La figura de Concepción Arenal resulta indispensable e indiscutible desde el punto de vista de la Sociología y de la Historia de las Ideas y las Instituciones del siglo XIX. La bibliografía al respecto es, por supuesto, mucho más abundante que la propia de la cántabro-ferrolana, lo que ya es mucho decir, pues Arenal fue verdaderamente prolífica en la producción y publicación de su actividad intelectual. Pero es obvio que toda esta bibliografía resulta necesaria para acercarse a la personalidad e ideología de una mujer que en su tiempo predicó la apertura en muchos frentes –o al menos, una apertura que en su momento se entendía como tal, aunque hoy, con nuestros criterios actuales, no nos resulte tan radical–. Su participación en las tertulias y actividades culturales de su época, su preocupación por las situaciones del preso y el pobre, sus aserciones en lo que se refiere a la consideración y limitaciones sociales y familiares de la mujer, su interés en materia de educación... todo ello es muestra de unas tendencias intelectuales progresistas, aunque con el lógico lastre impuesto por su sexo –e incluso su propia ideología personal– dentro del contexto decimonónico.
En este sentido, hay que constatar que su labor en cierto modo rupturista fue sobradamente reconocida en el ámbito de la Institución Libre de Enseñanza –abanderada por excelencia de las manifestaciones más “heterodoxas” de la época–, aunque con la ILE mantuviera Concepción Arenal una relación en general más afectiva que propiamente intelectual (entre otras cosas, porque para el año en que se fundó la Institución Libre de Enseñanza, Concepción Arenal ya contaba con cincuenta y seis de edad). No obstante, es un hecho que Giner de los Ríos reconoció abiertamente la influencia de Concepción Arenal en sus escritos y ayudó a hacer realidad la edición de su obras completas, y que Gumersindo de Azcárate prologó con entusiasmo su Ensayo sobre el Derecho de Gentes. Por otra parte, Arenal llegó incluso a publicar algunos trabajos en el Boletín de la Institución.
Sin embargo, no toda la obra de Concepción Arenal se inscribe en estos parámetros que, además, tampoco aportan la totalidad de registros necesarios para aprehender la obra ni la personalidad conjuntas de esta autora. Hay facetas de Concepción Arenal –más colindantes con lo personal, si se quiere– que resultan tanto o más reveladoras con respecto al espíritu que animó varias de las obras de la gallego-montañesa. Son precisamente ésas las facetas que aquí nos interesa resaltar; facetas que nos muestran no a una Concepción Arenal distinta, sino a una Concepción Arenal que también existió, y que contribuyó en su momento a la configuración de la personalidad total de esta mujer singular que hoy tenemos –tal vez de forma indebida– por sobradamente conocida.
La propuesta de aproximación a que me refiero se inscribe específicamente en el ámbito de la literatura y, por concretarlo más aún, en el de la poesía. Concepción Arenal fue autora de una obra poética relativamente copiosa, tan diversa en miras como lo fue su propia producción teórica en prosa. Una obra en verso que evidencia las íntimas contradicciones de la escritora como mujer intelectual y como mujer del siglo XIX, sus lastres biográficos personales, sus impulsos afectivos más espontáneos, sus pretensiones culturales y adoctrinadoras. Una obra en verso ciertamente heterogénea desde el punto de vista de la forma y de la orientación, de la que me permitiré mostrarles algunos ejemplos y hacer algunos comentarios.
La poesía de Concepción Arenal en su contexto socio-literario
Toda la obra, teórica y no, de Concepción Arenal, es continuo testimonio de la propia Concepción Arenal. En cada una de sus páginas respiran una mujer y una intelectual auténticas, sin disimulos ni dobleces, que despliega sin tapujos sus pensamientos y sentires ante el lector curioso que no vacila en acercarse a ellos.
Este planteamiento, que hoy nos resulta completamente natural, constituye toda una osadía en el contexto social del siglo XIX. Veamos como mero ejemplo lo que opinaba –y publicaba– al respecto un escritor del momento (por fortuna ya olvidado), Pompeyo Gener: “En sí misma la mujer no es, como el hombre, un ser completo; es sólo el instrumento de la reproducción, la destinada a perpetuar la especie; mientras que el hombre es el encargado de hacerla progresar, el generador de la inteligencia, a la vez creador y demiurgo del mundo social”. De donde se deduce que la mujer pensante no tiene derecho a serlo, cuánto menos a expresarse abiertamente.
La negación de la posibilidad de retirarse a esa “habitación propia” que Virginia Woolf postulaba, se materializaba en la creación de todo tipo de mecanismos disuasorios del libre acceso de la mujer a la intelectualidad; mecanismos que eran de índole ya jurídica ya social. Entre los primeros cabe mencionarse el hecho de que la mujer hubo de esperar hasta 1910 para poder acceder a la Universidad sin un permiso expreso (Emilia Pardo Bazán será la primera catedrática universitaria española en 1916, y ello con el voto adverso del claustro). En realidad, la legislación decimonónica ni siquiera contemplaba la posibilidad de que las mujeres recibiesen enseñanza universitaria. A la vista de que, con fecha de 1888, se constató que diez féminas se habían atrevido a contrariar las restricciones establecidas por el “buen gusto” y a cursar estudios superiores, se publica una Real Orden que establece la necesidad de que las mujeres soliciten un permiso especial para tener acceso a la Universidad.
En relación con los impedimentos de orden social, hay que decir que fueron tanto o más efectivos que los legislativos. La formación intelectual en la mujer, amén del cultivo de sus aficiones literarias, eran desdeñosamente recibidas en el seno de la sociedad decimonónica; y no sólo era así entre los hombres, sino que las propias mujeres aceptaban y tal vez fomentaban tal consideración. María de Lejárraga, casada con el ficticio dramaturgo Gregorio Martínez Sierra –usurpador en la práctica de la obra de su esposa, lo que en sí mismo ya resulta bastante significativo–, ha manifestado en este sentido: “Siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como sambenito deshonroso sobre toda mujer literata”. María de Lejárraga evidencia con sus declaraciones el clima hostil a la literatura realizada por mujeres, no ya en el siglo XIX... ¡sino todavía durante el primer cuarto del siglo XX! No olvidemos que Gertrudis Gómez de Avellaneda fue tildada por sus inclinaciones poéticas como “marimacho”, a la vez que, paradójicamente, se le negaba el acceso a la Real Academia por considerar que su sugestiva presencia podía alterar el debido orden de las sesudas reuniones. Teresa de Escoriaza, destacada filóloga y periodista de los años veinte, resumía el panorama circundante con palabras harto desalentadoras: “Los prejuicios milenarios continúan privándonos de recibir una educación amplia y sólida, al impedirnos asistir a los centros culturales. Las costumbres absurdas siguen apartándonos de la vida activa, confinándonos al hogar, convertido así en una cárcel. Las leyes injustas nos obligan a ocupar un lugar secundario en el mundo consciente”.
No obstante, y a pesar de este entorno, había mujeres que escribían, aun con el reticente beneplácito de los “bien nacidos”. Eran las mujeres plenamente acomodadas a las reglas del juego social, las mujeres que empleaban la escritura para propagar los ideales de esa sociedad en vigor. Mujeres que, como Cristina de Arteaga –por sólo citar un ejemplo–, escriben y editan y venden sin cesar composiciones oficiales como ésta: “Corazón de mujer/ que no sabe querer,/ que no sabe entregar/ toda el alma y el ser/ a la angustia de amar/ no se puede llamar/ corazón de mujer”. Este tipo de poemillas no servirán, como Noni Benegas bien ha señalado, sino para mantener la lírica femenina en una minoría de edad que la aparta consecuentemente de cualquier consideración intelectual rigurosa. Lo que en apariencia era un factor de importancia escasa, dado que se lograba un objetivo prioritario: mantener en el redil a las descarriadas empeñadas en poner en práctica una ocupación impropia de su sexo. Así se infiere de las cautelosas palabras que encabezan uno de los “ramilletes poéticos” femíneos del XIX, el volumen antológico titulado Escritoras españolas contemporáneas, fechado en 1880: “Muchos son los hombres que censuran a la mujer escritora; créese generalmente que prescinden por completo de las faenas propias de su sexo, que todo es afectación en sus maneras y lenguaje, y que no pueden labrar la dicha de ningún mortal. Tal vez haya algunas así, pero por fortuna son la excepción de la regla, y otras conocemos amantes esposas y tiernas madres que no descuidan ni un momento los deberes de su hogar. [...] Jamás ensalzaremos a la que pretenda ejercer algún cargo público, a la que intente usurpar sus derechos al hombre, pero sí alabaremos siempre a la mujer ilustrada, modesta y sencilla, que pueda dar la primera enseñanza a sus hijas”. En este mismo sentido, resulta bastante ilustrativo que la mayoría de las antologadas firmen sus poemas con su nombre y el apellido de sus maridos: Dolores Arráez de Lledó, María Mendoza de Vives, Emilia Gayangos de Riaño, Antonia Díaz Fernández de Lamarque, etc.
Éste era el contexto en que vivía Concepción Arenal... de Carrasco, y tales los obstáculos que hubo de afrontar. Ya desde bien joven, Concepción se encontró con la reprobación de su madre por su desmedida tendencia a la lectura (y en especial a unas lecturas tenidas por inadecuadas para su sexo y edad: filosofía, derecho, biología...) y por su deseo de procurarse una instrucción académica que, en aquellos años (en concreto, a mediados del siglo XIX), no resultaba precisamente indispensable a una mujer (recordemos que legalmente no se reconocerá la creación de escuelas públicas también para las niñas hasta 1857, con la Ley de Claudio Moyano). En estos años precoces de conflicto familiar, la poesía –de corte específicamente intimista, como obvia válvula de escape de ese ambiente poco propicio, y también como necesidad de plasmar sobre papel el ingente caudal de libros no siempre bien asimilados– adquirirá una importancia fundamental en la formación de Concepción Arenal. Sólo más tarde, con la desaparición física de la severa figura materna, podrá Arenal acceder con menos restricciones a la educación universitaria que tanto ansiaba, no sin cortapisas de otro alcance, esta vez más amplio: la censura social que se ha descrito anteriormente aconsejará que Concepción asista a sus clases en la Facultad de Derecho con indumentaria masculina, con el vano propósito de no llamar excesivamente la atención. Idénticas prescripciones sociales forzarán posteriormente a la cántabro-ferrolana a auxiliarse de pseudónimos masculinos para poder presentar a concurso alguno de sus escritos.
Concepción Arenal no desterrará nunca la escritura de su vida, en las más diversas formas. El periodismo, el ensayo y la poesía seguirán integrando su medio más frecuente de expresión. Respecto a la producción poética de Arenal, puede constatarse una evolución en tonos y temas, así como una asidua práctica de los más diversos géneros.
Primeros pasos poéticos
Las incursiones de Concepción Arenal en el terreno de la poesía pueden datarse bien temprano, pues –al menos, que se conserven– tenemos fechados varios poemas en 1842, incluidos en un cuaderno que contenía composiciones alumbradas entre 1842 y 1844, lo que sitúa los quizá primeros textos poéticos arenalianos en los veintidós años de edad de la escritora.
Estas composiciones primerizas adolecían de muchos de los tópicos propios del romanticismo: el dramatismo, el gusto por una Antigüedad un tanto acartonada, la afectación, el pesimismo, la intimidad, etc. Aunque tal vez la característica más destacable de estos poemas radique en que constituyen casi una radiografía de los sentimientos y formación de la aún joven autora. Sus lecturas, sus amores frustrados, su decepción frente al medio circundante, su nostalgia del padre muerto, su fe cristiana a veces en crisis, sus paisajes más queridos... todo ello aparece repetidamente a lo largo y ancho de estos versos juveniles, perfilando las líneas y contrastes de una personalidad concreta. Por ello no es extraño que tales composiciones –y otras similares realizadas con posterioridad– no estuviesen destinadas a salir a la luz, a diferencia de otras de tema más distante, concebidas ya expresamente para la imprenta. Posiblemente fuesen demasiado íntimas, demasiado reveladoras como para exponerlas a unos lectores diferentes de los integrantes de su círculo de amigos más cercano. Veamos un ejemplo:
Mi vida, ¿a quién importa?
Es la luz, y del caos la horrible oscuridad,
el triunfo y la derrota, la calma y la tormenta,
la miserable nada, la inmensa eternidad.
Es ignorado arroyo que corre sin aves que le canten,
sin flores que regar, es luchando entre rocas
arrollador torrente
que el germen de sus iras lleva al mar.
Es nardo y rosas, acento de cariño,
es la primera risa en los labios de un niño;
es la erupción primera del cráter de un volcán,
sobre la nieve eterna la voz del huracán.
La voz que nadie escucha, perdida en el vacío,
la hiel del odio, el néctar del amor,
la plegaria del mártir, el grito del impío,
la cólera del fuerte, del débil el dolor.
Sacrificio inmenso que inmola y no redime,
candente hierro que la verdad imprime,
lucha a muerte, sin testigos ni luz.
Esta es la vida indefinible, extraña,
que a nadie en este mundo le importa descifrar.
La crisis espiritual, y también el desengaño, que se capta en estos versos, parece directamente derivado de la extraña situación a que debieron conducirla sus múltiples lecturas: por una parte, Concepción se sentía satisfecha de hallarse intelectualmente por encima de muchas féminas coetáneas suyas, preocupadas solamente de las labores y la sociedad; sin embargo, Concepción era consciente al tiempo de que esa singularidad la colocaba en una situación de aislamiento respecto de su entorno, e incluso de frustración de las expectativas familiares –quién sabe hasta qué punto de las propias– sobre su futuro. Cuando Concepción reflexiona sobre esto surgen versos amargos sobre el estudio y el saber:
Pensar fue mi vida,
mi placer mayor;
este fue mi crimen,
este mi baldón.
Posteriormente, esta decepción interior se trasladará a la realidad histórico política del momento, bien en poemas breves o esporádicos, bien en alguna composición más específica de la que luego hablaremos.
Las Fábulas en verso originales
Por el contrario, las Fábulas en verso de Concepción Arenal constituyen una incursión poética de orden bien distinto; porque tales Fábulas, aparecidas en 1851, cuando su autora contaba ya treinta y un años de edad, son producto de una intencionalidad específica: didáctica y, por tanto, abiertamente pública. No obstante lo cual, se entreven en ellas múltiples destellos de su intimismo más lírico y hasta de propia sentimentalidad, a la que es incapaz de sustraerse, como apunta la dedicatoria misma del pequeño volumen: “A la respetable memoria de mi bueno y desgraciado padre”.
Este conjunto de cincuenta fábulas constituye, según el sagaz lector y crítico cántabro José María de Cossío, lo más destacable de la producción poética de Concepción Arenal. Y ello por el carácter de originalidad que Arenal sabe imprimir al género. De hecho, el título completo de la obra es Fábulas en verso originales, con lo que Concepción ya subrayaba su peculiaridad. Según Cossío destaca en sus Cincuenta años de poesía española, lo particular de las fábulas arenalianas estriba en que en cierto modo aventajan a las escuetas moralejas de las fábulas habituales, superándolas en trascendencia. Sin embargo, existen también otros caracteres que convierten a estas enseñanzas fabuladas en unos textos ciertamente singulares; entre ellos, la temática abordada y la forma de acometerla.
Por lo que respecta a los temas de las fábulas, predominan las reflexiones sobre la educación y la caridad, lo que –como bien sabemos por los asuntos tratados en sus múltiples obras– resulta plenamente coherente con la labor intelectual de la escritora montañesa en el campo del ensayo. Pero además hay otros motivos recurrentes, como la política, la justicia, la sencillez de espíritu (con manifiesto énfasis en el sentido del sacrificio) y, curiosamente, el juego, fustigado en varias de las fábulas. Se observa, por tanto, una cierta funcionalidad o pragmatismo de los problemas planteados –a diferencia de las fábulas clásicas, más ocupadas de realidades abstractas o de conflictos morales– y hasta una notoria actualidad en las escenas, como acredita, por poner sólo un ejemplo, la fábula “El chaparrón de las truchas”, en que se caricaturiza una reunión social perfectamente posible en el XIX, o las de “El león enfermo” y “El oso y el lobo”, en las que se censura de modo solapado el sistema de elecciones vigente.
Esto último enlaza –y aquí entramos ya en consideraciones de índole formal– con un cierto costumbrismo presente en los textos de Arenal; costumbrismo que ya Cossío señaló con acertado criterio –y que señaló además como otro rasgo de originalidad de las Fábulas en verso– y al que Concepción Arenal no podía sustraerse, dada la época en que vivió y escribió. Porque las fábulas de Arenal están sembradas de descripciones de su entorno físico y afectivo, de decorados que presentan fragmentos de realidad, con lo que la obra se convierte casi en un manual de instrucciones para el momento presente –o que lo tiene en cuenta, al menos– en lugar de ser un recetario moral intangible y sin tiempo.
Otro aspecto formal reseñable y que resulta evidente a partir de la mera lectura es el aspecto dialogado de las fábulas, lo que por lo general contribuye al alargamiento del desarrollo de la historia fabulada. A diferencia de la fábula tradicional, que suele ser de carácter eminentemente narrativo, los textos de Arenal introducen las intervenciones directas de los personajes, prescindiendo incluso en algunas ocasiones de explicitar los preámbulos o la ambientación, cometido que queda así confiado al transcurso del diálogo. No es desdeñable en este particular el posible influjo de las fábulas de Hartzenbusch, muy apreciadas en su momento, y que concedían precisamente una gran importancia a los pasajes dialogados. El metro breve que emplea Concepción Arenal en estas composiciones favorece, además, las intervenciones rápidas y alternas de los personajes en unas historias que, paradójicamente, resultan en ocasiones más prolongadas de lo que debieran. Veamos una muestra:
EL RETRATISTA
Quiso retratarse un tuerto.
Llamó al efecto a un pintor,
Y no tuvo el buen señor
En verdad, muy buen acierto.
Retratóle de perfil
Del lado del ojo sano
Y el hombre le dijo: “Hermano,
Este no es Mateo Gil.
Y es grande puerilidad;
Tuerto soy de todos modos;
¿Cuándo pueden verla todos
A qué ocultar la verdad?
Venga, pues, otro retrato,
Que pronto a pagarle estoy,
Mas no quiero, por quien soy,
Pasar por un mentecato”.
Y haciendo nuevo concierto
El pintor adocenado
Lleva el perfil dibujado
Del lado del ojo tuerto.
Gil le dice: “Pues reniego
De tan singular artista;
¿Con que allí con buena vista
Aparezco, y aquí ciego?
Es una idea excelente
Y de admirarla no acabo;
O no te doy un ochavo,
O me retratas de frente”.
“En subterfugios sutiles
¿A qué andar? Es excusado.
Confieso a usted mi pecado:
No sé hacer más que perfiles”.
Lo mismo que este pintor
Hace el vulgo de los jueces,
Perjudicando unas veces,
Y otras haciendo favor.
Y es absurdo, vive Dios,
Que, por torpeza o por dolo,
Nos pinten de un lado solo
No siendo iguales los dos.
Lo cierto es que el volumen de las Fábulas en verso originales debió de colmar no sólo las aspiraciones didácticas de su autora, sino también las del público e incluso las de los responsables de educación del momento, dado que la obra pronto vio una segunda edición –en 1854–, al tiempo que fue declarada de interés académico y su contenido aprobado como obra de texto para la enseñanza en las escuelas de instrucción primaria –si bien en la práctica no lo fue por un periodo de tiempo muy prolongado–. Esta consideración de la obra arenaliana no resulta extraña en un siglo en que se concebía la tarea educativa –específicamente en las primeras fases de la formación– como labor de casi exclusiva competencia femenina; no parece baladí, no obstante, resaltar que la obra aparece firmada con el nombre “C. Arenal de Carrasco”, es decir, con mención expresa al apellido conyugal y con significativa omisión del nombre de pila, con la consiguiente incertidumbre sobre el sexo del autor.
Más atípico puede parecernos hoy que semejante texto estuviese destinado a los alumnos de primera enseñanza, sobre todo a juzgar por los temas (excesivamente austeros en algunas de las historias) y la exposición formal de los mismos en muchas de las fábulas (con notables indicios de sus lecturas personales y con una prosa no sin ciertas dificultades léxicas). En todo caso, este rasgo de texto oficial se ve acentuado en la propia presentación física de la obra, más descuidada en su tirada primera y en cambio más orientada a lo escolar en su segunda edición, pues una escena académica decora la portada, y se incluyen así mismo como remate ornamental pequeños grabados alusivos al desarrollo de cada una de las historias.
El poema España en África
El problema de la Patria siempre constituyó para Concepción Arenal un asunto de ineludible interés. Tal vez porque su propio padre estuvo de algún modo vinculado a los destinos políticos de España por su participación en la Guerra de la Independencia. Ángel Arenal militó entre los liberales con dedicación inquebrantable, lo que le valió no pocos disgustos; de hecho, fue procesado en dos ocasiones: en la primera, acaecida en 1819, salió libre y sin cargos, pero en la segunda, sobrevenida con motivo de la depuración de Calomarde de 1827, resultó condenado y encarcelado. Por otra parte, la relación con la política también pudo experimentarla la joven Concepción a través de otros familiares bien próximos: por una parte un tío materno –el Conde de Vigo–, que ocupó un lugar no oscuro dentro de la Corte de Isabel II y que auxilió a la viuda de Ángel Arenal y a sus hijas durante su estancia madrileña; y por otra un primo de su padre, Manuel de la Cuesta, gobernador civil de Zamora, con el que Concepción mantendrá una asidua correspondencia en función de su intensa –desmedidamente intensa, podríamos decir– amistad.
En este entorno, no sorprende que Arenal, ya desde su primera juventud, y como anteriormente apuntamos, componga poemas con España como tema. Los primeros conocidos datan de 1842, y responden a una visión un tanto derrotista derivada de los conflictos generados a la sombra de Espartero. Veamos un ejemplo:
¿Cómo eres, dime, España, tan querida
que, al pronunciar tu nombre sacrosanto,
con amargo dolor o dulce encanto
sufre el alma, o bien goza embebecida?
¿Yo que en tu seno recibí la vida,
pagarete este don con tierno llanto?
¿Porque al mundo humillado fuiste espanto
contemplaré tu gloria enternecida?
No, que nunca la fuerza fue un derecho,
no hay gloria si con sangre está manchada,
ni es un bien el vivir; que en mi despecho
sólo una tumba fuera deseada.
No orgullo o gratitud mueven mi pecho.
Si te amo tanto es por desventurada.
Dentro de la misma serie de poemas hablará Concepción del “destino aciago de la triste España” en su poema dedicado a la memoria del general Córdoba, héroe de Mendigorría o Arlabán, y no faltan otras composiciones con menciones explícitas al término “Patria” y su concepto.
En las Fábulas en verso originales tal preocupación sigue presente, aunque se expone de un modo más discreto: “El león enfermo” resulta, en este sentido, una crítica cautelosamente acerba del ambiente y asechanzas de la Corte; el precario estado de la economía española se entrevé en “Los monos fabricantes”...
En el poema España en África se aúnan todos estos temas, junto a algunas otras preocupaciones y tópicos característicos del quehacer intelectual de Arenal: la guerra frente a la paz, la impiedad de los no cristianos (en este caso, musulmanes), la valentía de unos frente a la cobardía de otros, la crítica situación política española...
El poema fue presentado por Concepción Arenal a un concurso que, convocado por la Real Academia Española en 1859 (no en 1861, como suele decirse), tenía por objeto premiar uno o varios cantos laudatorios de las glorias militares hispánicas en las campañas africanas. Parece ser que el concurso se resolvió de modo favorable a ciertas composiciones que, a juicio de Arenal, no alcanzaban méritos suficientes, en tanto que la suya propia fue desechada. La lectura de los poemas ganadores impulsó a la escritora montañesa a intentar publicar sus versos en un diario de difusión nacional, con intencionada ocultación de su autoría; ella afirma que lo hace así para que no se sospeche de un afán de notoriedad por su parte, aunque más bien parece que Concepción procede de este modo porque se intuye excluida de entre los premiados por motivaciones extraliterarias (quizá políticas o de sexo). La inocente maniobra fracasó, y Arenal se quejará amargamente, en carta privada a Gertrudis Gómez de Avellaneda, sobre el particular:
“... aunque sé que somos muy pocos los que sinceramente deseamos el triunfo del talento y estamos dispuestos a reconocerle y respetarle, todavía me pareció que a favor del anónimo era posible que pasasen mis cuartetas. ¡Ilusión! La aduana literaria está perfectamente montada y es género de ilícito comercio cualquiera mercancía que no venga en bandera nacional; mis versos son extranjeros en todos los puertos, debían decomisarse y se decomisaron”.
Ya en 1861, ante la consideración de que definitivamente no iba a hacerse justicia a la composición, Arenal decide publicar el poema España en África por su propia cuenta, en forma de Apelación al público de un fallo de la Real Academia Española. Poema presentado a la misma en el último certamen extraordinario, escrito por Doña Concepción Arenal de García Carrasco, que fue el título asignado a un “rebelde” opúsculo que contenía el poema en cuestión, encabezado por una página de contenida protesta que reproducimos a continuación:
“Habíamos pensado que precediese a este poema un prólogo, pero hemos visto que era imposible escribirle sin entrar en un terreno a que no queremos descender nunca ni con ningún motivo; nos limitaremos a hacer dos observaciones.
Esta composición tiene muchos defectos, algunos de tal naturaleza que basta el transcurso de algunas semanas para que los corrija el mismo que incurre en ellos; otros han sido notados por personas ilustradas a quienes tributamos nuestro sincero reconocimiento, pero la buena fe exige que este poema se imprima tal como se presentó al concurso.
¿Por qué no se imprimió antes? Vivíamos retirados en un rincón de una apartada provincia cuando supimos que la Real Academia Española abría un certamen extraordinario cuyo objeto era celebrar las glorias de nuestras armas en África. En aquel retiro escribimos este poema remitido al certamen en tiempo oportuno, y allí supimos por los periódicos los nombres de los autores premiados y mencionados honoríficamente; en cuanto a sus composiciones, hace pocas semanas que las conocemos, y su lectura nos ha impulsado a publicar la nuestra, aunque estamos lejos, muy lejos, de considerarla como una obra perfecta y acabada.”
Tan por su cuenta corrieron los gastos de la publicación del poema, que en su propia contraportada figura una curiosa anotación impresa:
“Véndese a 4 reales en Madrid, Librería Española, calle de Relatores, número 14, y en la de Moro, Puerta del Sol. Los señores de provincias que quieran adquirir este poema, lo recibirán por el correo franco de porte, mandando 4 reales en sellos o libranzas a favor de la autora, calle de Jesús del Valle, 34 y 36”.
Tras este “público” fracaso, pocos más hubo de conocer Concepción Arenal. Lo habitual, por el contrario, era que obtuviera el premio primero –o cuando menos, alguna mención– en cualquiera de los certámenes a que se presentaba, bien en verso, bien en prosa. De hecho, y posiblemente escarmentada por lo sucedido con la Real Academia Española, presentó en el mismo año un ensayo sobre La beneficencia, la filantropía y la caridad a la Academia de Ciencias Políticas y Morales bajo el pseudónimo masculino de su hijo (que por entonces contaba sólo diez años de edad). Al abrirse la plica y descubrirse el subterfugio, se generó una polémica que, no obstante, acabó resolviéndose en favor de la premiada, con lo que Concepción Arenal se convirtió en la primera mujer galardonada por la Academia. Posteriormente, la misma Academia de Ciencias Políticas y Morales reconocerá en diversas ocasiones la valía de otros escritos de la autora de origen montañés.
* * *
Con estos breves apuntes hemos querido presentar una determinada faceta –la literaria– de la obra de Concepción Arenal, que nos parece interesante por menos conocida y también por sugestiva de múltiples aspectos del carácter personal de la escritora gallego-montañesa. En la lectura de sus versos se percibe a la mujer tenaz, culta y sensible, a la mujer cuyo tesón hizo posible que, tras dificultades y obstáculos, su nombre perviva como ejemplo de humanidad y estudio hasta hoy, hasta esta misma tarde en que la estamos evocando.