos fuerza en España.
Aunque sus propios versos originales no lo acreditaran, bastaría esta versión para dar al señor Herrero crédito y nombre de poeta. Su educación literaria, sana y severa, basada principalmente en el estudio de los modelos de las literaturas inglesa y alemana, nos hace esperar de él que ha de trasladar con feliz éxito a nuestra literatura, bien necesitada hoy de savia vigorosa, elementos nuevos y dignos de vivir y florecer bajo todos los climas”.

Como se ve, son estas las líneas más duras –aunque corteses– con el quehacer de José Joaquín Herrero, contra el que Menéndez Pelayo no escatima las críticas: fidelidad pero desconocimiento de la sintaxis alemana son las pinceladas esenciales con que queda caracterizada la traducción del valenciano.
Sumamente interesante resulta la mención a Florentino Sanz, intelectual muy vinculado a los círculos madrileños, donde era conocido en tanto periodista (con fama de mordacidad y agudeza notables) y cuyas obras de teatro no gozaban de mala consideración
[3]. Pero además, Florentino Sanz fue un meritorio traductor del alemán, y de hecho, a él se debe la introducción de la lírica de Heine en España, con la versión (excelente, si seguimos este juicio algo tardío de Menéndez Pelayo) que hizo al castellano de algunos de los Lieder del poeta de Düsseldorf en 1857.
Marcelino Menéndez Pelayo profesó en una etapa de su vida lectora (al tiempo temprana etapa de su propia biografía), como antes avanzamos, un odio sin tasa hacia la lírica heiniana. Intuimos que pudo y hasta debió de ser la traducción de Sanz, junto –quizás– con las sugerencias de su amigo Amós de Escalante, avezado lector de poesía europea (de calado superior y talante más abierto en este particular que don Marcelino, sin contar con su mayor edad), quien le introdujo en el conocimiento profundo y posterior valoración de la poesía de Heine
[4]. Pero ciertamente, los primeros pronunciamientos “anti-Heine” hubieron de ser tan virulentos como célebres. Así cabe deducirse no sólo de las propias palabras de don Marcelino con que se inicia el prólogo a la obra de Herrero[5], sino incluso de testimonios de amigos y conocidos. En estos términos se expresaba, verbigracia, Emilia Pardo Bazán en carta a Menéndez Pelayo de fecha 23 de julio de 1884:

“... me ruborizo de que la amistad –pues crítica no puede ser– me ponga por encima de Zola, al cual, como a Heine, acabará usted por hacer cumplida justicia.”
[6]

Sin embargo, para junio de 1883, y con tan sólo veintisiete años, ya había mudado don Marcelino tanto de parecer como para ser capaz de escribir un prólogo en el tono más encomiástico posible, menos hacia el traductor que hacia el traducido. Hasta el punto de que su amigo Juan Valera le recriminará esta actitud de forma un tanto agria en carta personal de 5 de agosto del mismo año
[7]:

“Acabo de recibir la carta de usted del 2 [de agosto] con el artículo de Heine. Empiezo por decir que el artículo me ha gustado mucho; me parece ingenioso, discretísimo, como todo lo de usted. En cuanto al juicio y a la tasa que del mérito de Heine hace usted, estoy conforme, si bien rebajando el encomio en más de la mitad. Créame usted, usted no lo puede remediar: ya por desgracia lo remediará el tiempo. Usted, con toda su sabiduría, es aún un chiquillo, y se deja arrebatar del entusiasmo. La vaciedad y la ñoñería de no pocos Lieder son evidentes, y nadie dejará de verlas cuando pase la moda.
En la extremada alabanza de Heine, perdóneme usted que se lo diga (yo le conozco a usted como si le hubiera parido) le lleva a usted un poco el deseo (casi inconsciente) de vejar algo a los Heines castellanos. Tampoco en eso tiene usted razón: Bécquer vale tanto o más que Heine, en calidad, si no en cantidad.
Por último, yo hallo el mérito de la poesía lírica de Heine tan dependiente de la forma que todo o casi todo se evapora traducido: esto es, suponiendo que le haya, y que no consista parte de él en la susodicha moda, en que los alemanes son más cándidos y dóciles que nosotros para admirar, y en que nosotros, poco conocedores de la lengua alemana y prevenidos por la fama a favor del poeta, creemos hallar primores de estilo donde no los hay. […]
Consérvese usted bueno y escriba mucho, porque todo lo que escribe es bello, aunque no siempre sea verdadero del todo.”
[8]

Posiblemente, el motivo del notable cambio de actitud de Menéndez Pelayo con respecto a Heine obedezca a condicionantes derivados de su propia percepción estética de la poesía. Para don Marcelino era esencial el predominio de la forma sobre el fondo en la composición poética: lo que él llama, en el primer texto que aquí se presenta, “la poesía como escultura”. Esta poesía, cincelada a base de metros y acentos perfectos (canon tomado, sin duda, de la literatura clásica, greco-latina) tenía poco que ver con la musicalidad, sobre todo de conceptos, que transpiraba la poesía del alemán, máxime si ésta era interpretada, además, a través de traducciones. En total coherencia con tal pensamiento y tales circunstancias determinantes, manifiesta en su prólogo don Marcelino: “No es plástica la poesía de Enrique Heine, pero encierra misterios de sentimiento y recónditas armonías, no concedidas a la línea. La misteriosa virtud de esta poesía no penetra por los ojos, pero empapa con tenue rocío el alma. […] Y grande debe de ser, sin duda, el oculto prestigio de estos versos, capaces todavía de conmover en lengua extraña”.
No deja de ser también interesante, en relación con el contexto romántico en que se enmarca la obra heiniana, la mención por parte de Menéndez Pelayo de una carencia de “espíritu nacional”, entendida en términos positivos. En un entorno intelectual en que el ideal del Volkgeist sobrevolaba gran parte de la producción filosófica, histórica y literaria del momento, Heine practica una poesía “intensamente lírica y desligada de las condiciones de raza y tiempo”.
En todo caso, es necesario decir que la principal aportación de la traducción de Herrero radicó precisamente más en una cuestión de cantidad que de calidad, al menos según el parecer explícito de Menéndez Pelayo que ya se ha resaltado: traducciones esporádicas de Heine ya existían, pero no de un volumen tan amplio, con intención compiladora, de su poesía. Es incierta, no obstante, la afirmación de don Marcelino, de que sea ésta una versión de la obra poética completa del alemán
[9]; esta misma medalla la reclamarán no mucho más tarde para sí, también inadecuadamente, Teodoro Llorente y Antonio Pérez Bonalde, traductores al unísono de Heine (dado que ambos publican sus trabajos en 1886).

La carta de Menéndez Pelayo inserta en la traducción del Cancionero de Heine realizada por Pérez Bonalde

La carta que se presenta a continuación da testimonio renovado de la admiración de don Marcelino por la obra poética de Heinrich Heine, al tiempo que de su marcada preferencia –entre las otras existentes al efecto, más o menos incompletas– por la versión al castellano que realiza Pérez Bonalde.
No perdamos de vista que con anterioridad a esta fecha ya se había publicado el trabajo de Herrero que hemos estado comentando en los párrafos precedentes, y que también en este mismo año de 1886 aparece, bajo los auspicios de la Biblioteca “Arte y Letras”, una amplia traducción de Poesías de Enrique Heine realizada por Teodoro Llorente
[10]. Sin embargo, de una y otra hace don Marcelino caso omiso (o mención pública omisa, al menos), cumpliendo con ello el adagio de que no hay condena más elocuente que la del silencio[11]. En otro lugar, no obstante, dará muestras Menéndez Pelayo de cortesía suficiente para con Teodoro Llorente[12]:

“Un alma tan poética como la suya, tan afectuosa y comunicativa, no puede menos de estremecerse al contacto de la inspiración ajena y mezclarla con su propia inspiración. A casi todos los grandes poetas del siglo XIX, y aun a muchos de segundo orden, ha tributado espléndido homenaje, poniendo en rima castellana sus más selectas obras o las que más se conformaban con nuestro gusto y mejor podían adaptarse a nuestra lengua. De este modo ha contribuido, más eficazmente que nadie, a la educación literaria de nuestro pueblo, introduciendo con parsimonia y discreción elementos nuevos, no por medio de secos análisis y adaptaciones crudas, sino haciendo verdaderamente españolas las composiciones que traduce, lo cual no es desfigurarlas, sino infundirles una segunda vida poética y aclimatarlas bajo distinto cielo. Así, merced a la sabia industria del señor Llorente, parecen los Lieder de Enrique Heine emanaciones espontáneas de nuestra lírica popular refinadas y sutilizadas por el arte.”

En todo caso, en privado sí manifiesta don Marcelino su abierto parecer, en carta dirigida, de nuevo, a su amigo Juan Valera, con fecha 30 de marzo de 1886
[13]:

“Supongo que a estas horas habrá visto usted ya el Buch der Lieder de Enrique Heine, traducido por Pérez Bonalde fidelísimamente, según yo alcanzo, y a veces con primor de versificación y de estilo. [...] El poeta valenciano Teodoro Llorente acaba de publicar otra versión del mismo Cancionero, que también me parece apreciable, aunque no iguala ni con mucho a la de Bonalde. Tal es, a lo menos, mi primera impresión.”

Es obvio que esta carta, por su inocencia expositiva, se cruzó con una mucho más contundente que cuatro días antes (el 26 de marzo) le había enviado Juan Valera a Menéndez Pelayo desde Nueva York
[14]:

“Anoche convidé a comer en un restaurant de aquí a un empleado (el que dirige lo español) de la casa de Appleton, a García, director de las Novedades, y a nuestro amigo Pérez Bonalde, que poetiza en sus ratos de ocio y se gana la vida en casa de un semi-boticario y semi-perfumista en grande, que hace píldoras y aguas de olor, y puede dar de sueldo al poeta cinco mil duros al año. Este acaudalado boticario ha costeado la edición del Cancionero de Heine que, como usted comprenderá, dejando a un lado la gratitud por la dedicatoria, no puede venderse a fuerza de ser la traducción fiel, al menos en lo exterior.
Póngase usted en el caso de que uno ignore que hubo Heine en el mundo y que Heine metió tanto ruido, y lea en seguida sin prevención los versos bonaldianos, y apenas tendrá usted paciencia para leerlos. Le parecerán la obra de un desmañado imitador de Bécquer, sin chiste, sin estilo poético y con rarezas y extravagancias tan tontas, que pensará usted que no tiene sano el juicio.
Claro está que esta condenación mía cae principalmente sobre las cancioncillas cortas, cuyo primor, si le hay en el original, estriba en cierto hechizo peculiar, idiomático, castizo, exclusivamente del alemán, y que se esfuma y evapora tanto más cuanto la traducción es más literal. En ciertas composiciones algo más extensas, en que hay descripción y narración, ya se entrevé en lo traducido al gran poeta, y aún la traducción misma es menos rastrera y prosaica; tiene a veces locución poética, como en El crepúsculo de los dioses. Por lo demás, Pérez Bonalde es excelente sujeto. Tiene buen gusto, estilo y entusiasmo, y si se pone a hacer un Cancionero de su cosecha, saca en la mitad del tiempo otro mil veces mejor y de más agradable lectura que el que de Heine ha traducido, sobre todo para el que no sepa que todas aquellas ñoñerías son de Heine.”

Parece evidente, según cabe inferir de las letras de Valera, que Bonalde debía de ser un sujeto avispado. Prueba inequívoca de ello es la sutileza con que se atrajo la crítica más favorable de Menéndez Pelayo en la forma más elegante posible: la de una carta. Un prólogo siempre resulta sospechoso de elogiosidad forzada (aunque no era don Marcelino precisamente proclive a ese género de debilidades), pero es indiscutible que una carta goza de una apreciación externa de naturalidad y sinceridad inigualables. Y una carta es lo que le solicita Pérez Bonalde a Menéndez Pelayo. Porque la carta que se incluye en el Cancionero, y que aquí se presenta, no es espontánea, sino un encargo. Veámoslo.
En epístola personal de 12 de agosto, escribe Bonalde a don Marcelino desde Nueva York las líneas siguientes
[15]:

“Ahora bien, vamos al principal motivo de esta carta: el libro llevará un Prólogo-Juicio del Dr. D. Juan Fastenrath, a quien usted conoce: excelente padrino; lleva además la dedicatoria a usted, que es a la vez honra y gloria; y para ser completa mi satisfacción y real el éxito y valor literarios de una obra que por mi propio débil esfuerzo jamás llegaría a obtener , sólo hace falta al frente de mi pobre trabajo el patrocinio de un nombre ilustre como el del insigne Don Marcelino Menéndez Pelayo: unas cuantas líneas de portada, ora en forma de carta, ora de prefacio o introducción sencillísima: nada de elogios que por una parte yo no merezco y que por otra le pondrían a usted en apuros de bondad que yo deseo evitarle. No sé realmente cómo me he atrevido a hacerle semejante propuesta...”

Menéndez Pelayo tardará cinco meses en dar cumplimiento al encargo. Pero al fin, a 20 de diciembre de 1885, envía la ansiada carta a Pérez Bonalde, que ha estado esperando todo ese tiempo sólo por incluir la epístola de marras en su Cancionero; porque cuando Bonalde escribió en agosto a don Marcelino, ya tenía impresas las primeras pruebas del libro. De hecho, en la portada
[16] y entradas diversas del volumen aparece como fecha de publicación el 1 de septiembre de 1885, cuando en realidad el libro no salió a la luz hasta la primavera de 1886 por esta causa; el copyright sí es de 1886.
La espera mereció la pena. La carta, en su apariencia de privacidad, es una loa impecable que tendrá para Pérez Bonalde la virtud de dejarle fijado no como “un” sino como “el” traductor de Heine en España. Sólo una lectura muy atenta deja al descubierto un pequeño desliz de don Marcelino, que hace patente la auténtica naturaleza de la epístola; pues hablar de la conveniencia de no influir en el ánimo de los lectores con su juicio no procede en una serie de consideraciones de índole estrictamente personal, destinadas en teoría a un único lector, que no sería sino Pérez Bonalde
[17].

* * *

Hasta aquí hemos intentado esbozar unos breves apuntes que permitan situar nuestros documentos en su debido contexto y que proporcionen algunas claves esenciales pertinentes para una lectura mínimamente rentable. Podríamos haber hablado más de Heine y de la introducción del Romanticismo en España, o bien haber desmenuzado los contenidos de las diversas traducciones al castellano de la lírica heiniana, o incluso haber dado noticia detallada de cada una de las menciones que Menéndez Pelayo realiza, a lo largo de sus obras, de los criterios sostenidos por Heine sobre asuntos diversos. Sin embargo, se entenderá que cualquiera de estos temas rebasa por extensión y propósitos los límites de estas páginas. Páginas que sólo han pretendido inducir a la lectura de párrafos feraces firmados por un humanista español irrepetible, y también –por supuesto– a la lectura de un poeta alemán tan radical y hedonista como indispensable.
[1] Concretamente, del tomo V, dedicado al siglo XIX, y en particular del apartado de “Hispanistas y literaturas extranjeras”, en que se trata específicamente la personalidad de Enrique Heine (págs. 407 a 411).
[2] Colección de Escritores Castellanos. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1895, págs. 341-350.
[3] Especialmente reconocidas fueron por entonces Don Francisco de Quevedo y Achaques de la vejez
[4] Dado que la obra en prosa fue siempre de su agrado. Véase cómo le cita con frecuencia, y en general con carácter laudatorio, en su Historia de las Ideas Estéticas en España: vol. I, capítulo III; vol. IV, capítulos I, II y III; vol. V, capítulos III y V; así como en los Estudios y discursos de crítica histórica y literaria: vols. I, III, IV y V.
[5] “Confieso que en otro tiempo gustaba yo poco de Enrique Heine, considerado como poeta lírico. [...] Pero el gusto se educa [...]. Así es que nuevas lecturas de Enrique Heine no sólo me han reconciliado con sus versos, sino que me han convertido en el más ferviente de sus admiradores y el más deseoso de propagar su conocimiento en España [...] voy a ponerme a bien con mi conciencia y a desagraviar a Heine de antiguas ligerezas mías que, afortunadamente, no están escritas en ninguna parte, pero que no dejan de pesarme como si lo estuvieran.”
[6] Véase el vol. VI del Epistolario de Menéndez Pelayo, y en concreto la carta número 399 (págs. 131-133).
[7] Véase el vol. VI del Epistolario de don Marcelino; esta carta aparece con el número 163 (págs. 175-177).
[8] Esto escribía Juan Valera quien, no obstante, se había decidido por su cuenta a traducir a Heine, y en concreto su Firdusi, poema de tema histórico perteneciente al Romancero heiniano. Consúltese al respecto el IV vol. de los Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, el capítulo dedicado a “Estudios Poéticos” del siglo XIX, y en concreto el epígrafe “Canciones, romances y poemas de Valera” (págs. 361-395). Afirma allí Menéndez Pelayo: “Enrique Heine caracteriza admirablemente el poema de Firdusi al principio de esta leyenda suya, cuya traducción es uno de los mayores triunfos del señor Valera” (pág. 382).

[9] “... al dar a luz, por primera vez en rima castellana, todas las obras poéticas del insigne vate alemán”. Al ser incierto lo de “todas”, se invalida también la aserción “en rima castellana”, aplicada a la supuesta totalidad de la lírica heiniana. La observación, sin embargo, se hacía en función de alguna traducción circulante del Intermezzo, realizada en prosa por Manuel María Fernández, que era traducción a su vez de una versión francesa también en prosa de Gérard de Nerval, duramente denostada por Sellén. En relación con el Intermezzo, fue en efecto Francisco Sellén el primer traductor (en 1875) de este poemario al completo y directamente del alemán, tomando para ello una edición publicada en Filadelfia en 1865. Como versiones anteriores sólo reconoce la de Fernández en prosa (1873) y otra de Mariano Gil Sanz (1867), pero “absolutamente libre y descabellada”, además de los poemas sueltos “admirablemente traducidos” por Florentino Sanz y de otra versión en prosa, ésta muy loada, debida a la pluma de Néstor Ponce de León (a la sazón editor del Intermezzo Lírico de Sellén).
[10] Este volumen se reeditará en 1908, y Llorente se lo remitirá a don Marcelino en demanda de su opinión. Véase al respecto la carta 832 del vol. XIX del Epistolario de Menéndez Pelayo, que envía a éste Llorente: “Por este mismo correo envío a usted, en paquete certificado, mi nuevo libro Poesías de Enrique Heine. Nuevo, lo es en parte. Conoce usted la edición que hizo, más de veinte años ha, la Biblioteca de Arte y Letras. Esta Biblioteca ha hecho ahora una segunda edición, enteramente igual a la primera. Yo tenía más poesías traducidas de Heine, y otro editor de Barcelona se ha encargado de reunirlas todas en la edición que le remito. En ella verá, de nuevo, El Mar del Norte, Nueva Primavera y otras composiciones. Mucho le agradeceré que me diga su parecer sobre ellas.”
[11] El comentario que realiza Menéndez Pelayo en la carta dirigida a Bonalde no puede ser más significativo: “Si yo afirmase aquí redondamente que entre las traducciones castellanas de Heine (todas incompletas o parciales [¡recordemos que M.P. había calificado de “completa” la de Herrero tres años antes!] y muy pocas directas) no conozco ninguna que tan de cerca siga la letra del original y tanto se embeba en su espíritu [...], no diría ni más ni menos que lo que siento y creo que puede probarse en toda forma y con todo rigor dialéctico; pero como no quiero prevenir el ánimo del lector con paralelos siempre odiosos, reconozco de buena voluntad las dotes poéticas propias que algunos de estos traductores (comenzando por Eulogio Florentino Sanz) mostraron...”
[12] La cita corresponde al vol. V, dedicado al siglo XIX, de los Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, y en particular al epígrafe “Don Teodoro Llorente”, inscrito en el capítulo “Escritores de las regiones de Levante” (págs. 231-242; cita: págs. 236-237).
[13] Véase el vol. VII del Epistolario de Menéndez Pelayo, y en concreto la carta número 470 (págs. 255-257)
[14] Véase el vol. VII del Epistolario de Menéndez Pelayo, la carta 467 (págs. 253-255).
[15] Véase dentro del vol. VII del Epistolario de Menéndez Pelayo, la carta 297.
[16] En la portada hay una errata notable: la fecha, en números romanos, señala como datación de la publicación el 1835 (MDCCCXXXV), por omisión de la L correspondiente.
[17] El fragmento de texto a que aludimos lo subrayamos ya en la nota 11 de esta Introducción.

UNA APROXIMACIÓN A LOS CARMINA LATINA EPIGRAPHICA

I. Los Carmina Latina Epigraphica: el objeto y algunas consideraciones de partida.

Puesto que las páginas que han de seguir constituyen esencialmente no otra cosa que una primera aproximación a los Carmina Latina Epigraphica, una mera proposición de rutas de acercamiento a esta compleja realidad textual que nos ocupa, tal vez no sea inconveniente comenzar por perfilar unas pautas de definición que permitan reconocer con cierta claridad lo que es un Carmen Latinum Epigraphicum.
Esta labor, que así formulada deviene sencilla, resulta en realidad harto compleja si nos detenemos a analizar la diversidad de intentos que con tal propósito se han realizado, amén de los estrictos condicionantes que parece sugerir la particular naturaleza estilística y de género de los carmina epigraphica. En este sentido, la tendencia investigadora inmediata pasa ineludiblemente por la consideración casi exclusiva de los parámetros formales, con lo que como carmen epigraphicum debería reconocerse cualquier fragmento, por escueto que éste sea, en el que quepa medir siquiera un dáctilo. Si en estos términos se expresa Sanders, para otros autores, en cambio, un carmen epigraphicum implica algo más que simple forma, pues con buen criterio aducen que los carmina son precisamente eso –carmina- y así hablan de “cualquier posible sucesión de sílabas largas y breves dentro de un patrón métrico en un contexto epigráfico”... siempre que pueda “transmitir cierto sentimiento poético”
[1]. Plantean también dudas epistemológicas aquellos epígrafes en prosa que aportan fórmulas métricas del tipo “sit tibi terra leuis”, “hic situs est”, “te rogo praeteriens ut dicas”, etc. (no precisamente escasas, y menos aún en Hispania), e incluso las inscripciones cuyo texto está compuesto únicamente por una de estas fórmulas[2].
A la vista de esta pluralidad de percepciones, ya en un artículo nuestro anterior nos decantábamos por la necesidad de dibujar una definición en negativo, excluyente de todas aquéllas imprecisas o incompletas
[3]. Así parecen entenderlo también quienes se acogen a una literal traslación de la secuencia lingüística Carmina Latina Epigraphica; es el caso, por ejemplo, de Concepción Fernández, que en el prefacio a su traducción del repertorio epigráfico de Bücheler afirma de modo taxativo que “naturalmente, [los Carmina Latina Epigraphica] son poemas escritos en latín sobre un soporte epigráfico”[4]. Parece pertinente, en consecuencia, atenerse a apreciaciones de esta categoría, desechando por una parte lo subjetivo (y con ello las inexactitudes que conlleva), y por otra rígidos formalismos que no se nos antojan el indumento más adecuado para revestir fenómenos literarios, y menos aún poéticos.
Como se ha manifestado desde el principio, no es el propósito de estas líneas esbozar generalidades sobre los carmina epigraphica, por lo que para satisfacer tal demanda no podemos sino remitir a los múltiples trabajos que citaremos en la selección bibliográfica que queremos –esto sí– presentar aquí. No obstante, y por terminar de sugerir sucintamente los rasgos de estos epígrafes tan particulares, podemos precisar rápidamente que la excepcionalidad es quizá su aspecto más destacado, y desde varios puntos de vista.
En lo cuantitativo, los carmina epigraphica no llegan a suponer siquiera el 2% de la totalidad de inscripciones latinas conservadas, si hemos de seguir los cómputos realizados por Jory, Testini o Sanders
[5]. Sin embargo, es obvio que un corpus de más de 4.000 epígrafes métricos posee entidad suficiente para ser estudiado, y que precisamente ese carácter “marginal” constituye per se un objeto de peculiar interés.
En lo temático, nos encontramos por lo habitual ante inscripciones impregnadas de un tono emocional y solemne, no ausente por supuesto de gran cantidad de epígrafes en prosa, pero que en los carmina se hace lenguaje específico, por no decir factor definitorio
[6]. Junto al tono, es también esclarecedora la recurrencia a ciertos temas propios: la apelación al viandante, el lamento ante la mors immatura... aspectos éstos sobre los que reincidiremos más adelante.
En lo geográfico debe señalarse una vez más la especificidad de los carmina, que se concentran mayormente en la Península Itálica (40% del total), aunque existen numerosas manifestaciones diseminadas por todas las provincias del Imperio; a continuación, es el África Latina el área en que la poesía epigráfica experimentó su más notable expansión, como atestiguan los casi 600 carmina que nos han llegado con esta procedencia, comprendidos entre los siglos I y VII d. C. (si bien en Roma y sus alrededores ha aparecido piezas que se remontan al siglo III a. C.)
[7].
En definitiva, éstas y otras peculiaridades han propiciado que llegue a crearse lo que no podemos calificar sino como un espejismo literario y terminológico, cuya pretensión es la de aislar estas producciones epigráficas del resto de las inscripciones por su carácter literario, y al tiempo de la literatura latina en general por su vertiente epigráfica. A nuestro entender, los investigadores deben ser conscientes de la singularidad de los carmina epigraphica –pues tal singularidad es un hecho evidente– pero sin acotar tan estrechamente el ámbito de desarrollo de estas manifestaciones inscritas, pues ello conduce por fuerza a conclusiones fragmentarias. Carece de sentido, por tanto, emplear marbetes del tipo “género lapidario”, que además de confusos, pueden llegar a resultar restrictivos y sectarios si son mal entendidos
[8].

II. Estado de la cuestión: postulados metodológicos y breve revisión bibliográfica.

A pesar de ser exhaustiva en grado sumo la bibliografía existente sobre los Carmina Latina Epigraphica, carecemos de una obra de conjunto que determine adecuadamente los límites dentro de los que deben y pueden considerarse estas composiciones epigráficas concretas. El carácter indiscriminado y aislado de los estudios que se han ido generando de tal modo
[9], carentes de esta perspectiva previa de conjunto, ha coadyuvado, igualmente, a la producción creciente de títulos sin unas directrices metodológicas específicas. Por otra parte, la ineludible esencia de los carmina epigraphica como testimonio en verso ha propiciado la proliferación de aportaciones y trabajos que han venido decantándose por la vertiente estrictamente filológica sugerida prima facie por estas inscripciones.
Sin embargo, son diversos los puntos de vista desde los que han de ser evaluados estos epígrafes en verso, si aspiramos a examinarlos con un mínimo de rigor. En realidad, el error de base consiste quizá en haberlos estimado, según se ha insinuado supra, como una suerte de desviación ajena a los epígrafes habituales (esto es, los escritos en prosa), por lo que inexplicablemente ha parecido oportuno dejar a un lado, al menos parcialmente, la metodología empleada de forma unánime con estos últimos por todo epigrafista.
Pero es que además puede aún apuntarse una consideración añadida: si los carmina epigraphica deben estudiarse siguiendo las “técnicas” habituales en cuanto epígrafes que son, hay que contar con que proporcionan una información adicional en tanto que textos literarios; ello los convierte ocasionalmente en testimonios más valiosos, si cabe, que muchas de las inscripciones en prosa que conservamos
[10].
Así las cosas, intentaremos esbozar el panorama de las principales publicaciones que han surgido con los carmina epigraphica como referente esencial, con el fin de constatar qué aspectos han sido o no tratados en relación con estas inscripciones.
El punto de partida inexcusable lo constituye el repertorio de carmina elaborado por Franz Bücheler (y continuado años más tarde por Ernst Lommatzsch a la muerte de aquél) a finales del siglo XIX
[11]. Evidentemente, ya antes de esta fecha existen estudios en revistas especializadas acerca de algunos epígrafes métricos concretos, e incluso hay quien se plantea consideraciones de carácter general sobre ellos (posibles talleres epigráficos, autoría real de los carmina...); pero fue Bücheler el primero que se ocupó en señalar la particularidad de las inscripciones en verso en cuanto tales al reunirlas en su repertorio de inevitable consulta. Sin embargo, el valor más evidente del trabajo de Bücheler y Lommatzsch, por lo demás, consiste en que nos han legado no ya una antología (especie cultivada con profusión en aquel entonces y aún en la primera mitad de nuestro siglo), sino un auténtico corpus completo de todas las inscripciones métricas conocidas hasta la fecha, en un número que alcanza las 2.299. La metodología seguida por esta publicación es sencilla: número de entrada, transcripción del epígrafe correspondiente puntuado y en minúsculas (completado con las restituciones oportunas), información relativa al lugar del hallazgo y aparato crítico detallado sobre loci similes, precisiones cronológicas, observaciones de contenido... El criterio que articula la aparición de las sucesivas inscripciones es el de los esquemas métricos utilizados; así se nos van presentando, con ligeras alternancias, los poemas en saturnios, senarios yámbicos, septenarios trocaicos, hexámetros dactílicos, dísticos elegiacos, endecasílabos falecios, coriambos y anapestos, y por último los que se califican como polymetra (combinaciones asistemáticas) y commatica (textos híbridos entre la prosa y el verso), amén de algunos fragmentos más o menos ininteligibles.
Animado por el ejemplo de Bücheler, Engström publica en 1911 su propio repertorio de carmina epigraphica, siguiendo las pautas de aquél
[12]; no obstante, la aparición en 1926 del supplementum de Lommatzsch, que perpetuaba linealmente la organización buecheleriana, logró despojar de relevancia al trabajo de Engström.
Deberemos esperar hasta 1958 para encontrar una nueva actualización del corpus de los carmina epigraphica: se trata del repertorio comprendido en la tesis doctoral del estadounidense John William Zarker
[13]. La tesis de Zarker se articula en dos grandes apartados: el primero de ellos consiste en una serie de reflexiones en torno a ciertos problemas de rima, métrica y autoría en el corpus de Bücheler-Lommatzsch, generadas a la luz de una revisión bibliográfica detallada; el segundo, que es el que nos resulta más interesante, recoge todos los carmina epigraphica aparecidos desde la ya citada actualización de Lommatzsch de 1926, basándose en los “inventarios” de L’Année Epigraphique y L’Année Philologique hasta el año 1958. En total, Zarker reúne un corpus de 182 inscripciones, que clasifica según su forma métrica y que comenta brevemente siguiendo un esquema fijo de siete fases: bibliografía, lugar del hallazgo, datación, localización de fotografías o reproducciones, información general sobre la pieza (conservación, circunstancias del hallazgo, posibles retoques o pérdidas en el contenido...), localización actual y comentario por líneas de texto.
La obra de Zarker se ha visto complementada por dos aportaciones, de las que una de ellas es especialmente decisiva, pero que no obstante se vinculan entre sí. Una es el artículo de Leopoldo Gamberale aparecido en la Rivista di Filologia
[14]; la otra es el excelente trabajo de Maria Rosario Mastidoro centrado en el corpus zarkeriano[15]. El artículo de Gamberale, aparte de comentar el volumen de Rosario Mastidoro y algunos otros trabajos de diversos especialistas renombrados (Sanders, Colafrancesco...), incorpora una serie de matizaciones y comentarios añadidos a algunos de los carmina recogidos por Zarker. En lo que respecta a la concordancia de Mastidoro, puede decirse que grosso modo sigue las directrices (aunque aplicadas al corpus de Zarker en particular) que en su momento ya impusieran los dos volúmenes del llamado por Gamberale “equipo de Cagliari”[16] (los cuales incluyen, por cierto un magnífico apéndice bibliográfico de sumo interés para el estudioso de carmina).
Una concordancia aún anterior a éstas que se han citado es la de Colafrancesco y Massaro
[17], que supuso el primer paso de gigante en la aplicación de esta nueva metodología, de corte comparativo. Al fin y al cabo, el propósito de todas estas concordancias es regularizar la difusión de los carmina bajo ciertos parámetros clasificatorios (orden alfabético por términos presentes en los versos, datación...), a la vez que intentar establecer conexiones entre los diferentes epígrafes métricos existentes, con el fin de rastrear las posibles influencias entre ellos, el recurso a topica, etc. Igualmente, se revisan las inscripciones recogidas como carmina en los corpora, con el fin de verificar si se trata en realidad de epígrafes métricos o no[18].
Otro repertorio interesante, y a la sazón poco conocido, es el nacido de la colaboración entre Dieter Shaller y Ewald Könsgen, cuyo trabajo pueda citarse tal vez como directo antecedente del germen que luego fructificó tan positivamente en las concordancias que hemos venido citando: se trata de un volumen que reúne alfabéticamente los primeros versos de todos los carmina epigraphica fechados antes del siglo XI
[19]; es útil, además, porque también suministra bibliografía (aunque muy restringida) relativa a los diferentes carmina recogidos.
Los últimos avances en el terreno de la recopilación, organización y actualización de los Carmina Latina Epigraphica se están dando con motivo de la confección del volumen XVIII del Corpus Inscriptionum Latinarum, dedicado íntegramente a las inscripciones métricas latinas
[20]. Diversa es la procedencia geográfica de los especialistas que están interviniendo en este proyecto: Bengt Thomasson está al frente de los trabajos relativos a la ciudad de Roma y Manfred Schmidt hace lo propio con los epígrafes del África Proconsular, en tanto que de los epígrafes hispanos (que constituirán la pars IV del citado volumen XVIII) se encarga un equipo de trabajo cuyo director es Joan Gómez Pallarès; la metodología seguida por este grupo de trabajo se apoya básicamente en la elaboración de fichas que incluyen once fases progresivas para cada epígrafe: número de referencia, procedencia geográfica, lugar de conservación, descripción física de la pieza, bibliografía, edición original del texto, edición diacrítica del texto, aparato crítico, comentario filológico, traducción del epígrafe y datación argumentada[21].
A partir del manejo de todos estos repertorios, la mayor parte de los artículos y monografías que versan sobre los carmina se han volcado, como ya se ha dicho, sobre la consideración de los aspectos más estrictamente filológicos de estos textos; la aparición de herramientas tan destacadamente útiles como las concordancias no han hecho sino acentuar esta tendencia. En realidad, este enfoque ya había sido propuesto por Krummrey a mediados de los 60, quien entonces avanzó la necesidad de agrupar los carmina en un volumen independiente del Corpus Inscriptionum Latinarum y clasificarlos según los patrones administrativos del Imperio, con el fin de relegar la orientación literaria que algunos de sus antecesores habían impuesto a los epígrafes métricos
[22]. Los actuales encargados de la edición del CIL XVIII han recogido prestamente el testigo ofrecido por Krummrey, a tenor de la organización de los correspondientes fascículos y de la declaración de principios que presentan; en este sentido, manifiesta Gómez Pallarès al hablar de su metodología: “...hemos puesto el énfasis en el comentario filológico de estas inscripciones porque las consideramos como una muestra más (analizable dentro de unos parámetros específicos, eso sí) de la literatura latina de la época de referencia. [...] buscamos destacar, sobre todo, los aspectos métrico y estilístico de la poesía. Finalmente, atendemos a los datos onomásticos y a los datos lingüísticos”[23].
Si Gómez Pallarès se hace eco de la inclinación más puramente técnica o lingüística, de casi fría aunque impecable “disección” del texto poético, existe también la vertiente literaria de la filología, esto es, los autores que se han dedicado a poner de manifiesto las relaciones más o menos evidentes entre los epígrafes métricos y la poesía latina del momento: Chevallier, Cugusi, Stein... son algunos de ellos. En general, la mayor parte de estos estudiosos han procedido con envidiable eficacia en lo que respecta a la calidad de sus resultados, eso sí, prefiriendo concentrarse en el primer miembro de la expresión carmina epigraphica. Desde aquí apostamos por la necesidad de estimar los carmina también en tanto epígrafes que son, con el fin de obtener conclusiones para la propia epigrafía y para la historia (sea ésta social, cultural, económica, política o de las mentalidades). Y es que, por fortuna, los carmina epigraphica son documentos lo suficientemente ricos como para fomentar diferentes modalidades de tratamiento, tal y como por otra parte acreditan las últimas tesis doctorales, bien diversas entre sí, que se están realizando al amparo de esta fuente tan particular.

III. Los carmina epigraphica y su entorno: algunos problemas de relación esenciales.

Podemos comenzar este apartado con unas breves reflexiones acerca del hecho escriturario epigráfico en el mundo antiguo, y más en concreto, en el ámbito latino, con el propósito de entender mejor la esencia contenida en los carmina epigraphica.
Como es obvio, la escritura ofrece aspectos dignos de consideración desde varias perspectivas. Este aserto, que es evidente y válido todavía en nuestro tiempo (en que la escritura está extendida de modo casi generalizado a todos los sectores sociales), resulta especialmente significativo en el contexto del mundo clásico, donde las posibles limitaciones al acceso “material” a la cultura (es decir, a su manifestación física más inmediata, que es la letra escrita) son aún más sugestivas precisamente por su restricción, que conlleva implicaciones añadidas.
En efecto, Roma (o el mundo latino en general) conocía sobradamente el empleo de la escritura a nivel privado (correspondencia, escritos personales de índole varia...), pero sobre todo cabe destacarse el uso público de la escritura como transmisora de mensajes pertinentes para la comunidad, ya que las ciudades estaban, en palabras de Harris, “full of things to read”
[24]. Esto podría llevar de forma automática a plantearse cuestiones sobre las motivaciones y protagonistas de las producciones escritas, sobre la recepción real de estas producciones por parte de los destinatarios (grados de alfabetización, prácticas de lectura), sobre la propia calidad de la escritura, incluso; asuntos todos ellos que, a pesar de su innegable interés, no son el objeto directo de este trabajo. Aquí nos importa más centrarnos en la manifestación escrita dentro de la epigrafía como marco, o más exactamente, en el alcance y dimensiones del “hábito epigráfico”, si hemos de emplear la terminología sugerida por McMullen. Como este mismo autor manifiesta, “...there have been in history many peoples to whom the idea [of making an inscription] never occured, though they were literate”; esto, que en primera instancia cabe explicarse en virtud de la correlación evidente entre la Romanización y la práctica epigráfica, tan característica de aquélla (los habitantes de las ciudades más romanizadas son por ello más susceptibles de generar inscripciones), merece una justificación formulada en otros términos: estamos plenamente de acuerdo en sostener que “the habit [of epigraphy] was an aspect of culture, not a practical necessity”[25].
En este sentido, resulta fácil aceptar el ineludible papel que desempeña la escritura dentro de los epígrafes en tanto “organismo” casi vivo, que admite su mismo desarrollo a partir de la inscripción; en referencia a este dinamismo de los caracteres en las inscripciones, ha hablado algún autor del carácter mágico de la escritura epigráfica
[26]. También se ha subrayado el acto implícito de transmisión de propiedad que puede suponer el hecho de inscribir el mero nombre de un ciudadano, ya sea sobre un edificio, sobre una obra de arte..., lo que alude de nuevo al poder tácito de la escritura epigráfica[27]. Factores como éstos son los que dan a la epigrafía un valor que transciende su propia realidad de piedras grabadas, son los que permiten que la epigrafía pueda no sólo invadir, sino también jerarquizar y organizar el espacio público en lugares para la recreación y lugares para la información[28].
Ante este panorama cabe todavía avanzar un paso más. Y es que hemos de pensar en lo que debía de significar la irrupción de un carmen epigraphicum en este delicado universo de las manifestaciones epigráficas. Porque las inscripciones métricas llamarían por fuerza la atención del viandante, como flores extrañas, aisladas en mitad de la foresta de epígrafes en prosa. Quizá al principio fueron brotes auténticos, nacidos de la espontaneidad de sinceros aficionados a la poesía, con independencia de su extracción social. Más tarde, sin embargo, este mecanismo de atracción de la mirada no hubo de pasar inadvertido para los más avisados, que lo aprovecharon convenientemente. Se incorporan así a la adopción del carmen quienes quieren hacer alarde de una artificial erudición o de una posición económica; y les siguen a la par aquellos para los que el carmen está desprovisto ya de su sentido original, y ven en él un medio de significar “algo más”, algo enredado entre los versos pero ajeno a ellos, un objeto escogido por sus connotaciones y no por hondo gusto. Persistieron al tiempo, sin embargo, las recurrencias espontáneas a los carmina como vía preferida por algunos para “salvar su nombre del olvido”
[29].
No se nos escapa, según se deriva de lo inmediatamente precedente, la estrecha y obvia relación entre escritura epigráfica y sociedad. El hecho de que el epígrafe sea un producto social determina su expresión y contenido; en palabras de Heene, las inscripciones deben superar el examen atento de la comunidad, “qui lit les carmina et qui en quelque sorte les contrôle”
[30]. Es difícil, por tanto, calibrar el grado de autenticidad de los sentimientos e ideas vertidos en cada carmen, y máxime en el contexto de lo que se supone que es “socialmente aceptable” en una inscripción métrica (aunque en este aspecto las métricas y las no convergen).
De esto se infiere la necesidad de sopesar una interrelación ineludible, cual es la que media entre el autor del carmen y el carmen mismo. El problema no resulta baladí si consideramos que las personalidades del dedicante y del autor real de la composición no siempre son coincidentes; las dificultades se agravan en tanto no somos capaces de evaluar en qué porcentaje se producía efectivamente esta coincidencia.
En cualquier caso, lo que sí plantea la presencia de un mediador entre la piedra y el dedicante es que nos lleguemos a cuestionar el grado de originalidad del carmen resultante. La repetición de algunos temas, versos y fórmulas en varios de los diferentes carmina conservados puede hacer pensar en un repertorio de modelos a disposición de la clientela en las distintas oficinas epigráficas. Esta hipótesis ha tenido numerosos defensores y detractores, y tal vez no sea inconveniente hacer una breve revisión de los variados enfoques que este tema esencial ha experimentado; pero antes parece necesario esbozar una definición de lo que debemos entender por “fórmulas” en un carmen epigraphicum.
Según Zarker, “formulae in verse inscriptions consist of repetitions of entire lines, and groups of two or more words appearing in more than one inscription”
[31]. Sin embargo, no podemos mostrarnos completamente acordes con esta precisión: las repeticiones de líneas enteras de texto son simplemente eso, repeticiones o copias entre textos, y las fórmulas no necesitan constar de dos o más palabras para serlo (fecit o posuit son fórmulas, y constituyen una sola palabra); por otra parte, una fórmula no necesita verse manifiesta forzosamente a través de locuciones o expresiones concretas: un texto (aunque no sea lo más habitual) puede ser formulario sin recurrir a ellas. En consecuencia, cabe distinguir entre la fórmula explícita (evidente en la presencia de clichés lingüísticos repetidos) y la implícita (que supone la apelación a planteamientos, estructuras, etc. que pueden considerarse “formularios”). Pero además, creemos importante resaltar que la fórmula es un factor ordenante, esto es, que cumple una función de organización de los diferentes elementos existentes en un texto (en este caso, en un epígrafe): así, por ejemplo, Diis Manibus figura siempre como encabezamiento, sit tibi terra leuis es una especie de “despedida”... Las fórmulas, por tanto, actúan como distribuidoras del espacio y el contenido del epígrafe. Por último, también resulta pertinente establecer la distinción entre “fórmula” y “tópico”, pues creemos que sus terrenos suelen confundirse con indeseada frecuencia en la bibliografía: un tópico puede presentarse bajo la forma de diversas fórmulas, o ser formulario en unos aspectos y no en otros, o incluso no ser formulario en absoluto. En definitiva, la fórmula es una cuestión de forma, el tópico de contenido[32].
Así las cosas, conviene advertir, de todos modos, que son muy pocas las inscripciones métricas que tengan en común el empleo literal, bien de tópicos, bien de fórmulas; estas coincidencias se limitan a cuatro o cinco parejas de epígrafes
[33], excesivamente explotadas, por lo demás, en la bibliografía que pretende postular la existencia de repertorios de inscripciones a disposición de los clientes. En el caso de Hispania, no tenemos registrada una sola de estas convergencias epigráficas; sí el empleo repetido de alguna fórmula o verso concretos.
Hechas estas precisiones, y puesto que nos hallamos cuestionándola, podemos adentrarnos ya en el análisis de la teoría de los manuales epigráficos, que tan frontalmente afecta a la consideración de la autenticidad (sentimental, queremos decir) de los carmina epigraphica.
La primacía en apuntar tales hipótesis parece que debe imputarse a Le Blant, quien explica términos que se le tornan inexplicables (presencia de la palabra latina tanto en un epígrafe galo del siglo VII d.C.) en función de la recurrencia por parte del lapicida a un formulario, formulario que además, apunta Le Blant, el grabador no fue capaz de interpretar
[34].
Treinta años más tarde, es el célebre epigrafista francés Cagnat quien retoma en gran medida las conclusiones que ya propusiera Le Blant, basándose también en la aparición en un epitafio de Canusium del término tantum. Cagnat reincide en la torpeza de los lapicidas (a los que califica repetidamente de ignorantes) a la hora de transcribir los modelos que estarían recogidos en los correspondientes manuales, o bien archivados en su memoria (por ser los grabadores “dépositaires d’une tradition de rédaction”)
[35].
Ya a principios de siglo, Tolkiehn vuelve a negar taxativamente la posibilidad de que los dedicantes de los monumentos epigráficos pudiesen componer por sí mismos los textos correspondientes, textos que, por lo demás, constituían parte de la rutina de aquellos que “aus der Anfertigung derartiger metrischer Kleinigkeiten ein Metier machten und nach einer hergebrachten Schablone arbeiten”
[36].
Focillon, en su amplia introducción a los Épitaphes de Plessis, se apoya en Le Blant y Cagnat para postular la existencia de manuales que los grabadores mutilarían indiscriminadamente, bien por ineptitud (de nuevo), bien para adaptarlos a las exigencias de la clientela; estos manuales hubieron de surtirse de las composiciones de poetas oscuros, profesores sin medios... Focillon llega incluso a afirmar que en las oficinas habría cierta cantidad de lápidas ya elaboradas, dispuestas para su empleo inmediato
[37].
En 1910, en un amplio estudio sobre la sinceridad de las inscripciones latinas, Armstrong parece asumir sin duda las ideas apuntadas por Tolkiehn, ya que sostiene que la composición de textos epigráficos es parte del oficio de los lapicidas. Según él, además, las fórmulas epigráficas encuentran su sentido en tanto “bridge the gap between natural autobiographic feeling and religious conservatism”
[38].
Quien inició la decidida defensa de la espontaneidad de los carmina y el ataque de la teoría de los manuales fue Bruno Lier, con una serie de artículos aparecidos en la revista Philologus. Para Lier (refiriéndose, eso sí, exclusivamente a los carmina de tipología funeraria, pues el resto no los trata) el papel de los familiares resulta fundamental en la composición (o copia, que los dos sistemas sugiere Lier) del texto: “Immo res plerumque ita se habebit, ut superstites aut ipsi titulum composierunt, aut, si parum eruditi erant, ex aliis monumentis in coemeteriis uel in uiis collectis transcripserint. Lapicida autem titulum, quem accepit, monumento insculpsit. Hoc modo pleraque monumenta sepulchralia orta esse uidentur”
[39].
Galletier, en su hermosa monografía sobre la poesía funeraria latina, desecha la existencia de manuales a disposición de los lapicidas (pues de existir, deberíamos conservar docenas de epitafios repetidos); sí admite, en todo caso, la circulación de antologías generalizadas (no para uso exclusivo de los grabadores), a modo de “florilegios” poéticos y epigráficos. Galletier, por otra parte, y al igual que Lier, pone el acento en la intervención de los familiares y allegados a la hora de componer el debido epitafio
[40].
Al estudiar la pervivencia de la elegía romana en los Carmina Latina Epigraphica, Lissberger apela, como ya lo hiciera Galletier, a la decisiva intervención de los familiares del dedicante en el caso de los epitafios, e incluso a la personalidad del propio interesado, a la hora de redactar los versos de las inscripciones. Lissberger también piensa en la posibilidad de que hubiese poetas locales o profesores que compusiesen textos de esta tipología para obtener ingresos adicionales, pero niega la existencia de “especialistas” del género
[41].
Lattimore, en su manual de obligada referencia sobre los tópicos presentes en los carmina epigraphica, no trata el tema de la autoría de forma específica, sino que hace alusiones esporádicas, diseminadas a lo largo de toda su obra. No obstante, procura adoptar una posición de compromiso entre lo formulario y lo espontáneo, en un intento de conciliar las dos corrientes de opinión existentes al efecto. Para ello, establece un símil no del todo desechable, como es el de nuestras tarjetas de Navidad: “One may compose epitaphs, or Christmas cards, and have them engraved; many people prefer to buy their sentiments ready-made”
[42].
La teoría de las antologías es retomada y ampliada por Beare en un curioso libro en el que los carmina epigraphica no constituyen su objeto directo ni exclusivo de atención; sin embargo, Beare se muestra interesado en la extensión de estas manifestaciones poéticas por lugares de Europa bien alejados entre sí, y llega a la conclusión de que sólo en virtud de la existencia de antologías puede explicarse que confluyan en lugares distantes idénticas reminiscencias o incluso fragmentos de composiciones; sin embargo, lo sumamente ocasional y discontinuo de las coincidencias literales entre diferentes carmina es lo que ha llevado a Beare a rechazar tajantemente la teoría de los manuales: no pudieron ser sino los propios interesados quienes compusieron por sí mismos (o asistidos por otros, cuando era necesario) los versos que figuran en sus monumentos
[43].
En el contexto hispano, ha sido Mariner quien más ampliamente se ha ocupado de la cuestión de la originalidad de las inscripciones métricas
[44]. Nos extenderemos con él un poco más precisamente por aludir su obra a los epígrafes hispanos. Mariner constata la repetición en la Península de lo que él llama “versos-fórmula” (praeteriens dicas, sit tibi terra leuis) pero, como ya se ha dicho, no se encuentran ejemplares que supongan calco uno de otro. La repetición de los “versos-fórmula” la atribuye Mariner a una propagación por copia, recuerdo o moda, en lo que sigue parcialmente las apreciaciones de Lier. Mariner se apoya esencialmente en tres puntos para sostener la autoría de los dedicantes de carmina epigraphica: la interpretación de un pasaje de Sidonio Apolinar, los epitafios firmados por su autor y el valor literario de las composiciones. Por lo que respecta al fragmento de Sidonio Apolinar[45], nos parece que Mariner merece el reconocimiento de haberle dado la interpretación correcta, ya que este mismo fragmento fue utilizado inadecuadamente por Le Blant para apoyar sus teorías. El aspecto de los epigrafes firmados ha sido también recientemente tratado por Cugusi, quien ha puesto así mismo de relieve la veracidad de los nombres reflejados en esos carmina “firmati”[46]. Por último, en lo tocante a la calidad literaria de las inscripciones, Mariner ve en su irregularidad (es decir, en el hecho de que coexistan composiciones elegantes con otras deficientes) la prueba más palpable de lo original de los carmina, sometido a las variables propias de los condicionantes a que están igualmente sometidos sus autores; en esta misma línea vemos manifestarse a Grenier, quien se apoya en la presencia de elementos ingenuos, personales... en los carmina para defender la sinceridad de éstos[47], con lo que deja indirectamente invalidada la hipótesis de los “centones” que, no obstante, había defendido muchos años antes, en especial en relación con los epígrafes cristianos[48].
Particularmente indignado con la teoría de los manuales se muestra Chevallier años más tarde; después de hacer una brevísima glosa de los principales representantes de una y otra tendencia, Chevallier se alinea claramente entre las filas de los detractores, expresándose en términos muy duros: “L’hypothèse ne peut naître que dans l’imagination de qui n’a aucun sens esthétique. [...] toute création artistique véritable est originale. C’est cette même recherche, désespérément cuistre, des sources et influences, qui a sterilisé une bonne partie de la critique littéraire contemporaine”
[49].
Por último, y por citar la incursión bibliográfica más reciente en el campo de la opinión acerca de los manuales epigráficos, queremos recoger aquí el excelente artículo de María Felisa del Barrio, que en 1991 se clasifica entre los partidarios de una tradición formular mantenida por los lapicidas, al margen de que ésta suponga o no la existencia material de manuales; según ella, “una inscripción se elabora frecuentemente con el ensamblamiento de varias frases formulares, mediante una técnica de centón que configura en modo importante el carácter de estos textos”
[50].
A la vista de esta panorámica no podemos sino hacer algunas matizaciones. Con independencia de que consideremos factible o no la existencia de manuales a disposición de los profesionales y de la clientela en las oficinas epigráficas, nos resulta insostenible la teoría de Le Blant y Cagnat en virtud de la cual los errores epigráficos deben ser atribuidos a la ignorancia de los lapicidas a la hora de interpretar los citados manuales. Si se pretende mantener que los lapicidas eran depositarios de una tradición inveterada concerniente a su oficio, no puede entonces explicarse que cometiesen errores de tal naturaleza o que, hablando latín, no supiesen interpretar el latín de una inscripción, por muy epigráfico que éste fuera.
Los asertos de Focillon, a pesar de hallarse bellamente expresados, tampoco logran convencernos totalmente; por otra parte, su propia constatación de una evolución cronológica en el contenido de los carmina no deja de resultar contradictoria: si ello es así, ¿son los manuales los que evolucionan al ritmo de los usos epigráficos, o bien son éstos los que se adaptan al supuesto ritmo que van adquiriendo los manuales? Además, el empleo de patrones epigráficos tal vez pueda admitirse en la composición de epitafios pero, ¿qué ocurre con las inscripciones votivas o monumentales, donde el contenido del texto debe acomodarse a la circunstancia concreta requerida por el dedicante?
Las hipótesis de Lier y Galletier en el sentido de que serían los familiares los compositores más probables de los carmina sepulchralia parece quizá excesivamente limitada. Más acertado, a nuestro juicio, se muestra Lissberger al pensar que además de los seres cercanos al finado, también debían de existir compositores de versos “pagados” (personas con facilidad para la escritura poética que podrían recibir encargos de este género), no necesariamente profesionales. Interesante, también, resulta la suposición de Lier, cuando afirma que varias de las repeticiones presentes en diferentes carmina pueden atribuirse a mera copia de las otras inscripciones expuestas a la vista del viandante.
En cuanto a la posible circulación de “ramilletes” poéticos por el mundo romano (sostenida por Galletier y Beare), hoy desconocidos por no habérsenos conservado, no estamos en condición de postularla ni desmentirla. Su existencia no es improbable
[51], pero apelar a ella no habla demasiado en favor de la originalidad de los carmina epigraphica.
De Mariner nos resultan especialmente acertadas las precisiones terminológicas: el empleo de la expresión “versos-fórmula” ayuda a interpretar mejor la verdadera esencia (menos importante de lo que muchos han querido ver) de la mayoría de las repeticiones presentes en los carmina. No determinar este aspecto con exactitud puede llevar a planteamientos como los sostenidos por Felisa del Barrio, que extrae sus conclusiones a partir de una selección de ejemplos tan excesivamente formularios como escasamente variados, como si no estuviesen en franca mayoría los epígrafes que no acuden a esas fórmulas o los que las emplean con una pertinencia mínima para su contenido. Al fin y al cabo, pensamos que la presencia de fórmulas en gran parte de los epígrafes puede explicarse del mismo modo que el encabezamiento o la despedida que figuran en nuestras cartas actuales: el hecho de emplear estos clichés no es sino un modo de comenzar y cerrar un mensaje, que en nada condiciona el contenido en sí, lo verdaderamente relevante; entendemos, por tanto, que los carmina epigraphica se erigen a menudo en auténticas cartas dirigidas al viandante, habida cuenta, además, de que se hallaban situados al pie de los caminos o en toda clase de lugares públicos
[52].
Por último, si hemos de definirnos acerca de la existencia o no de repertorios en las oficinas epigráficas, tal vez nos parezca la de Lattimore la postura más certera; de este modo, el lapicida grabaría muchos textos atendiendo a una composición proporcionada por los clientes, en tanto que en otras ocasiones (mayormente dedicantes sin destreza o interés en la composición de versos, o bien simples cumplidores de un encargo) es plausible suponer que se dispusiese de ciertos modelos que orientasen al cliente en su elección.
Otro aspecto sumamente interesante insinuado por la mencionada disyunción (cuando existía) entre autor y dedicante, es el de la calidad de la relación de los Carmina Latina Epigraphica con la vida cultural y literaria del momento. Genéricamente hablando, en la bibliografía especializada predomina la tendencia a considerar los carmina en sí mismos bien como una pseudo-manifestación poética, bien como una mera copia de composiciones más autorizadas o incluso, en el mejor de los casos, como un testimonio inicial de lo que acabarán siendo formas métricas mejor y más perfectamente elaboradas en la poesía que se tilda como culta
[53].
Han sido, sin embargo, las dos primeras teorías (que postulan la influencia directa de la poesía “oficial” sobre la “popular” o epigráfica, así como la degradación de aquélla por los resultados inferiores de ésta) las que han encontrado más adeptos entre los investigadores. La detección de innumerables loci similes entre los versos de las inscripciones métricas ha contribuido, así mismo, a forjar la idea de que los carmina epigraphica constituyen poco más que simples copias de composiciones más autorizadas, por lo que se hallan desprovistos de todo valor literario digno de consideración
[54]. Estimamos, sin embargo, que esto no debe interpretarse de este modo; y existe para ello una razón fundamental: los clásicos no tenían el mismo concepto sobre la imitación (e incluso la copia) que el que impera en la actualidad: la imitación por entonces se asumía como ejemplo por seguir (en especial si lo imitado se perdía en los remotos entresijos de la historia) y como reconocimiento a un logro superior, a una obra perfecta. Carece de sentido, en consecuencia, intentar desprestigiar a los carmina por constatarse en ellos citas de los grandes clásicos, dado que, muy al contrario, la inclusión de tales citas posiblemente les concediese en su momento un poso de erudición y una autoridad que de otro modo no hubieran disfrutado[55].
Un giro en cierto modo novedoso al tema lo imprime Chevallier quien, en su magnífico trabajo relativo a la dialéctica entre epigrafía y literatura en el mundo romano, ha formulado a este respecto una serie de matizaciones que nos pueden resultar interesantes; así, establece una jerarquía de influencias que pueden esquematizarse como sigue:

Poesía culta>Carmina

Para Chevallier, los carmina no suponen una “perversión” de los logros obtenidos por los poetas reconocidos, sino que hay una influencia mutua, por la que la literatura culta constituye un repertorio de sententiae para las elaboraciones populares (por sus cualidades de ritmo, aliteraciones, etc.), en tanto que los poetas oficiales toman expresiones de uso corriente en la literatura epigráfica y popular y las elevan a una plena categoría literaria: la “poésie savante” deviene así un producto exótico, “pousé sur l’humus de une poésie populaire”
[56].
Esta teoría nos parece que encuentra apoyo en un aspecto fundamental de los carmina, cual es su naturaleza innegable como “literatura de calle”, expuesta en público escaparate y así presta para el consumo. La indicación de esta característica esencial se ha atribuido primero a Sanders (padre de la expresión entrecomillada) y luego a Susini, ya que han sido ambos los que más han insistido, en primera instancia, en este asunto
[57]. Sin embargo, la semilla de esta percepción se rastrea ya –aunque nadie lo haya dicho– desde 1905 en Focillon, quien afirma que “Les tombes ne sont pas reléguées dans le silence d’un cimetière, mais partout dispersées, près de portes de la ville, de préférence au bord des routes, où circule l’animation quotidienne de la vie. Les chemins sont ainsi bordés de leçons et d’exemples”[58].
En cualquier caso, ha sido la reflexión sobre este aspecto la que ha hecho saltar la hipótesis que Horsfall ha llamado “a reverse view” y que Gómez Pallarès ha secundado bajo el marbete de “el camino inverso”
[59]. Según ellos, el poeta latino es en su fondo “como cualquier otro ciudadano, sujeto a recibir (entre el mosaico de elementos que constituyen su formación y vida cotidianas) los mensajes que le lanza la literatura epigráfica, pública o privada. Parece lógico, por tanto, pensar que tales poetas pueden haber recibido de esa lectura algún tipo de influencia, como también la recibieron de cualquier otra lectura realizada”[60]. Esta influencia, que formaba parte del acervo cultural de todo lector que se aproximaba a esta impúdica epigrafía, pudo cristalizar bien de un modo inconsciente, bien con plena intención; en este último sentido aconsejaba Horacio: “Respicere exemplar uitae morumque iubebo doctum imitatorem et uiuas hinc ducere uoces”[61].
Todo esto no hace sino ponernos sobre aviso de lo que debieron ser las relaciones entre los escritores y su entorno intelectual, relaciones éstas que constituyen el “alma” del poeta
[62]: es lo que ha dado en llamarse en la bibliografía “la cultura literaria” del momento; en el caso de las provincias, además, la consideración del valor específico de esa cultura literario-epigráfica permite sopesar la calidad de la romanización implantada[63]. De todos modos, para evaluar el auténtico alcance e implicaciones de esta supuesta cultura, deberíamos comenzar por intentar establecer qué grado de formación era el generalizado entre los ciudadanos de la época, lo que no parece un cometido precisamente sencillo.
Por lo habitual, ha venido predominando la versión de que el pueblo romano fue básicamente un pueblo alfabetizado; esta consideración se ha hecho extensible tanto a los ciudadanos de pleno derecho como a los esclavos
[64]. Marrou, autor de un manual de reconocido prestigio sobre la educación en el mundo antiguo, ha sostenido que los niveles elementales de alfabetización estaban generalizados, con independencia de sexo y condición social, desde el siglo VII (no así la educación secundaria y superior, que estaba reservada a las elites)[65].
Un auténtico revulsivo en lo que a este tema se refiere lo supusieron las tesis de Harris, surgidas en la primera mitad de la década de los 80, y que adquirieron cuerpo con rotundidad con la publicación de su libro Ancient Literacy en 1989; Harris se muestra absolutamente contundente a este respecto: “Mass literacy in the Ancient World is a scholars’ dream and ought to be recognized as such”
[66]. Según este estudioso, son varios los puntos que hablan en contra del alfabetismo generalizado en la Antigüedad: en primer lugar, la ausencia de una tecnología capaz de producir grandes cantidades de libros; en segundo lugar, el carácter rural más que urbano del Imperio; en tercer lugar, lo innecesario de contratar mano de obra alfabetizada en la mayoría de las ocupaciones propias del momento; por último, la inexistencia de textos sagrados que la población tuviese obligación de leer[67]. En resumen, Harris concluye que debemos considerar como alfabetizado a no más del 5% de la población masculina[68].
Una prolija respuesta a los postulados de Harris se publica dos años más tarde en Michigan. Se trata de un volumen que reúne diversas colaboraciones, y cuyo editor general es J.H. Humphrey
[69]; dentro de él merecen destacarse para nuestro discurso las aportaciones de Cornell y Hopkins[70]. Cornell critica con dureza la aseveración de Harris según la cual el uso de la escritura por parte de las clases menos favorecidas se circunscribía al contexto estrictamente funerario[71]. Hopkins, por su lado, esboza una postura moderada en la que se encarga de dejar bien clara la importancia de la cultura literaria dentro del mundo romano como factor dinámico; según esto, la cultura actuaba como elemento unificador al proporcionar instrumentos, símbolos y valores comunes, incluso a aquéllos que estaban más al margen del sistema[72]; pero también operaba como distintivo entre los diferentes estratos sociales, por lo que existía una tendencia a procurarse educación con el objeto de ocultar unos orígenes humildes. Es así que para Hopkins, el Imperio se mantuvo unido por la escritura, a la vez símbolo social y producto integrador de los distintos aspectos del Estado romano: “The whole experience of living in the Roman Empire was overdetermined by the existence of texts”.
Lo que parece que debemos concluir, ante todas estas sugerencias, es que la civilización romana debió de ofrecer dos aspectos complementarios en el uso de la escritura y la lectura; uno de ellos remite a una elite restringida (no tanto social –aunque también- como culturalmente hablando), con una literatura muy cuidada que en ocasiones apela a la elocuencia, y que se desarrolla en círculos tanto privados (amigos...) como públicos (libros, foro...); el otro, que se ha calificado de “popular”, pero del que participan por igual las elites y una masa mayormente de ciudadanos y soldados, en una lucha que se desarrolla sobre todo en el medio público, y que resulta espontánea en unos casos, con un fuerte componente de memorización en otros. Determinar el lugar exacto de la epigrafía, y más en concreto de la epigrafía métrica, en este escenario, es labor que desborda las pretensiones de estas páginas, al exigir necesariamente la dedicación de un trabajo específico.
[1] Gómez Pallarès, J. Poetas latinos como escritores de CLE // Cuadernos de Filología Clásica - Estudios Latinos 2 (1992) 201-230. La dificultad aquí, sin embargo, aparece a la hora de delimitar el alcance de ese “cierto sentimiento poético”, de precisión tan subjetiva como ambigua.
[2] A título personal indicaremos que no nos parece que exista en este tipo de inscripciones la voluntad manifiesta de pergeñar un epígrafe en verso, sino más bien el recurso sistemático a una opción e incluso una estética prefijadas.
[3] Gutiérrez Rodríguez de La Robla, A.B. Consideraciones de metodología histórica en torno a los Carmina Latina Epigraphica // Revista de Historia Edades 2 (1997) 23-33; concretamente, ver p. 24-25: “Sopesamos como Carmen Latinum Epigraphicum cualquier texto versificado en lengua latina, inscrito en soporte lapídeo, metálico o cerámico, que tiene intencionalidad poética en sí mismo, y en consecuencia un contenido no exclusivamente formulario, sino variado en virtud de su tipología y funciones. Por tanto, para un historiador un carmen epigraphicum constituye un documento escrito capaz de aportar cualquier género de información, del mismo modo que cualquier otra fuente –ya en verso, ya en prosa- de la Antigüedad”.
[4] La cursiva es nuestra. Comp. Poesía Epigráfica Latina (2 vols.) / Introducción, traducción y notas de Concepción Fernández Martínez. Madrid, 1998. (Colección “Biblioteca Clásica Gredos”, 259-260). La cita corresponde a la p.14 del primer volumen.
[5] Jory alude a un total de 280.000 inscripciones latinas publicadas (ver Jory, E.J.: Towards a data bank of Latin inscriptions // Bulletin of the Institute of Classical Studies 20 (1973) 145-148); Testini habla genéricamente de 300.000, de las que unas 50.000 serían cristianas (ver Testini, P.: Archeologia cristiana. Roma, 1958, p. 332). Por su lado, Sanders ha contabilizado que de todas ellas, 4.200 son carmina (Sanders, G. Le dossier quantitatif de l’épigraphie versifiée // L’Antiquité Classique 50 (1981) 707-720). Los nuevos hallazgos que se han registrado durante los últimos años no alteran en modo esencial estas cifras.
[6] En este sentido, ver las atinadas observaciones de Courtney, E. Musa Lapidaria. A selection of Latin Verse Inscriptions. Atlanta, 1995 (en especial, p. 8 y ss.).
[7] Los carmina norteafricanos han sido especial objeto de atención por parte de D. Pikhaus (fiel seguidora de la “escuela” del profesor Sanders) y, en menor medida, de J.-M. Lassére. Cabe destacar de Pikhaus, D. Les origines sociales de la poésie épigraphique latine: l’example des provinces nord-africaines // L’Antiquité Classique 50 (1981) 637-654; La poésie épigraphique latine. Quelques points de vue nouveaux // Hommage à Jozef Veremans. Bruselas: Latomus (193, 1986), p. 228-237; Literary activity in the provinces: the Carmina Latina Epigraphica from Roman Africa (Ist-VIth century) // Euphrosyne, n.s., 15 (1987) 171-194; Répertoire des inscriptions latines versifiées de l’Afrique Romaine (Ier-VIe siècles) // Epigraphica Bruxellensia 2. Bruselas, 1994. Igualmente, pueden consultarse en Lassère, J.-M. Sentiments et culture d’après les épitaphes latines d’Afrique // Bulletin de l’Association Budé 4 (1965) 209-227; y Recherche sur la chronologie des épitaphs païens de l’Africa // Antiquités Africaines 7 (1973) 7-151.
[8] La expresión está tomada de la introducción de Concepción Fernández ya citada en nota 4 (ver p. 57 y ss. del primer volumen). Las indeseadas connotaciones del término “lapidario” nos parecen tan significativas como obvias, sin contar con que además en tal género, así calificado, deberían encontrar acogida todas las inscripciones latinas, no sólo las métricas. Por otra parte, la autora apunta ciertos caracteres distintivos del género que son, al menos, discutibles: la parquedad es contrariada, v.gr., por la Laudatio Turiae; la claridad por oscuras expresiones e incluso hápax aparecidos en inscripciones de alta elaboración formal como las de Quinto Tulio; la agudeza o la dignidad por los meros “centones” no del todo infrecuentes entre estos carmina...
[9] Excepción hecha, claro está, de las correspondientes antologías, que no pueden calificarse propiamente de estudios.
[10] Posiblemente sea W. Zarker quien más explícitamente ha sugerido varios de los intereses que puede suscitar el estudio de los carmina epigraphica: ”The Carmina Latina Epigraphica may be said to have five aspects of interest. First, the autobiographical and biographical tendencies of metrical inscriptions reveal the life, aspirations and accomplishments of a seldom encountered class of Roman people. In the second place, in addition to the personal revelations, the epigrams shed light on special customs, religious attitudes and political and economic conditions in the Roman world. Third, occasionally the verse inscriptions furnish information about known historical people and events that gives insight into the pages of history. Fourth, because of their epigraphical nature, the epigrams provide an inmutable record of the Latin language, paleography, and also art. Finally, they are an interesting reflection of Latin literature” (para referencia de esta obra, ver la nota 13 de este trabajo).
[11] Bücheler, F., Lommatzsch, E. Carmina Latina Epigraphica. Leipzig, 1895 (I) – 1897 (II) – 1926 (III, supplementum).
[12] Engström, E. Carmina Latina Epigraphica post editam collectionem Büchelerianam in lucem prolata. Goteburgo, 1911.
[13] Zarker, J. W. Studies in the Carmina Latina Epigraphica. Princeton, 1958. Nos consta que este trabajo ha sido publicado en 1996, pero no nos ha sido posible tener acceso a esa edición, de modo que desconocemos si incluye alguna innovación. Los comentarios que aquí se hagan sobre la obra de Zarker, por tanto, se basan en el texto de su tesis doctoral original, que es el que hemos manejado.
[14] Gamberale, L. A proposito di una nuova concordanza a Carmi Latini Epigrafici con note al testo di iscrizioni metriche // Rivista di Filologia e di Istruzione Classica CXX: 3 (1992) 366-378.
[15] Mastidoro, M.R. Concordanza dei Carmina Latina Epigraphica compresi nella silloge di J. W. Zarker. Amsterdam, 1991.
[16] Fele, M.L., Cocco, C., Rossi, E., Flore, A. Concordantiae in Carmina Latina Epigraphica (2 vols.). Hildesheim, 1988.
[17] Colafrancesco, P., Massaro, M. Concordanze dei Carmina Latina Epigraphica. Bari, 1986.
[18] Puede citarse el caso, por ejemplo, de la inscripción 139 del repertorio de Zarker, cuyo carácter métrico negó Cugusi en 1986 (Cugusi, P. Rilettura di carmina latina epigraphica vecchi e nuovi // Epigraphica 48 (1986) 73-97), y que como prosa es considerada por Mastidoro.
[19] Shaller, D., Könsgen, E. Initia carminum Latinorum saeculo undecimo antiquiorium: bibliographisches Repertorium für die lateneische Dichtung der Antike und des früheren Mittelalters. Gotinga, 1977.
[20] Ver sobre este particular la comunicación de Schmidt, M.G. Zum Plan einer neuen Sammlung der Carmina Latina Epigraphica (CIL, XVIII). Methodische Überlegungen und praktische Beispiele // Preatti del XI Congresso Internazionale di Epigrafia Greca e Latina. Roma, 1997, p. 944-953. (Ya están publicadas las Actas definitivas, con fecha de 2000, pero desconocemos la paginación exacta del artículo de Schmidt dentro de ellas).
[21] Estos aspectos se encuentran ampliamente desarrollados en Gómez Pallarès, J. El futuro CIL XVIII y las inscripciones métricas de Hispania: el ejemplo del epitafio de Julio Estatuto // Preatti del XI Congresso Internazionale de Epigrafia Greca e Latina. Roma, 1997, p. 929-937. (Ver observación sobre Actas definitivas en nota precedente).
[22] Krummrey, H. Zum Plan einer neuen Sammlung der CLE // Philologus 108 (1964) 304-310.
[23] Gómez Pallarès, J. El futuro..., art. cit., p. 932-933.
[24] Ver Harris, W.V. Literacy and epigraphy (I) // Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik 52 (1983) 87-111 (en concreto, p. 91).
[25] McMullen, R. The epigraphic habit in the Roman Empire // American Journal of Philology 103 (1982) 233-246.
[26] Bloch, R. Étrusques et Romaines. Problèmes et histoire de l’écriture // L’écriture et la psychologie des peuples (XXIIe Semaine de Synthèse). París, 1963, p. 183-198.
[27] Ver Corbier, M. L’écriture dans l’espace public romain // L’urbs. Espace urbain et histoire (1er siècle avant J.-C.- IIIe siècle après J.-C.). Actes du Colloque International du Centre National de la Recherche Scientifique et l’École Française de Rome. Roma, 1987, p. 27-60.
[28] Ya Susini, G.C. Epigrafia romana. Roma, 1982, distinguió entre los monumentos de letras descomunales que se yerguen ante un transeúnte que no tiene intención de leerlas y los que contienen letras en pequeños caracteres, que exigen una voluntad decidida de lectura.
[29] Si se nos permite emplear la expresión de Sanders, G. Sauver le nom de l’oubli: le témoignage des Carmina Latina Epigraphica d’Afrique et aliunde // L’Africa Romana. Atti del VI Convegno di Studio. Sassari, 1989, p. 43-79.
[30] Heene, K. Le siège du chagrin et les blessures de l’âme: le témoignage des épitaphes metriques latines // Latomus 46 (1987) 704-719 (en concreto, p. 706). Aunque no lo expresa directamente, nos parece que Heene toma esta idea de Veyne, P. Histoire de la vie privée (vol. I). París, 1985, p. 170 (“elles [les épitaphes] ne dérivent pas d’une idée élémentaire de la mort, mais d’un regne de la parole publique et du contrôle public”). En todo caso, esta teoría (la influencia de la sociedad sobre el producto epigráfico) está ya presente en Susini, G. C. The Roman Stonecutter. An introduction to Latin epigraphy. Oxford, 1973, p. 61-62.
[31] Zarker, J. W., ob. cit., p. 111.
[32] Por hacerlo gráfico de algún modo, podemos escoger el tema de la uita breuis, que alude a la fugacidad de la existencia y a la necesidad de aprovechar cada momento al máximo; este tema supone evidentemente un tópos, nunca una fórmula, a pesar de que pueda encontrarse con cierta asiduidad entre los epitafios de la Antigüedad; con independencia de que pueda ser reflejado en un epígrafe con elementos formularios, el tópico puede expresarse en formas varias que hacen desechar la idea de un patrón: carpe diem; collige, uirgo, rosas; nolite dolere; quod edi, bibi, mecum habeo, quod reliqui perdidi... Suponiendo la propia repetición literal del carpe diem horaciano en varios epígrafes, ello no autorizaría a hablar de fórmula, sino simplemente de un tópico repetido ad nauseam.
[33] En este sentido, confirma Zarker: “Two facts can be learned [...]: one, that the number of exact repetitions of the well-known literary and epigraphic formulae are rather small; secondly, that the use of the formulae was surprisingly apropriate” (Zarker, J. W., ob. cit., p. 121).
[34] Le Blant, E. Sur les graveurs des inscriptions antiques // Revue de l’Art Chrétien 3 (1859) 367-379.
[35] Cagnat, R. Sur les manuels professionnels des graveurs d’inscriptions romaines // Revue de Philologie, de Litterature et d’Histoire Ancienne, 13 (1889) 51-65. También expone Cagnat brevemente su teoría en su Cours d’Épigraphie Latine (París, 1914), p. 285 y ss.
[36] Tolkiehn, J. Die inschriftliche Poesie der Römer // Neue Jahrbücher für das klassische Altertum und für Pädagogik 7 (1901) 161-184.
[37] Focillon, H. Études sur la poésie funéraire à Rome d’après les inscriptions // Épitaphes. París, 1905, p. 15-61.
[38] Armstrong, H.H. Autobiographical elements in Latin inscriptions // Latin Philology - University of Michigan Studies 3 (1910) 215-290.
[39] Lier, B. Topica carminum sepulchralium latinorum // Philologus 62 (1903) 445-447 y 63 (1904) 54-65. La cita corresponde a la página 447 del artículo de 1903.
[40] Galletier, E. Étude sur la poésie funéraire latine d’après les inscriptions. París, 1922, p. 225 y ss.
[41] Lissberger, E. Das Fortleben der römischen Elegiker in den Carmina Epigraphica. Tubinga, 1934.
[42] Lattimore, R. Themes in Greek and Latin Epitaphs. Illinois, 1942, p. 19.
[43] Beare, W. Latin Verse and European Song. Londres, 1957.
[44] Mariner Bigorra, S. Inscripciones Hispanas en Verso. Barcelona-Madrid, 1952, p. 191 y ss.
[45] Sidonio Apolinar. Ep., 3, 112 (“Sed uide ut uitium non faciat in marmore lapicida; quod factum siue ab industria, seu per incuriam mihi magis quam quadratario liuidus lector adscribet”). Le Blant interpretó que ab industria aludía a una “mala fe” del lapicida, que cometía errores intencionados cuando le era usurpado su derecho a componer el texto de los epígrafes. Mariner da una explicación más acertada, según la cual se previene al lapicida contra la tentación de hacer correcciones por propia iniciativa sobre el texto, por el riesgo que ello conllevaba de incurrir en una equivocación.
[46] Cugusi, P. Aspetti letterari dei Carmina Latina Epigraphica. Bolonia, 1996, p. 303 y ss.
[47] Grenier, A. Carmina Epigraphica // Hommages à L. Hermann. Bruselas, 1960, p. 416-419.
[48] Grenier, A. Deux inscriptions métriques d’Afrique // Mélanges de l’École Française de Rome 25 (1905) 61-79.
[49] Chevallier, R. Épigraphie et littérature à Rome. Faenza, 1972, p. 50.
[50] Barrio Vega, M. F. del. Formas y fórmulas de versificación en las inscripciones sepulcrales latinas // Actes del IX Simposi de la Secció Catalana de la SEEC. Treballs en honor de Virgilio Bejarano (vol. I). Barcelona, 1991, p. 55-64.
[51] Un ejemplo similar lo encontramos en la colección de epigramas helenísticos que conocemos como Anthologia Palatina.
[52] Una idea en cierto modo semejante es la que expresa Pietri cuando afirma que “la mort s’adresse au passant, réclame sa sympathie” (ver Pietri, Ch. La mort en Occident dans l’épigraphie latine. De l’épigraphie païenne à l’épitaphe chrétienne. IIIe – VIe siècles // La Maison-Dieu 144 (1980) 25-48).
[53] Ver Gamberale, L., art. cit., p. 498; Gamberale, además, se refiere a los carmina epigraphica como “questa forma di poesia minore”. Por su lado, Pikhaus califica de “populaire” la literatura de los carmina correspondientes, término éste que quizá quepa entenderse peyorativamente (ver Pikhaus, D. Les origines..., art. cit., p. 638). Las Historias de la Literatura no parecen ser más benevolentes; ver v.gr. Herzog, R. (Ed.). Nouvelle histoire de la littérature latine (5 vols.). París, 1993, p. 259 del volumen quinto, donde se incluye a los carmina epigraphica bajo el título de “Poesía menor, didáctica y escolar”; lo mismo encontramos en Codoñer, C. (Ed.). Historia de la literatura latina. Madrid, 1997, donde en la página 498 vuelve a tildarse la poesía epigráfica como poesía “menor” (aquí, al menos, entre comillas).
[54] Determinar, de todas formas, la dirección de las influencias entre las diferentes manifestaciones literarias es labor ardua y compleja, tal como manifiesta Löfstedt: “... the question of one literary work in relation to another, or of its dependence on another, is one of the most difficult problems within literary criticism” (ver Löfstedt, E. Reminiscence and imitation. Some problems in Latin literature // Eranos 47 (1949) 148-164).
[55] Sobre la imitación se manifiestan los clásicos en diversas ocasiones. Véase Cicerón. Orator, 24, sobre lo natural y loable de la imitación(“Nunc enim tantum quisque laudat quantum se posse sperat imitari”) y 120, sobre el recurso al pasado como autoridad (“Commemoratio autem antiquitatis exemplorumque prolatio summa cum delectatione et auctoritatem orationi adfert et fidem”). Particularmente pertinentes a este asunto son las observaciones de Horacio, quien admite la imitación como algo inevitable; ver Horacio. De arte poetica liber, 128 (“Difficile est communia proprie dicere”), y 240-244 (“Ex noto fictum carmen sequar, ut sibi quiuis speret idem, sudet multum frustraque laboret ausus idem; tantum series iuncturaque pollet, tantum de medio sumptis accedit honoris”). En lo actual, han puesto acertadamente de manifiesto esta relación afectiva hacia la imitación Rodríguez- Pantoja, M. Notas sobre tipología literaria de los CLE // Helmantica 45 (1994) 107-123 o, en uno de sus estudios ya clásicos, Sanders, G. Tibulle et l’épigraphie latine versifiée // Lapides memores. Païens et chrétiens face à la mort: le témoignage de l’épigraphie funéraire latine. Faenza, 1991, p. 503-518).
[56] Chevallier, R., ob. cit., p. 59-61.
[57] Sanders, siempre con delicadísima pluma, escribe: “elles [les inscriptions] sont par essence une ‘littérature de rue’, offerte au peuple qui stupet in titulis et imaginibus, selon le mot d’Horace” (Sanders, G. Les inscriptions païennes et chrétiennes: symbiose ou métabolisme // Revue de l’Université de Bruxelles, 1977, 44-64). Susini también se ha hecho eco del término en cuestión (ver Susini, G. C. Epigrafia Romana. Roma, 1982, pág. 13).
[58] Focillon, H., art. cit., p. 23.
[59] Comp. Horsfall, N. Virgil and the inscriptions. A reverse view // Liverpool Classical Monthly 11 (1986) 44-55; y Gómez Pallarès, J. CLE i poesía llatina: el camí invers // Actas del X Simposio de Estudios Clásicos (Homenaje Alsina), vol. II. Tarragona, 1992, p. 195-201.
[60] Gómez Pallarès, J. Aspectos epigráficos de la poesía latina // Epigraphica 55 (1993) 129-158. Del mismo parecer se muestra Felisa del Barrio (ver Barrio, M. F. del., art. cit., p. 64), que afirma que entre epigrafía y literatura se produce “una simbiosis constante”.
[61] Horacio. De arte poetica liber, vv. 317-318.
[62] Según Munno, “Le fonti sono l’anima del compositore e l’ambiente in cui vive” (ver Munno, G. Le pretesse fonti delle iscrizioni funerarie latine // Atene e Roma 14 (1911) 359-366).
[63] Comp. Susini, G.C. Il lapicida romano. Introduzione all’epigrafia romana. Bolonia, 1966.
[64] Guillemin, A.-M. Le public et la vie littéraire à Rome. París, 1937, p. 77. En el mismo sentido se han pronunciado otros autores como Marquardt, Roberts, Best...
[65] Marrou, H.-I. Historia de la educación en la Antigüedad. Madrid, 1985, p. 325 y ss. Desde que el libro de Marrou apareció en 1971, la bibliografía posterior no ha hecho sino reincidir de un modo u otro en las mismas conclusiones de este investigador. Para el caso hispano, por ejemplo, que es el que más puede interesarnos, han sostenido estas teorías Sagredo, L. y Crespo, S. La enseñanza en la Hispania romana // Hispania Antiqua 5 (1975)121-134; estos autores postulan que de la cantidad de profesores atestiguados en los epígrafes hispanos cabe inferirse la importancia y difusión de la enseñanza a todos los niveles en Hispania.
[66] Harris, W.V. Literacy and epigraphy..., art. cit., p. 93.
[67] De ser esto así, no entendemos por ejemplo –entre otras cosas- por qué Calígula mandaba grabar las disposiciones relativas a los nuevos impuestos en letras muy pequeñas, casi ilegibles, y situar las planchas correspondientes en lugares inaccesibles, tal como nos narra Suetonio (ver Suetonio. De Vita Caes., Caligula, 41, 1).
[68] Harris, W.V. Ancient Literacy. Londres, 1989, p. 151.
[69] Humphrey, J. H. (Ed.). Literacy in the Roman World. Michigan, 1991.
[70] Cornell, T. The tyranny of the evidence: a discussion of the possible uses of literacy in Etruria and Latium in the Archaic Age (p. 7-34); Hopkins, K. Conquest by book (p. 133-158).
[71] “Are we serious to assume that literacy [...] was called upon only when somebody died?” (p. 11).
[72] En este sentido, los oradores entretenían no sólo al Emperador, sino también a enormes audiencias en los teatros. Los retóricos, los poetas, los gramáticos y los profesores eran los “grandes sacerdotes” y los “guardianes” de este sistema cultural (p. 142 y ss.).